Las calles de la memoria

(Publicado en Jotdown)

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Cuando llegué por primera vez a Pekín, me encontré con una ciudad más gris de lo que esperaba. Los edificios eran altos y feos, los árboles pelados y negros. Faltaban pocos días para el invierno y, como cada año, las ramas habían perdido todo su verdor, la contaminación empezaba a nublar la vista y la gente caminaba rápido, ante el frío continental que se acercaba. La ciudad se me presentaba triste y apagada. Podía pasarme horas mirando —totalmente fascinado— lo que hacían los pequineses, cómo iban vestidos, qué comían y cómo hablaban un idioma del que no entendía ni una palabra. Pero, a pesar de eso, el decorado que les rodeaba solía dejarme indiferente. Reconozco que me generaba cierta curiosidad, pero, con el tiempo, descubrí que estaba basada en el factor atractivo que a todos nos ejerce la pura novedad. Si me hubiera encontrado con un barrio así en mi ciudad de origen, habría pasado por mi memoria sin pena ni gloria.

Descubrí que Pekín era bonito —y que sería mi ciudad preferida de China— cuando, un día cualquiera, tuve que ir a comprar verduras para cenar. Mi nevera estaba vacía, y me parecía poco elegante gorronear a mis nuevos compañeros de piso. Bajé de mi apartamento para comprar patatas, cebollas y pimientos a la viejecita que, habitualmente, montaba una carpa de plástico delante de mi edificio, en la que vendía, en cajas de porexpán, todo tipo de verduras a precios muy baratos. Ese día descubrí que mi verdulera habitual cerraba por las tardes, por lo que —sin otra alternativa en mente y con ganas de dar una vuelta— me puse a caminar hacia el sur de la ciudad. Dando pasos y más pasos, descubrí que mi edificio hacía frontera con un barrio de pequeñas callejuelas y casas bajas de aspecto antiguo, completamente diferente al resto de Pekín. Las paredes de los hogares eran de un entrañable color gris claro, los tejados seguían las ondulantes formas clásicas y en algunos de ellos colgaban pequeñas jaulas con pájaros que piaban a mi paso. De algunos patios interiores sobresalían árboles retorcidos y elegantes, que tantas veces había visto en pinturas centenarias de antiguas dinastías. Después de varias caminatas más, descubrí que este extraño barrio no solo se extendía al sur de mi casa, sino también al norte, al este y al oeste. Estaba rodeado. Como periodista, no tardé en indagar sobre el tema y averigüé que los pequineses llamaban hutong a este tipo de callejuelas antiguas. De pura casualidad, estaba viviendo en las únicas zonas de la ciudad que se resistían a la oleada gris y uniforme de la modernización urbana que dominaba toda China. El asunto se puso todavía más épico al descubrir que algunas de esas calles tenían más de ochocientos años de antigüedad.

Cuentan que, a finales del siglo XIII, el todopoderoso líder mongol Kublai Kan viajó a las ruinas de Zhongdu, una ciudad norteña que su abuelo Gengis Kan había destruido por completo, y allí vio un hermoso lago, del que quedó prendado. Tanto le gustó esa agua, esas orillas, que decidió mover la capital de su imperio —la dinastía Yuan, que ya había conquistado toda China— de las áridas tierras del desierto del Gobi a ese terreno destruido por la guerra, en el que solo sobrevivía un inmutable y tranquilo lago. El emperador mongol reconstruyó la ciudad alrededor de sus orillas y, en un arranque de originalidad, la llamó Khanbaliq, es decir, «Ciudad de los Kan». Las calles que el líder Yuan mandó construir fueron el inicio de los barrios de hutong. Bajo el imperio mongol llegaron a existir más de trescientas cincuenta de estas callejuelas. Durante más de setecientos años no dejarían de crecer, e irían configurando la ciudad que hoy conocemos como Pekín.

Como sucede siempre en la cíclica historia china, una nueva dinastía se alzó en rebelión y derrotó a la que estaba en el poder. Los Ming —de la etnia han, la mayoritaria en China, y sometidos durante el imperio de los Kan— derrotaron a los mongoles Yuan —una etnia nómada del desierto, a la que los han, en secreto, tildaban de bárbaros invasores—. La política china ha estado (y está) mucho más ligada a cuestiones de etnicidad de lo que parece, más allá de ideologías o luchas individuales por el poder. Con la instauración de la dinastía Ming, Pekín crecería todavía más y llegaría a convertirse en la ciudad más poblada del mundo, con más de un millón de habitantes. Los Ming —aparte de regalar al mundo la popular porcelana china— construyeron muchos de los monumentos, parques y palacios que visitan hoy en día los turistas que acuden a la capital. El que actuaría como eje central de la vida pequinesa sería la Ciudad Prohibida.

