Quan Espanya i Xina lluitaven contra el feixisme

(Original a Públic)

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El 7 de juliol de 1937 un soldat japonès va desaparèixer al Pont de Marco Polo, als afores de Pequín. El comandant de la tropa nipona -Japó havia conquerit part de Xina, i cada cop ampliava més la seva influència i presència militar- va decidir atacar a l’exèrcit xinès, acusant-lo de la desaparició del soldat. L’escalada militar va augmentar, els combats s’estenien i ambdós països es van declarar la guerra.

Comunistes i nacionalistes xinesos es van unir contra el règim imperialista i filo-feixista japonès, preludi de la Segona Guerra Mundial a Orient. No els va agafar de nou: els xinesos havien seguit amb atenció i havien rebut influències de l’altre batalla contra el feixisme que es lliurava, en aquest cas, a Occident. La guerra civil espanyola ressonava a les ments de molts xinesos. Alguns, fins i tot, estaven lluitant contra Franco en aquell moment.

La relació antifeixista entre Espanya i la Xina es va rememorar, coincidint amb l’aniversari de l’incident del Pont de Marco Polo, amb un seminari a l’Institut Confuci de Barcelona. Un dels documents més citats va ser la carta que Mao Zedong va escriure en solidaritat amb el bàndol republicà, on assegurava que ”si no estiguéssim cara a cara contra l’enemic japonès, ens uniríem a vosaltres i prendríem posicions al front”.

Malgrat l’ofensiva de l’enemic, el Partit Comunista Xinès va demanar als brigadistes xinesos que no tornessin per lluitar contra els japonesos. Eren només 100 combatents, número que no suposaria un gran canvi en el desenvolupament de la guerra. En canvi, l’efecte que tindria abandonar la lluita a Europa seria perjudicial per a la moral del moviment internacionalista. Cap va marxar d’Espanya…

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Las calles de la memoria

(Publicado en Jotdown)

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Cuando llegué por primera vez a Pekín, me encontré con una ciudad más gris de lo que esperaba. Los edificios eran altos y feos, los árboles pelados y negros. Faltaban pocos días para el invierno y, como cada año, las ramas habían perdido todo su verdor, la contaminación empezaba a nublar la vista y la gente caminaba rápido, ante el frío continental que se acercaba. La ciudad se me presentaba triste y apagada. Podía pasarme horas mirando —totalmente fascinado— lo que hacían los pequineses, cómo iban vestidos, qué comían y cómo hablaban un idioma del que no entendía ni una palabra. Pero, a pesar de eso, el decorado que les rodeaba solía dejarme indiferente. Reconozco que me generaba cierta curiosidad, pero, con el tiempo, descubrí que estaba basada en el factor atractivo que a todos nos ejerce la pura novedad. Si me hubiera encontrado con un barrio así en mi ciudad de origen, habría pasado por mi memoria sin pena ni gloria.

Descubrí que Pekín era bonito —y que sería mi ciudad preferida de China— cuando, un día cualquiera, tuve que ir a comprar verduras para cenar. Mi nevera estaba vacía, y me parecía poco elegante gorronear a mis nuevos compañeros de piso. Bajé de mi apartamento para comprar patatas, cebollas y pimientos a la viejecita que, habitualmente, montaba una carpa de plástico delante de mi edificio, en la que vendía, en cajas de porexpán, todo tipo de verduras a precios muy baratos. Ese día descubrí que mi verdulera habitual cerraba por las tardes, por lo que —sin otra alternativa en mente y con ganas de dar una vuelta— me puse a caminar hacia el sur de la ciudad. Dando pasos y más pasos, descubrí que mi edificio hacía frontera con un barrio de pequeñas callejuelas y casas bajas de aspecto antiguo, completamente diferente al resto de Pekín. Las paredes de los hogares eran de un entrañable color gris claro, los tejados seguían las ondulantes formas clásicas y en algunos de ellos colgaban pequeñas jaulas con pájaros que piaban a mi paso. De algunos patios interiores sobresalían árboles retorcidos y elegantes, que tantas veces había visto en pinturas centenarias de antiguas dinastías. Después de varias caminatas más, descubrí que este extraño barrio no solo se extendía al sur de mi casa, sino también al norte, al este y al oeste. Estaba rodeado. Como periodista, no tardé en indagar sobre el tema y averigüé que los pequineses llamaban hutong a este tipo de callejuelas antiguas. De pura casualidad, estaba viviendo en las únicas zonas de la ciudad que se resistían a la oleada gris y uniforme de la modernización urbana que dominaba toda China. El asunto se puso todavía más épico al descubrir que algunas de esas calles tenían más de ochocientos años de antigüedad.

