Los mejores libros que he leído en 2016

Como siempre voy tarde. En 2016 he leído más que en 2015, un logro. Algo tengo que agradecer a la censura china de Facebook y Twitter. Los pongo en el orden que los leí.

 

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Novato en nota roja, de Alberto Arce: razón aquí.

 

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Si te dicen que caí, de Juan Marsé: porque estamos a favor de la melancolía sucia.

 

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Pregúntale al polvo, de John Fante: todos nos reímos y queremos a Arturo Bandini, porque sabemos que somos como él, intentos cómicos de algo.

 

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River town, de Peter Hessler: la vida de un profesor voluntario enviado a un pueblo perdido de China. Periodismo de la normalidad, y cómo esta explica todo. Sin grandes exclusivas ni grandes historias. Hessler acabó como corresponsal del New Yorker en China.

 

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El rojo y el negro, de Stendhal: lees tus emociones en una novela del siglo XIX.

 

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Hermanos, de Yu Hua: lo inmensamente triste, lo bonito patético, lo absurdo escatológico. China.

 

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Factory girls, de Leslie T. Chang: a los migrantes y a las mujeres se les suele tratar como heroínas o como víctimas. Chang nos muestra que también pueden ser egoístas, malvadas y superficiales. Que no hay sólo una cara, a pesar de nuestros deseos de alguien puro en quien depositar nuestra esperanza.

 

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Londres-París-Barcelona, de Enric Vila: independentismo catalán geopolítico mezclado con otros asuntos, como el amor o la soledad. Pensamiento violento, el deber del intelectual.

 

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El dolor de la guerra, de Bao Ninh: hay novelas que lees en el momento en que más te pueden herir. Recuerdo esta triste historia de amor como un sueño. No la volveré a leer, porque quiero que se quede así para siempre. El libro va de esto, es decir, de cómo afrontamos el pasado, y todo es bonito y triste.

 

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El cielo prometido, de Gregorio Luri: un poderoso ensayo sobre la psicología del comunismo. Combinar con este.

 

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Asia’s cauldron, de Robert D. Kaplan: leí centenares de artículos sobre el conflicto del Mar del Sur de China y sólo empecé a entender algo cuando leí este libro de Kaplan. El gran conflicto del futuro -relación EEUU-China- en el gran escenario militar del futuro -el mar-.

 

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Història de La Vanguardia, de Gaziel: el libro para entender Cataluña (y de paso el periodismo catalán), junto a El quadern gris de Pla.

 

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El fin del Homo Sovieticus, de Svetlana Aleksiévich: el ensayo, a través de la voz ajena, de una mentalidad y todo un sistema. Cuando leo en la cocina suelo pensar en Svetlana.

 

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Los cuatro libros, de Yan Lianke: razón aquí.

 

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Pompa y circunstancia, de Ignacio Peyró: razón aquí.

 

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Ensayos, de George Orwell: razón aquí y aquí.

Me habría gustado conocer a Orwell

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Acabo de finalizar los “Ensayos” completos de Orwell y me gustaría pensar y escribir tan bien como él, y también me habría gustado conocerle. Es de los pocos escritores con los que me pasa, porque en general soy bastante cobarde y -ante gente que sabe más que yo- tengo la permanente sensación de hacer el ridículo. Pero a Orwell le gusta mirar como crece un sapo en primavera, valora como es debido una chimenea en invierno y tiene anécdotas interesantes de cuando vivía en Asia o en Catalunya, por lo que algo podría aportar a la conversación. Pero como está muerto sólo puedo leerlo y trazar cierto amigo imaginario en mi mente, el que aparece entre frases y páginas y nada más. Hay algunos pensadores que son muy buenos pero que agradeces que puedan desaparecer de tu vida al cerrar el libro. Con Orwell podrías ir a tomarte una pinta mientras te explica entusiasmado las virtudes de la comida inglesa o de un buen té con leche. Quizá te hablaría del totalitarismo, pero muy al final de la conversación y ya con cierta amistad cómplice. Porque la gracia del pensamiento político de Orwell -que, hombre de acción, aplicaba a su vida- es que eso de la política es importante, pero tenemos el derecho de apartarlo para beber una cerveza. Por eso el mayor terror de ‘1984’ no es el control político, la tortura o un día a día miserable, sino que puedan impedir que nos enamoraremos, algo que sólo depende de nuestra pura y simple humanidad. Orwell es humano, demasiado humano, al contrario que muchos intelectuales que saben mucho y me dan miedo. Porque Orwell sabía algo que ellos no, y por eso saboreaba la cerveza o miraba a un sapo crecer. Y que él ya no esté genera esa pena o alegría inevitable -a la que todos nos arriesgamos al abrir un libro- que es leer a alguien que parece saber más de nosotros que nosotros mismos, y no poder preguntar.