Alrededor del gran palacio de los emperadores, el número de calles de hutong siguió creciendo. Cuanto más cercano estaba un hutong a la residencia imperial, mayor era el cargo de la gente que vivía allí. Las más cercanas eran propiedad de la aristocracia y las élites chinas; al sur de la ciudad solían situarse las casas de los mercaderes, de estatus inferior. Más al norte, los hutong acogían los talleres y tiendas donde se fabricaban los productos para el palacio real. Muchas de estas calles aún conservan nombres con reminiscencias de esos tiempos. Por ejemplo, el Hutong Zhiranju, donde se fabricaban las famosas telas y sedas chinas, el Hutong Jinmaoju, especializado en gorros y botas para los aristócratas, y el quizá más popular Hutong Jiucuju, proveedor oficial de bebidas alcohólicas de alta graduación, para disfrute de todo aquel que pudiera pagarlas.

Para cuando la dinastía Ming cayó derrotada por la Qing (de etnia manchú, nómadas originarios de la tundra helada de Manchuria, fronteriza con Rusia), ya existían dos mil hutong en Pekín. Pasaron casi cuatro siglos, en los que las potencias occidentales asediaron el país, cayó la eterna monarquía, el país fue invadido por Japón y sobrevivió a una cruenta guerra civil. Pese a estos largos años de desastres, la población no hizo más que aumentar y, por consiguiente, Pekín llegó a acoger más de seis mil calles de hutong. Eran un paisaje intrínseco a la ciudad, la imagen que todo viajero evocaba al recordar su paso por la capital de este viejo imperio. Todo cambiaría con la llegada al poder, en 1949, de un hombre que quería refundar China desde los cimientos. Su nombre era Mao Zedong y su plan consistía en eliminar todo lo antiguo, todo lo feudal, que se interpusiera ante el proyecto comunista que quería para su país. Los hutong, viejos por naturaleza, no saldrían indemnes…

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Mao, neo-pagodas y psicodelia en Jiangxi

(Escribí este breve reportaje para EFE en China. Fue a raíz de un viaje organizado por un medio chino. Hablo de los lugares a donde me llevaron, pero la provincia tiene muchos otros más, con una historia interesante y grandes paisajes. El título original es el que he puesto aquí.)

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El río de Nanchang

La gran atracción turística de Nanchang (capital de la provincia de Jiangxi) es un paseo nocturno por el río de la ciudad, desde donde se ve como los rascacielos se iluminan y dibujos animados infantiles empiezan a aparecer en las paredes.
“Esta es la tarjeta de visita de la ciudad, nadie puede irse sin ver el espectáculo”, explica Shen Yi, una local, mientras en la cubierta del barco suena música tradicional china a todo volumen y una estridente voz femenina explica las imágenes en movimiento de los edificios.
Los asistentes -casi todos chinos- sacan sus smartphones y empiezan a grabar. Las fachadas de los rascacielos amontonados en la orilla del río Ganjiang, que cruza esta ciudad de 4,85 millones de habitantes del sureste de China, se llenan de imágenes virtuales y luces casi psicodélicas.
Las autoridades locales venden este espectáculo de luces como el gran atractivo para el turista que visita la Ciudad de los Héroes, título con el que el líder chino Mao Tse-Tung bautizó a Nanchang, por el papel que tuvo en la construcción del Ejército Rojo comunista y las batallas que allí sucedieron durante la Guerra Civil.
Jiang Gang, un joven local, comenta: “A los chinos nos gusta que además de pasear en barco haya algo sorprendente”. Shen se suma a esa opinión: “Nos gusta más el show, el espectáculo, el ruido… esto es diferente a ir en barco por París”.