Cuentan que, a finales del siglo XIII, el todopoderoso líder mongol Kublai Kan viajó a las ruinas de Zhongdu, una ciudad norteña que su abuelo Gengis Kan había destruido por completo, y allí vio un hermoso lago, del que quedó prendado. Tanto le gustó esa agua, esas orillas, que decidió mover la capital de su imperio —la dinastía Yuan, que ya había conquistado toda China— de las áridas tierras del desierto del Gobi a ese terreno destruido por la guerra, en el que solo sobrevivía un inmutable y tranquilo lago. El emperador mongol reconstruyó la ciudad alrededor de sus orillas y, en un arranque de originalidad, la llamó Khanbaliq, es decir, «Ciudad de los Kan». Las calles que el líder Yuan mandó construir fueron el inicio de los barrios de hutong. Bajo el imperio mongol llegaron a existir más de trescientas cincuenta de estas callejuelas. Durante más de setecientos años no dejarían de crecer, e irían configurando la ciudad que hoy conocemos como Pekín.

Como sucede siempre en la cíclica historia china, una nueva dinastía se alzó en rebelión y derrotó a la que estaba en el poder. Los Ming —de la etnia han, la mayoritaria en China, y sometidos durante el imperio de los Kan— derrotaron a los mongoles Yuan —una etnia nómada del desierto, a la que los han, en secreto, tildaban de bárbaros invasores—. La política china ha estado (y está) mucho más ligada a cuestiones de etnicidad de lo que parece, más allá de ideologías o luchas individuales por el poder. Con la instauración de la dinastía Ming, Pekín crecería todavía más y llegaría a convertirse en la ciudad más poblada del mundo, con más de un millón de habitantes. Los Ming —aparte de regalar al mundo la popular porcelana china— construyeron muchos de los monumentos, parques y palacios que visitan hoy en día los turistas que acuden a la capital. El que actuaría como eje central de la vida pequinesa sería la Ciudad Prohibida.

Alrededor del gran palacio de los emperadores, el número de calles de hutong siguió creciendo. Cuanto más cercano estaba un hutong a la residencia imperial, mayor era el cargo de la gente que vivía allí. Las más cercanas eran propiedad de la aristocracia y las élites chinas; al sur de la ciudad solían situarse las casas de los mercaderes, de estatus inferior. Más al norte, los hutong acogían los talleres y tiendas donde se fabricaban los productos para el palacio real. Muchas de estas calles aún conservan nombres con reminiscencias de esos tiempos. Por ejemplo, el Hutong Zhiranju, donde se fabricaban las famosas telas y sedas chinas, el Hutong Jinmaoju, especializado en gorros y botas para los aristócratas, y el quizá más popular Hutong Jiucuju, proveedor oficial de bebidas alcohólicas de alta graduación, para disfrute de todo aquel que pudiera pagarlas.

Para cuando la dinastía Ming cayó derrotada por la Qing (de etnia manchú, nómadas originarios de la tundra helada de Manchuria, fronteriza con Rusia), ya existían dos mil hutong en Pekín. Pasaron casi cuatro siglos, en los que las potencias occidentales asediaron el país, cayó la eterna monarquía, el país fue invadido por Japón y sobrevivió a una cruenta guerra civil. Pese a estos largos años de desastres, la población no hizo más que aumentar y, por consiguiente, Pekín llegó a acoger más de seis mil calles de hutong. Eran un paisaje intrínseco a la ciudad, la imagen que todo viajero evocaba al recordar su paso por la capital de este viejo imperio. Todo cambiaría con la llegada al poder, en 1949, de un hombre que quería refundar China desde los cimientos. Su nombre era Mao Zedong y su plan consistía en eliminar todo lo antiguo, todo lo feudal, que se interpusiera ante el proyecto comunista que quería para su país. Los hutong, viejos por naturaleza, no saldrían indemnes…

