¿Cómo piensa un ‘yihadista’?

(Artículo original en Esglobal)

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Los días posteriores al atentado en Barcelona circuló por las redes sociales un largo artículo del islamólogo Olivier Roy, en el que explicaba cuál era el perfil de los “nuevos yihadistas” que estaban cometiendo atentados en Europa y Estados Unidos. El artículo fue publicado en abril, pero el prototipo que describía Roy encajaba bastante con el grupo de jóvenes que planearon y ejecutaron el ataque con furgoneta en Cataluña. Pero, más allá de describir el perfil sociológico de los miembros de Daesh, Roy también explicaba cómo veían el mundo estos nuevos yihadistas. Algo que respondía a una pregunta que mucha gente se hacía después del atentado: ¿por qué nos quieren matar?

En su ensayo Jihad and Death Roy responde a esta pregunta de manera rigurosa y precisa. El libro son apenas cien páginas que sirven para entender cuál es la mentalidad y el perfil de los miembros de Daesh nacidos en Occidente, tanto los que se han quedado como los que se marcharon a Oriente Medio. El autor explica de manera clara su tesis, y no necesita tirar de academicismos o de amontonar ejemplos y datos para justificarla. Se nota que conoce muy bien los temas de los que habla. El libro sólo está en francés e inglés, pero ojalá alguien se anime a traducirlo pronto al castellano.

Roy desmiente varios tópicos acerca de los motivos que tienen los miembros de Daesh para atentar en Occidente. Son lugares comunes que repiten bastante los periodistas, y que suelen calar en la opinión pública. Lo hace a través del análisis de un centenar de casos de terroristas que han actuado en Francia y Bélgica, o que se marcharon de territorio francés para participar en la yihad global. A través de estos datos, el autor niega, en primer lugar, que haya una vinculación entre yihadismo y pobreza. Los radicalizados no vienen de las familias más humildes o con mayores problemas económicos. Tampoco se trata de un problema de integración, de una revuelta de musulmanes jóvenes de barrios europeos socialmente marginados. Hay muchísimos más jóvenes seguidores del islam que trabajan en las fuerzas policiales o el Ejército francés (concretamente, el 10% de los militares de ese país) que los que se unen al Estado Islámico, y ambos vienen de esas mismas barriadas y comunidades supuestamente “poco integradas”.

Las acciones de Daesh en Europa tampoco tienen una vinculación con la situación en Oriente Medio. El argumento de “nos atacan porque nosotros los bombardeamos” es falso. Todos estos terroristas no han militado jamás en ninguna organización contra la guerra, ni de apoyo a Palestina, ni tampoco en ningún colectivo islámico. Estos nuevos yihadistas no lanzan proclamas anticoloniales, ni contra la presencia de ejércitos occidentales en Oriente Medio, apunta Roy. Casi no conocen la situación política de la zona, ni tampoco suelen hablar el árabe. Los motivos de su violencia no están arraigados a ningún conflicto ni comunidad real.

Tampoco, como mucha gente piensa, realizan estos atentados como una estrategia para provocar una guerra entre occidentales y musulmanes. Ni el islam es un monolito -Daesh se fundó originalmente para matar “herejes” musulmanes chiíes, no infieles, recuerda Roy-, ni la cosmovisión de estos nuevos yihadistas apunta en esta dirección. No dividen el mundo entre civilizaciones, sino entre auténticos creyentes (ellos) y el resto, ya sean musulmanes o de cualquier otra religión. Tanto los traidores como los infieles deben ser eliminados…

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China, el amigo de todos en Oriente Medio

(Publicado en Esglobal)