 

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El “show” de luces de Nanchang

La capital de Jiangxi brilla cada noche, bajo una capa de contaminación carbónica y lumínica, y hace de entrada a los turistas que visitan esta provincia interior, a la que las autoridades locales y el oficial Diario del Pueblo han invitado a periodistas extranjeros, en una ruta guiada por “puntos de interés turístico”.
Jiangxi, dedicada en su mayoría al sector primario, es una excepción en el sureste de China: mientras las provincias costeras e industriales en auge como Cantón o Zhejiang tienen niveles de vida y crecimiento altos, Jiangxi tenía un 9,2 % de pobreza en 2013, por encima de la media del país.
Bajando por la provincia -a poco más de 200 kilómetros de Nanchang-, en un descampado de la ciudad de Ji’an se alza una figura de madera de Mao Tse-Tung con el brazo alzado, frente a la que humean como ofrenda varillas de incienso.
Justo detrás, un altar con figuras de guardianes budistas de cara furiosa flanquean otra foto del Gran Timonel. En dos columnas, a izquierda y derecha, hay enganchadas langostas naranjas de madera, todo dentro de un edificio de estilo tradicional que la guía dice que representa un “centro de recreación” de la dinastía Ming.
Una periodista china explica que este edificio -donde algunos muebles todavía tienen plásticos cubriendo los cerrojos y las columnas están recién barnizadas- tiene pilares de hace 200 años.
Hace cuatro años, cuenta, un empresario chino construyó el edificio en este descampado, donde edificar resultaba más barato gracias a subvenciones.
Esta miscelánea cultural prosigue en el “parque ecológico” de Ji’an, donde la guía informa que se puede admirar, “de manera completamente gratis”, el mayor árbol trasplantado del mundo, una rotonda con una caracola gigante y dorada o una sucesión de estatuas color azabache -soldados, fusiles, toros- sobre la Revolución china.
Subiendo una frondosa colina del parque, donde la guía dice que “antes no había casi árboles”, se puede llegar hasta una gran pagoda (torre tradicional asiática de varios pisos, de carácter religioso) recién construida.
En la ruta de ascenso hay varias piedras de plástico escondidas entra la maleza de las que sale música tradicional y relajante, y una vez dentro de la pagoda el visitante puede ver cuadros bucólicos en la primera planta o coger el ascensor hasta el último piso para contemplar las vistas.
En el parque no hay casi visitantes y la mezcla de exaltación maoísta, tradicionalismo y reproducción de edificios religiosos se combina sin preocupación, una actitud que hace cuarenta años habría sido impensable, cuando la Revolución Cultural china promovida por Mao ensalzaba la destrucción de la tradición y el antiguo régimen.
En aquella turbulenta época, Jiangxi fue el destino del líder chino Deng Xiaoping, que fue enviado a trabajar al campo por “ideológicamente incorrecto”, y había sufrido los crímenes de la Revolución Cultural en su propia familia, al quedar su hijo mayor parapléjico luego de ser arrojado por una ventana por los Guardias Rojos, las milicias paramilitares que se formaron entonces.
Este mismo dirigente sería el sucesor de Mao años después y modernizaría China además de abrirla al exterior, lo que llevó al país a un enorme crecimiento y lo elevó a estatus de gran potencia económica mundial.
Cuarenta años después de ese fuerte antitradicionalismo, el gobierno del Partido Comunista utiliza conceptos de carácter confuciano como “armonía” y elogia y promociona el legado nacional y cultural de la China imperial feudalista.
El discurso llega hasta Jiangxi, que ha construido su propio “pueblo antiguo” en la villa de Yanfan, en el que se presenta de manera positiva el modo de vida de la población campesina -la “clase oprimida” de la revolución de Mao- a finales del siglo XIX, en el ocaso de la dinastía Qing.

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Objetos en la “casa museo” de Yanfan

En la entrada del pueblo hay varias casas de nueva construcción, donde -según explica el Secretario General del Partido en Jiangxi, Hu- se han trasladado los habitantes del antiguo pueblo a cambio de subsidios del gobierno y la promesa de oportunidades laborales gracias al turismo que pueda atraer el proyecto.
La principal “casa museo” del pueblo es de piedra gastada y húmeda, llena de habitaciones con muebles, fotos y objetos antiguos y vigilada por una anciana inmóvil sentada en un banco, que saluda con voz imperceptible y se calienta los pies con un viejo brasero de carbón.
Por el pueblo, corren algunos niños con bicicleta y se pasea un búfalo camino abajo, mientras una señora hace ruidos con la boca para llamar a sus siete gallinas, que se habían escapado entre las callejuelas del pueblo museo.