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El “Gran terror” soviético no fue como nos contaron

(Publicado en Esglobal)

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El 25 de febrero de 1956, durante el XX Congreso del Partido Comunista Ruso, el líder soviético Nikita Jruchov denunció a puerta cerrada los crímenes cometidos por Iósif Stalin durante el llamado “Gran terror”, en el que se ejecutaron a 750.000 personas y se deportaron a más de un millón a los gulag (campos de concentración soviéticos), entre 1936 y 1938. Jruchov apuntó al culto a la personalidad y al excesivo y cruel poder de Stalin, que buscaba eliminar a sus rivales políticos, como causas de esa matanza política. Doce años después, el historiador Robert Conquest respaldaría esta tesis, basada en la mentalidad sádica del dictador y sus ansias de eliminar a todo aquel que pudiera rivalizar con su poder, con el objetivo de hacerse con el control absoluto del Partido. Cuando se abrieron los archivos secretos del gobierno en los 90, una vez caída la Unión Soviética, los historiadores descubrieron que buena parte de la narrativa que habían sostenido estaba equivocada.

El libro El gran miedo, del historiador James Harris, es fruto de estos documentos desclasificados. En base al nuevo material descubierto, Harris niega —oponiéndose a Conquest— que el “Gran terror” de Stalin fuera un intento de consolidar su poder. Más bien —explica— fue fruto del instinto de supervivencia del líder, atemorizado por los complots internos y externos que creía que se planeaban contra él. Las matanzas de antiguos bolcheviques y miles de ciudadanos inocentes, defiende Harris, no fueron fruto de una personalidad sádica o paranoica de Stalin, sino de un cúmulo de fallos —algunos inherentes, otros evitables— del propio sistema soviético, que llevaron al siniestro período de finales de los 30. Un camino al horror en el que estuvieron involucradas casi todas las élites del Partido, tanto de alto rango como locales; los servicios secretos, con especial gravedad; y buena parte de la sociedad soviética, que participó activamente en estas dinámicas. El relato jruchovista de un sólo culpable, Stalin, era reconfortante, y evitaba que el peso de la culpa cayera sobre amplias capas del Partido y pusiera en duda el sistema. El gran acierto de “El gran miedo” es hilar todo este relato de manera convincente y sólida, utilizando los documentos desclasificados para refutar las teorías tradicionales de Conquest. Pese a algunos momentos en que los saltos temporales y la sucesión de hechos crean cierta confusión, el estilo general es claro, al modo anglosajón. En poco más de 200 páginas, Harris explica de manera absorbente la evolución de la violencia política soviética hasta su máxima expresión, el “Gran terror”.

Desde el inicio de su obra, Harris inserta la dinámica de este terror político dentro de la larga tradición de inseguridad crónica de las élites rusas. En el caso bolchevique, la mentalidad conspirativa de sus dirigentes venía marcada desde la etapa zarista, donde todo compañero podía ser un espía infiltrado por el monarca. El uso de la violencia descarnada para desenmascarar al enemigo oculto se expresó con toda su fuerza durante la Guerra Civil Rusa, en la que la Cheká, la recién creada policía secreta, empezó a realizar ejecuciones masivas, de carácter extrajudicial, sin tan siquiera buscar pruebas ni realizar interrogatorios antes de eliminar a sus detenidos. El peligro de los enemigos infiltrados en un contexto de guerra justificaba, según los bolcheviques, todas estas acciones…

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La utopía (fracasada) de Mao tenía un precio: 45 millones de muertos

(Publicado en Esglobal)

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El Gran Salto Adelante es la mayor prueba histórica de los peligros del optimismo. Esta etapa del régimen maoísta, de 1958 a 1962, pretendía que un país atrasado como China alcanzara niveles de desarrollo superiores a los de los países occidentales, en dirección a un paraíso comunista. No lo consiguió, y dejó una estela de 45 millones de muertos -la mayor catástrofe producida por el hombre- causados por un sistema militarista donde se condenaba al más débil a morir de hambre, donde toda salida de la ortodoxia era cortada con violencia y en el que las condiciones de vida se asemejaban al esclavismo más cruel.

