Quan Espanya i Xina lluitaven contra el feixisme

(Original a Públic)

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El 7 de juliol de 1937 un soldat japonès va desaparèixer al Pont de Marco Polo, als afores de Pequín. El comandant de la tropa nipona -Japó havia conquerit part de Xina, i cada cop ampliava més la seva influència i presència militar- va decidir atacar a l’exèrcit xinès, acusant-lo de la desaparició del soldat. L’escalada militar va augmentar, els combats s’estenien i ambdós països es van declarar la guerra.

Comunistes i nacionalistes xinesos es van unir contra el règim imperialista i filo-feixista japonès, preludi de la Segona Guerra Mundial a Orient. No els va agafar de nou: els xinesos havien seguit amb atenció i havien rebut influències de l’altre batalla contra el feixisme que es lliurava, en aquest cas, a Occident. La guerra civil espanyola ressonava a les ments de molts xinesos. Alguns, fins i tot, estaven lluitant contra Franco en aquell moment.

La relació antifeixista entre Espanya i la Xina es va rememorar, coincidint amb l’aniversari de l’incident del Pont de Marco Polo, amb un seminari a l’Institut Confuci de Barcelona. Un dels documents més citats va ser la carta que Mao Zedong va escriure en solidaritat amb el bàndol republicà, on assegurava que ”si no estiguéssim cara a cara contra l’enemic japonès, ens uniríem a vosaltres i prendríem posicions al front”.

Malgrat l’ofensiva de l’enemic, el Partit Comunista Xinès va demanar als brigadistes xinesos que no tornessin per lluitar contra els japonesos. Eren només 100 combatents, número que no suposaria un gran canvi en el desenvolupament de la guerra. En canvi, l’efecte que tindria abandonar la lluita a Europa seria perjudicial per a la moral del moviment internacionalista. Cap va marxar d’Espanya…

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La utopía (fracasada) de Mao tenía un precio: 45 millones de muertos

(Publicado en Esglobal)

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El Gran Salto Adelante es la mayor prueba histórica de los peligros del optimismo. Esta etapa del régimen maoísta, de 1958 a 1962, pretendía que un país atrasado como China alcanzara niveles de desarrollo superiores a los de los países occidentales, en dirección a un paraíso comunista. No lo consiguió, y dejó una estela de 45 millones de muertos -la mayor catástrofe producida por el hombre- causados por un sistema militarista donde se condenaba al más débil a morir de hambre, donde toda salida de la ortodoxia era cortada con violencia y en el que las condiciones de vida se asemejaban al esclavismo más cruel.

El historiador Frank Dikötter explica esta etapa en su potente libro La gran hambruna en la China de Mao. Las tesis de Dikötter quedan claras, además de apoyadas por la gran cantidad de documentos a los que ha tenido acceso (aunque, nos advierte, los más importantes siguen bloqueados por el Partido Comunista, y no parece que esta situación vaya a cambiar pronto). Todo hecho relatado en el libro está justificado por múltiples documentos y ejemplos, lo que a veces ralentiza y cansa la lectura, pero encuentra justificación en el objetivo que tiene el autor: escribir la obra más completa y exhaustiva sobre el Gran Salto Adelante, cosa que consigue. Pese a la inmensidad de datos y hechos, el estilo favorece la lectura y el interés, especialmente cuando se relatan las luchas internas en el Partido Comunista, las delirantes políticas llevadas a cabo en esta etapa o las tragedias particulares que ilustran la bestialidad de la época. Al acabar el libro, uno quiere comprar cuanto antes los libros de Dikötter dedicados a la Revolución Cultural y a los primeros años del Gobierno de Mao.

Dikötter sitúa el inicio del Gran Salto Adelante en la “campaña de conservación de aguas” que Mao Zedong decidió llevar a cabo en 1958. El objetivo era crear grandes presas y desviaciones de agua que generaran nuevas zonas fértiles y mayor productividad agraria. El resultado fueron centenares de proyectos megalómanos e inservibles, fruto de un entusiasmo frívolo que movilizó a inmensas cantidades de población para construir obras de ingeniería que apenas se habían estudiado. Uno de cada seis chinos estaba cavando tierra durante esa etapa, en un régimen de vida cercano al esclavismo. Las diferentes provincias rivalizaban por ver cuál de ellas era la que más tierra había removido, en un afán de competición para satisfacer a sus superiores, aunque -en muchos casos- todo ese esfuerzo humano no tuviera función práctica alguna. Estas cifras eran usadas por el Gobierno como datos propagandísticos de cara al exterior, para demostrar la presunta superioridad del modelo socialista. El dato más repetido era el de la producción de acero, realizada en pequeños hornos que se construían en cada pueblo, donde los dirigentes locales fundían todo tipo de objetos cotidianos requisados (sartenes, camas, puertas, clavos) con el objetivo de aumentar la producción. Lo mismo se hacía con la agricultura, expropiando los techos de casas campesinas – hechas de paja y barro- para usarlos como fertilizante en los campos. Como consecuencia, entre un 30 y un 40% de las viviendas de China fueron destruidas durante esta etapa. Las medidas para conseguir cotas más altas eran delirantes: en varias aldeas de Guandong, se obligó a las mujeres a raparse el pelo para usarlo como abono en los campos…

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