¿Está Rusia rehabilitando a Stalin?

(Artículo original en Público)

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En Rusia conviven dos memorias: la del régimen soviético y la de las víctimas que se llevó. Una de las mejores maneras de captar esta coexistencia es caminar hasta la plaza Lubianka de Moscú, donde veremos un enorme edificio de paredes amarillo cremoso, que podría pasar por museo o edificio de la administración. Pero si nos acercamos más veremos que decenas de hoces y martillos de color negro todavía decoran su fachada (como sucede en muchos edificios de la Rusia actual).

Dentro de estas paredes la policía secreta soviética -que tuvo varios nombres, empezando por Cheka y acabando por KGB- encerraba, interrogaba y torturaba a sus detenidos políticos. Su cenit represor se produjo durante el Gran Terror de Stalin, entre 1936 y 1938, cuando ejecutaron a más de 750.000 personas en toda la URSS.

Si cruzamos al pequeño parque enfrentado a este gran edificio, encontraremos una gruesa base de piedra en la que se eleva una gran roca, traída de las islas Solovetsky, situadas a la altura de Finlandia, donde había uno de los gulag más importantes y helados de toda Rusia. Esta piedra es el monumento en recuerdo a las víctimas del régimen soviético. En este mismo lugar, antes que se erigiera este homenaje, dominaba la plaza una estatua del fundador de la Cheka, Felix Dzerzhinsky, que fue derribada en 1991. Ahora mismo la entrada al parque está bloqueada por obras, pero un activista me cuenta que cada 30 de octubre acuden allí decenas de personas, y leen durante horas y horas los nombres de algunos de los asesinados por el gobierno comunista. También dejan ramos de flores, en honor a los fallecidos…

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Guía del San Petersburgo revolucionario (y cómo ha cambiado hoy en día)

(Artículo original en Público)

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Corría el año 1917, y la capital de la Rusia zarista no se llamaba San Petersburgo, sino Petrogrado. En febrero de ese mismo año, una revolución espontánea y popular expulsó a Nicolás II, el último Romanov, de su trono y del mando del Imperio Ruso. Los meses siguientes fueron un caos y una explosión política de grandes dimensiones, donde dos instituciones -el Gobierno Provisional y el Soviet- eran las contendientes por controlar el poder real y la legitimidad para dirigir Rusia.

Mítines, reuniones secretas, manifestaciones, intentos de golpe de estado, enfrentamientos, conjuras militares y alianzas se sucedían por doquier. Finalmente, la facción que dio el golpe de gracia para hacerse con el poder -e instaurar su dictadura revolucionaria- fueron los bolcheviques dirigidos por Lenin. Este hecho desencadenaría una cruenta guerra civil que asolaría el país los años siguientes.

Si de estos acontecimientos hace ya 100 años, muchos de los escenarios donde sucedieron estos apasionantes, caóticos, esperanzadores y sangrientos hechos políticos todavía siguen en pie en la Rusia post-comunista. Aquí van seis de los más significativos…

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Daniel Utrilla: “Los rusos admiran a Putin porque rescató al país de la deriva”

(Entrevista original en Público)

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Daniel Utrilla lleva más de 17 años viviendo en Moscú. La mayoría de ellos los pasó como corresponsal de ‘El Mundo’. Al cerrar esa etapa, escribió A Moscú sin Kaláshnikov (Libros del K.O.), un libro que sirve para dos cosas: aprender mucho sobre Rusia y dejar de tenerle miedo.

Quedamos en un café de Moscú, y me lo encuentro leyendo. Luego me contará que fue la literatura de Tolstói, esa “Rusia imaginaria”, la que, en buena parte, le atrajo y le agarró a este país. Pedimos un café y la conversación se alarga. Fuera hace frío.

 

Primera y obligada pregunta: ¿cómo ven los rusos lo que está pasando en Catalunya?
Están sorprendidísimos cuando ven por televisión las imágenes de las manifestaciones masivas en Barcelona que -al menos en lo que se refiere a la puesta en escena y al furor nacionalista- les recuerdan a las de la revolución naranja en Ucrania. Si hay un lugar que los rusos consideran el Paraíso en la Tierra es la Costa Brava y Barcelona. Una amiga rusa que tiene una nieta en Barcelona -y que estos días anda muy preocupada por ella- me decía el otro día: “¿Pero qué les falta?”. A los rusos, que están curados de espanto de revoluciones, inestabilidad y separatismo, les desorienta que pase esto en España, un rincón del planeta donde les encantaría vivir.