El historiador Frank Dikötter explica esta etapa en su potente libro La gran hambruna en la China de Mao. Las tesis de Dikötter quedan claras, además de apoyadas por la gran cantidad de documentos a los que ha tenido acceso (aunque, nos advierte, los más importantes siguen bloqueados por el Partido Comunista, y no parece que esta situación vaya a cambiar pronto). Todo hecho relatado en el libro está justificado por múltiples documentos y ejemplos, lo que a veces ralentiza y cansa la lectura, pero encuentra justificación en el objetivo que tiene el autor: escribir la obra más completa y exhaustiva sobre el Gran Salto Adelante, cosa que consigue. Pese a la inmensidad de datos y hechos, el estilo favorece la lectura y el interés, especialmente cuando se relatan las luchas internas en el Partido Comunista, las delirantes políticas llevadas a cabo en esta etapa o las tragedias particulares que ilustran la bestialidad de la época. Al acabar el libro, uno quiere comprar cuanto antes los libros de Dikötter dedicados a la Revolución Cultural y a los primeros años del Gobierno de Mao.

Dikötter sitúa el inicio del Gran Salto Adelante en la “campaña de conservación de aguas” que Mao Zedong decidió llevar a cabo en 1958. El objetivo era crear grandes presas y desviaciones de agua que generaran nuevas zonas fértiles y mayor productividad agraria. El resultado fueron centenares de proyectos megalómanos e inservibles, fruto de un entusiasmo frívolo que movilizó a inmensas cantidades de población para construir obras de ingeniería que apenas se habían estudiado. Uno de cada seis chinos estaba cavando tierra durante esa etapa, en un régimen de vida cercano al esclavismo. Las diferentes provincias rivalizaban por ver cuál de ellas era la que más tierra había removido, en un afán de competición para satisfacer a sus superiores, aunque -en muchos casos- todo ese esfuerzo humano no tuviera función práctica alguna. Estas cifras eran usadas por el Gobierno como datos propagandísticos de cara al exterior, para demostrar la presunta superioridad del modelo socialista. El dato más repetido era el de la producción de acero, realizada en pequeños hornos que se construían en cada pueblo, donde los dirigentes locales fundían todo tipo de objetos cotidianos requisados (sartenes, camas, puertas, clavos) con el objetivo de aumentar la producción. Lo mismo se hacía con la agricultura, expropiando los techos de casas campesinas – hechas de paja y barro- para usarlos como fertilizante en los campos. Como consecuencia, entre un 30 y un 40% de las viviendas de China fueron destruidas durante esta etapa. Las medidas para conseguir cotas más altas eran delirantes: en varias aldeas de Guandong, se obligó a las mujeres a raparse el pelo para usarlo como abono en los campos…

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Catalunya i la URSS, més enllà del comunisme

(Escrit a Públic)

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Què passaria si posem un anarquista de la CNT i un comunista pro-soviètic a la mateixa habitació, i a un d’ells li donem un fusell? La memòria col·lectiva té uns referents forts i, recordant els fets de maig de 1937, recordant l’Homenatge a Catalunya d’Orwell, bona part de les respostes a aquesta pregunta acabarien en un bany de sang. Però la història, com sol passar la majoria de cops, sol ser més complexa i té fets secundaris, menys coneguts, que la fan més interessant. Els relacionats amb la memòria catalana sobre la URSS –de 1917 fins al franquisme-, estan a La Revolució Russa i Catalunya, de Josep Puigsech.