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Hace varias semanas, el presidente chino Xi Jinping recibía al rey Salmán de Arabia Saudí en Pekín, para, unos días después, acoger al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, que viajó a China con un séquito de ministros y empresarios. La escena recordaba un poco a la dinastía Tang, en el siglo VIII d.C., cuando los musulmanes y pueblos asiáticos se paseaban, comerciaban e incluso participaban de la vida de la corte imperial, una de las más cosmopolitas de la historia. Hay relación entre ambos asuntos. Durante los Tang, China consolidó su poder en Asia gracias a la Ruta de la Seda, que -desde hace unos años- el presidente Xi quiere resucitar a escala global, creando infraestructuras y rutas comerciales con todos los países de Eurasia. La influencia china llega hasta Oriente Medio, zona esencial para Pekín, el mayor consumidor de petróleo del mundo. Allí, el Gobierno chino ha conseguido -a través de equilibrios diplomáticos, inversiones millonarias y poder blando– llevarse bien con países tan enfrentados como Israel, Irán, Palestina, Arabia Saudí, Turquía, Siria o Líbano. También se ha presentado como el negociador imparcial y neutral -que respeta la soberanía de los países, no como el halcón estadounidense- al que se puede acudir para mediar en conflictos como la guerra de Siria o el enfrentamiento árabe-israelí. Todo esto, sin llamar demasiado la atención sobre los problemas que Pekín tiene con parte de los musulmanes de su país, en especial los de etnia uigur. El romance chino con los países de Oriente Medio es idílico por ser ésta la región más turbulenta del mundo. Y, por ese motivo, no hay muchas esperanzas de que dure demasiado.

Las sonrisas, los apretones de mano, los acuerdos, los turbantes, las kipás y los trajes a medida del Partido Comunista chino también estuvieron de moda hace un año, cuando el presidente Xi hizo una gira estelar por Oriente Medio, de la que salió reforzado como el amigo de todos. Con su visita reciente Netanyahu ha conseguido fuertes acuerdos en tecnología (Israel es uno de los países punteros en este sector y China quiere mover su economía de manufactura hacia el capitalismo digital) y el rey saudí acuerdos petroquímicos que ascienden a los 65.000 millones de dólares (y una fábrica china de drones de guerra en su país). En enero de 2016, Xi se paseó por Irán y Arabia Saudí, las dos potencias enfrentadas de la zona, vendiéndoles millones de dólares en armas a ambos, sin que ninguno de los dos le pusiera mala cara. También se acercó a Egipto, donde gobierna el general Al Sisi, experto en reprimir revueltas ciudadanas y ligar el crecimiento económico a un fuerte autoritarismo, un asunto en el que los chinos son expertos reconocidos mundialmente…

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Carrère, Dios, Houellebecq

(Publicado en Jotdown)

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Yo tenía unos diecisiete años, estaba en clase de filosofía, y mi profesor habló y dijo: «Dios no es una pulga». La frase me sacudió. De repente, Dios era algo, y no algo mísero, pequeño y prescindible, sino algo importante. Esa frase —irónica, pero no con Dios, sino con todos los alumnos que había en el aula— cogía todavía más fuerza en boca de mi profesor, ateo, de izquierdas, autor de varios libros sobre Nietzsche (¡Nietzsche, el que había matado a Dios!). Mi profesor, que había leído y comentado a Nietzsche, el enemigo acérrimo de Dios, el autoproclamado anticristo, nos advertía que Dios no era una pulga, sino algo importante. Algo de lo que la sociedad actual, ilusa, creía que podía prescindir sin consecuencias. ¿Cómo podía él, ateo, nietzscheano, seguir preocupado por Dios? ¿Los ateos no se burlan, ironizan, insultan, ignoran, prescinden de Dios? ¿Los ateos no han pasado página?

Aunque mantengo amistad con mi antiguo profesor nunca hemos hablado del tema. Quizá todas esas preguntas estaban más en mi cabeza que en la suya, no lo sé. «Dios no es una pulga». Pero la frase se quedó en mi mente, advirtiéndome que Dios no era un tema del que pudiera escapar. Con este eco lejano, casi siete años después, abrí El Reino, de Emmanuel Carrère…

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