 

Ahora entrando en la revolución de 1917: en los días que he pasado en Moscú me ha dado la sensación que el gobierno no daba casi relevancia al centenario. ¿Por qué?
He leído en algunos periódicos que el ejemplo de la revolución no les interesa, y que se intentan desmarcar por el riesgo de alentar otra revuelta similar. Y yo me pregunto: ¿a qué gobierno de qué país del mundo le interesa una revolución? Una revolución es sangrienta, trastoca el orden social, político, económico, moral… Es lógico que no se celebre más el 7 de noviembre –hasta 1991 fue la mayor fiesta nacional- ya que la Rusia de hoy es descaradamente poscomunista. Cuando mis amigos vienen a Moscú y me dicen que les interesa el tema soviético, que les enseñe ‘cosas comunistas’, les digo que han venido al país equivocado, y les compro un billete de metro para que vean los mosaicos de Lenin. En cualquier caso, los rusos mantienen una memoria histórica bastante menos histérica que, por ejemplo, España.

 

¿Hay algún perfil de los nostálgicos de la URSS?
Hay nostálgicos “reales” y nostálgicos “de prestado”. Los “reales” son aquellos que vivieron la época soviética. Sienten nostalgia por una sencilla razón: vivían mejor, material y espiritualmente. Se trata de una generación para la que la caída de la URSS vino acompañada de un deterioro económico brutal, y que fue incapaz de adaptarse al nuevo y acelerado tren de vida. El desastre que se produjo en 1991 tuvo efectos económicos equiparables a los de una guerra, con una inflación desatada, desabastecimiento, desorientación psicológica tras una vida imbuidos en el credo comunista, pérdida de liderazgo del país… La gente a la que le tocó vivir esa quiebra ve con nostalgia una época en la que vivían humildemente, pero tenían muy claro cuál era su posición social y cómo iban a acabar sus días. En su día le pregunté a Vladimir Lukin, que en ese momento era el Defensor del Pueblo, por qué en España no había nostálgicos del franquismo como los hay en Rusia de la URSS, esos que salen cada año con sus banderas rojas, mostrando su orgullo y admiración por aquel régimen. Su respuesta me aclaró mucho las ideas: me dijo que por una mera cuestión económica, de bolsillo. Cuando murió Franco la gente siguió viviendo igual o mejor, pero aquí la transición salvaje al capitalismo vino acompañada de un batacazo absoluto. La gente tenía poco y lo perdió todo.

Por otro lado, tenemos a los nostálgicos “de prestado”, que serían los que no han vivido la época soviética o la experimentaron de pequeños. Los recuerdos de la infancia ejercen una seducción especial sobre todos nosotros. Tengo amigos rusos en los que detecto esa fascinación por el refresco que bebían de pequeños, las máquinas expendedoras soviéticas, determinados juguetes… Otra cuestión es el deporte. Muchos sienten añoranza por la época de la “máquina roja”, como se llamaba a la selección soviética de hockey sobre hielo. Todo ello está relacionado con la hegemonía imperial que se hundió junto a la URSS, el sentimiento de pertenecer a una superpotencia. Más que del comunismo en sí -la gente no quiere volver a vivir con aquellas estrecheces- muchos rusos se quedarían con la parte del Imperio, esa época de preeminencia en todos los aspectos, tanto deportivos, como geopolíticos, cósmicos, militares… Esa sensación de que su país le trataba de tú a tú a Estados Unidos y que, de alguna forma, vuelven a revivir parcialmente de la mano de Putin…

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¿Es mejor educar a tus hijos en China o en Occidente?

(Artículo original en Esglobal)

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Cuando Lenora Chu, su marido y su hijo Rainey -de tres años- llegaron a Shanghái, tenían dos opciones educativas muy diferentes. La primera eran las escuelas progres llevadas por extranjeros, que ponían los deseos de los niños por encima de la autoridad de los profesores, prohibían los castigos y creían que aprender matemáticas no importaba demasiado. Las escuelas chinas, por otro lado, promovían una obediencia total al maestro, una normativa igualitaria y rígida, y la dedicación de horas y horas a la memorización y al estudio. Chu -con bastantes dudas- escogió las segundas. En la primera semana de colegio, su hijo Rainey le contó que la profesora le había obligado a comer un huevo -su alimento más odiado- en la hora de la comida. Lo había escupido y, a pesar de ello, la maestra se lo había vuelto a meter en la boca hasta que se lo tragó. Indignada, Chu fue a ver a la profesora de su hijo, para preguntarle si toda esta historia de la comida a la fuerza era verdad. La maestra le dijo que sí. Chu le contó que en Estados Unidos no utilizaban esos métodos, sino que trataban de explicarle a los niños que comer huevo era importante para su nutrición: “los motivamos para que escojan comer huevos”. “¿Y funciona?”, le preguntó la maestra. “Bueno, no siempre…”, admitió ella. Al cabo de unas semanas, Chu vio cómo su hijo comía los huevos que ella preparaba para cenar sin soltar ninguna queja. Incluso parecía que les había cogido cierto gusto. Los métodos de la escuela china no eran los más políticamente correctos, pero sí los más efectivos.