Elogio de un libro gordo e inútil

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Después de empezarlo hace ya, creo recordar, un año, hoy he acabado la última página del diccionario sobre lo inglés de Ignacio Peyró. Lo leía cada mañana, en rachas intermitentes, mientras tomaba el desayuno. He descubierto que leer un libro al despertarse es mucho mejor que leer noticias en un portátil, que tomar el café con una lectura hermosa puede hacer que, al acabar el día y mirando hacia atrás, nos liberemos de cierto hastío por el tiempo perdido. Además, tengo la sensación que empezar así el día -es decir, leyendo buena literatura- suele traer una cierta templanza relacionada con la gimnasia intelectual. Y, si todo esto fuera falso, al menos permite comenzar la jornada con mejor humor.

Aparte de este positivo ritual, me gustaría destacar tres virtudes de esta obra. Primera, es un libro gordo. Los libros gordos, para el que no lo sepa, son una gran fuente de cariño. No caben en tu apretada estantería, pesan en tu maleta de viaje, son incómodos de leer… pero todos estos defectos sólo acentúan que los defiendas a muerte contra las críticas ajenas. Los libros gordos están desprotegidos ante una sociedad que los ataca y desprecia. Sólo nos tienen a nosotros. Son amigos fieles, glotones y bonachones. Ante una tarde de invierno, una resaca pegadiza o una noche lluviosa, uno no puede sino refugiarse en su cama con un libro muy muy gordo. Obviamente, como todas las cosas importantes en la vida, esto no admite discusión ni justificación alguna.

Segunda virtud: está escrito en forma de diccionario, pero en la mente se reconstruye como un ensayo. Quizá he olvidado muchas de las entradas, pero en todas hay un nexo invisible y muy fuerte sobre la virtud de lo inglés. No se trata de una simple suma de curiosidades sino de una bella toma de posición, plenamente política, que me ha convencido y me ha hecho más anglófilo. También me he dado cuenta, al discutir con mucha gente sobre este tema, como de difícil es defender esta idea tan poco rotunda, tan imperfecta y, gracias a ello, tan saludable.

Última y, para mí, mejor virtud: este diccionario ha hecho que disfrute leyendo sobre cosas que, a priori, no me interesaban para nada, como las novelas victorianas, la mermelada de naranja, los perros de la reina o los mejores sastres de Londres. Su inutilidad, en el sentido más bonito del término, es algo que debe reivindicarse, y creo que es muy inglés. Esa inutilidad de los hijos de aristócratas que estudian lenguas muertas, de las clases medias que cuidan con esmero su pequeño jardín, de las clases bajas que -como recordaba Orwell- buscan breves espacios de tiempo para dedicarse a hobbies inútiles, por pura y desinteresada felicidad. Este espíritu de belleza sencilla, tan arraigada, tan libre, tan profunda, tan inglesa, lo vemos en cada página escrita por Peyró que, como los buenos maestros, no transmite a través de la prédica evangelizante sino del sencillo y tan poderoso ejemplo personal.

Orwell y la putrefacción de los libros

(Publicado en Jotdown)

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Un libro viejo huele a moscas muertas, a polvo que raspa la garganta y deja pastosa la lengua. Durante el helado invierno londinense, en la librería Booklover’s Corner hay que cargar kilos de novelas ataviado con abrigo, bufanda y sin calefacción, porque si no los vidrios se empañan y los clientes no pueden ver el escaparate. Cuando un posible comprador entra por la puerta, Eric Blair debe mostrar una sonrisa y, la mayoría de veces, mentir. Odia a los clientes habituales, en especial a las irritantes señoras que buscan regalos para sus nietos o a los pedantes compradores de ediciones especiales, esos que acarician el lomo del libro que acaban de adquirir y lo abandonan para siempre en una estantería, donde acumula ese espeso puré de polvo y cadáveres de insectos al que cada día debe enfrentarse este cansado librero. Durante su largo turno de trabajo, debe encargar raros ensayos que nadie vendrá a recoger, rechazar kilos de novelas que un señor con olor a rancio le intenta vender, o encontrar un libro —del que no sabe ni el título ni el autor— que una adorable viejecita leyó hace cuarenta años.