Desembre de 1919. Divuit anys abans dels tirotejos a Plaça Catalunya, la CNT decideix sol·licitar l’adhesió a la III Internacional (Komintern), l’òrgan internacionalista promogut des de Moscou per estendre la revolució a nivell mundial. Els anarquistes han estat l’única força política a Catalunya que ha mirat amb bons ulls la revolta d’octubre de 1917. El caràcter anticapitalista de Lenin els sedueix, a la vegada que fa saltar les alarmes entre els sectors d’ordre i els conservadors de la Lliga. No és un any tranquil: s’ha produït una vaga general revolucionària a nivell estatal i el Govern ha dissolt l’Assemblea de Parlamentaris de Barcelona, de majoria catalanista.

Els republicans catalans tampoc veuen amb bons ulls la presa de poder bolxevic. Consideren com a legítim l’enderrocat govern liberal-democràtic de Kerenski i rebutgen el cop d’estat maximalista. Però el factor clau de la seva oposició és la Guerra Mundial que s’està lliurant a Europa: l’antibel·licisme dels revolucionaris, que exigeixen la retirada russa del conflicte, fa que els progressistes republicans vegin aquesta posició com un regal per a les Potències Centrals. Alguns, fins i tot, acusaran Lenin de ser un agent al servei alemany. El diari republicà El Diluvio el titllarà de ”dictador generalísimo”, ”germanófilo supercanalla” i ”limpiabotas del kaiser”.

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Màfia, cocaïna i transvestits a la Barcelona republicana

(Escrit originalment a Públic)

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Si avui passegem pel final de la Rambla, donem unes voltes pel Mirador de Colom, i ens fixem ens els grans edificis que rodegen la plaça descobrirem que, a banda d’estar rodejats de turistes, també estem rodejats per l’exèrcit. En lletres metàl·liques: ”Delegación de Defensa”, ”Fuerzas Armadas Profesionales”, ”Sector Naval de Cataluña”. Si ens endinsem per algun carreró: ”Sector Aéreo”. Però l’edifici més gran de l’exèrcit espanyol, que fa uns vuitanta anys es va convertir en EL Museu Marítim, era el ”Cuartel de las Atarazanas”, que -durant els anys 20 i 30- evitava, gràcies a la seva grandària, que els mariners i els vianants poguessin veure el que succeïa als estrets carrerons situats darrera d’aquesta caserna militar.

Al carrer Cid, al carrer Mina, al carrer Perecamps, al carrer de l’Arc del Teatre es concentrava la prostitució internacional de la ciutat, els ritmes de jazz accelerats, la venda massiva de cocaïna, els espectacles homosexuals i transformistes, i molts i molts turistes, burgesos, aristòcrates i bohemis que volien satisfer el seu morbo i la seva cerca d’emocions fortes, d’hedonisme de postguerra. Tot això sense que es veiés gaire, gràcies a la immensa ombra de la caserna militar de Drassanes.

L’anomenat districte cinquè -aquesta petita àrea de carrerons darrere de les Drassanes Reials- va ser una zona fabril fallida, que va acabar subsistint gràcies a la prostitució barata i a les tavernes populars, on es reunien revolucionaris, delinqüents, mariners, obrers o militars. Les navalles, les pallisses i els robatoris eren habituals. La majoria de prostitutes parlaven en català. Es planejaven conspiracions anarquistes. Francesc Madrid -el periodista dels baixos fons de la Barcelona dels 20- va batejar aquesta zona, sense gaire justificació, com ”el Barrio Chino”, i així va quedar el nom.

Els reportatges de Madrid al setmanari El Escándalo van crear un mite bohemi, que va atraure les plomes d’altres periodistes catalans, com Josep Maria Planes o Josep Maria de Sagarra. Aquesta seducció per la decadència, per una combinació entre llibertat, desig i perill, va anar absorbint a escriptors, burgesos, artistes i curiosos estrangers, que -si passaven per Barcelona- no podien estar-se de visitar el ”Barrio Chino” i, en especial, el bar ”La Criolla”, el local més boig de la zona, on el tango i el jazz es tocaven a ritme frenètic, la ”mandanga” (cocaïna) es prenia amb la naturalitat d’un còctel i homes amb els llavis pintats i faldilles sensuals atreien les mirades masculines i femenines.

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