Lenora Chu explica esta y otras anécdotas en su magnífico libro Little Soldiers, una obra sobre pedagogía muy bien documentada, explicada a través de una narrativa periodística que combina humor con rigor. El caso de Chu es interesante, ya que se trata de una estadounidense hija de inmigrantes chinos, que creció entre el individualismo americano de su entorno y el autoritarismo confuciano de sus padres. Su hijo Rainey experimenta lo opuesto: padres progresistas americanos que deciden criar a su hijo en una rigurosa escuela china de élite, centros que suelen tener nombres como “Sabiduría Primero”, “Sacrificio es oro” o “Mejores Matemáticas del Mundo” -en contraste, por ejemplo, con la guardería occidental a la que antes iba Rainey, llamada “Niños Felices”-.

La escuela tradicional china es casi todo lo contrario de lo que recomiendan los pedagogos progres occidentales. La autoridad y el respeto hacia el profesor es total, tanto de los alumnos como de los padres. Es un reconocimiento intrincado en la sociedad: China es el país donde más padres recomendarían a su hijo hacerse profesor (a pesar de los malos salarios), explica Chu. Esta autoridad va acompañada de muchas normas -por ejemplo, los alumnos han de estar siempre correctamente sentados, y sólo pueden ir al baño o beber agua en horarios establecidos-. También se usan amenazas y gritos sin ningún remordimiento, si son necesarios. El primer día de escuela -cuenta la autora- cuando los niños lloran sin parar, los profesores no paran de gritarles y amenazarles que “sus padres no les van a venir a buscar nunca”, o que “se los va a llevar la policía” si no detienen sus lágrimas y se sientan en sus sillas. Lo que en muchas escuelas occidentales se consideraría traumático o incluso denunciable, en China es el pan de cada día. Todos los niños deben cumplir las normas sin excepciones. A pesar de las reticencias y enfados iniciales de la autora, acaba descubriendo dos cosas: que su hijo es mucho más fuerte a las situaciones adversas de lo que cree (aunque le amenacen de vez en cuando), y que las rígidas normas no lo han hecho un niño menos feliz o curioso, sino simplemente más organizado, puntual y respetuoso…

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1917: la Revolución que Putin intenta difuminar

(Artículo original en Público)

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La plaza Pushkin de Moscú se ha llenado hoy de comunistas de todos los países. A escasos metros del primer McDonalds que abrió en la ciudad, centenares de cuadros de Lenin y Stalin se han levantado entre miles de cabezas humanas, acompañados de banderas de todos los países. Había enseñas republicanas, esteladas e ikurriñas, como también brasileñas, griegas, chinas, vietnamitas o argentinas. La multitud de partidos y organizaciones comunistas que paseaban sus siglas era incontable. El motivo y el héroe estaban claros: Lenin y la toma del poder de los bolcheviques, el inicio de ese imperio que fue la URSS, y por el que todos los manifestantes -ancianos o jóvenes- suspiraban con nostalgia.

Las proclamas y cánticos en diversos idiomas -“bella ciao”, “el pueblo unido jamás será vencido”- y el fervor general contrastaba con el resto de las calles de Moscú, donde apenas había señales de que hace 100 años el partido de Lenin derrocara al gobierno provisional surgido de la caída del zarismo.

Si en los últimos años la tradicional manifestación del 7 de noviembre había reducido su presencia -el trayecto se acortó en gran medida y la mayoría de manifestantes eran jubilados nostálgicos de la URSS-, el centenario le ha dado un gran impulso. Tanto se veía militares casi centenarios con sus condecoraciones soviéticas, como jóvenes vestidos con abrigo largo y gorra leninista, pasando por mucha ropa de montaña que los comunistas de países más cálidos habían traído para soportar el invierno moscovita.

El gobierno ruso ha permitido la manifestación, pero de manera discreta. Los policías no han cortado el tráfico de la ancha avenida Tverskaya, sino que han hecho pasar a los miles de manifestantes por una de las aceras. Las banderas con la hoz y el martillo, junto a decenas de símbolos del folklore comunista, han pasado por delante de las tiendas de lujo de la avenida, hasta detenerse frente a la estatua de Karl Marx, donde en un escenario con imágenes de Lenin y Stalin se han cantado canciones revolucionarias y se han hecho largos discursos. Con la mirada se podía alcanzar el inicio de la Plaza Roja, donde todavía continúa en pie el mausoleo de Lenin, el símbolo al que todos estos comunistas han venido a rendir homenaje…

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