El joven librero y escritor (firmaba sus obras como George Orwell) ha aprendido mucho sobre los compradores —que no lectores, nos puntualizaría— de librerías de segunda mano como Booklover’s Corner. La mayoría piensan que leer libros es algo sumamente caro, por lo que no paran de quejarse de los altos precios, ya que consideran que un escritor es un ser extraordinario que, además de escribir novelas, puede vivir del aire. Muchos de estos clientes acuden a la sección de préstamos de la librería, donde Eric Blair se esfuerza en colocar los mejores clásicos, ya que todavía es joven y no ha descubierto que existen dos tipos de libros: los que la gente lee y los que la gente «tiene intención» de leer. Por eso nadie pide prestado ningún clásico, pero —a la vez— las ventas de las grandes obras de la literatura mantienen una tirada aceptable. Porque hay libros para leer y libros que son cementerios de moscas.

En esas condiciones, allá por 1935, perdió Orwell su amor por los libros…

(Sigue leyendo)

Soria

Tres días en Soria. Por aquí salía a pasear por las mañanas, cuando el sol no había subido demasiado y todavía había escarcha en la hierba. Un ermitaño con Twitter.

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Fascinación por los árboles copiosos y dorados.

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Las cicatrices del terreno, de las que supuran árboles.

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El castillo de Gormaz, entre los campos. Hace unos años, en Chile, conocí a una chica que se apellidaba así. Lo recuerdo y me hace gracia; la gente se pierde por el mundo.

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La geografía me incita a pensar -y seguramente será una estupidez- que en estos campos sólo puede crecer la espiritualidad y la muerte.

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Una puerta árabe. Aquí, hace ya muchos años, hubo muerte. Todo es extensión y terreno, campo de batalla.

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Sólo hay dos arcos, y más que suficiente.

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Angkar 

​Ayer visité el centro de detención y tortura ‘S-21’ de los Jemeres Rojos. Está casi como lo dejaron. Puedes pedir una visita guiada con un trabajador del museo. Me tocó una señora que lleva casi 30 años allí. Los Jemeres Rojos llegaron cuando ella tenía unos 12 años. Mataron a sus padres y hermanos, mayores que ella. Sólo dejaron vivo al pequeño de siete. Aún no había sido “contaminado” por el capitalismo. Angkar, el Partido, podía educarlo como un Hombre Nuevo. Ahora, esta señora lleva casi treinta años revisando informes de tortura de los Jemeres Rojos. Recuperando víctimas. Dice que, en el momento, no sabían cómo podía estar sucediendo todo aquello. Por lo que me contaba, tampoco ahora lo sabe del todo. Y repite el nombre de Angkar, el Partido, esa máquina totalitaria, como un monstruo mítico. Un dios oscuro de una religión al servicio de la Historia.

También fui -lugar obligado- a los Campos de la Muerte de Choeung Ek, al sur de la ciudad. Allí es donde daban el toque de gracia. No queda nada. La gente destruyó los edificios de los Jemeres Rojos tras la derrota que sufrieron contra el ejército vietnamita. Sólo hay huesos y ropa. Han desenterrado muchos esqueletos, pero siempre afloran más. Todavía hay camisas, pañuelos, pantalones viejos que salen de entre las raíces de los árboles, o de la orilla de un pequeño lago después que llueva. Has de ir con cuidado, porque también hay pequeñas piedras amarillas que sobresalen de la tierra. Miras con atención y ves que son huesos rotos. Cada mes los desentierran. Cada mes afloran más. 
Algunos lugares están señalados, como el árbol centenario que encontraron con la corteza regada de sesos, sangre y huesos de bebé. Golpear la cabeza de un niño contra un árbol era fácil y barato. En Choeung Ek no se usaban balas. Los picos, palas, hoces se podían usar indefinidamente. Las canciones del Partido sonaban a todo volumen, día y noche, escondiendo los gritos. 
Ahora, los campos están coronados con un gran edificio lleno de calaveras. En memoria de los asesinados. Cada una lleva una pequeña pegatina, que -según el color- explica si era de un hombre o mujer, y qué arma le perforó el cráneo. Se amontonan como recuerdo del país con más fosas comunes del mundo. De -quizá- la más siniestra de las Utopías del siglo XX.