Arrimadas era l’anti-sistema

(Article original a Públic)

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Ha explotat. El consens catalanista que havia dominat Catalunya des de la fi del franquisme ha estat rebentat pel fill no desitjat del Procés. Els convergents i els republicans van batallar –sota el somriure maquiavèlic de les aliances– per ser el Gran Partit de Catalunya. I una part de Catalunya que havien ignorat ha sortit a votar a, potser, la primera dona que podria presidir la Generalitat. Arrimadas porta una espasa contra l’establishment polític –convergent i socialista, el catalanisme de mínims– que havia dominat Catalunya. Una espasa que s’alimenta de l’altre cara del Procés, de l’altre cara de la propaganda. Ningú esperava que pogués guanyar Trump, ningú esperava –fins fa res– que pogués guanyar Arrimadas. Els consensos exploten.

A l’escenari taronja que han muntat davant de les Torres Venecianes de la Plaça Espanya no paren de sonar clàssics de Rihanna, Pitbull, J Balvin i altres reggaetoneros. Comença a arribar gent gran, algunes parelles, però sobretot joves, molts joves. Apareixen banderes amb el triple cor i un pakistanès ven birres entre les tres-centes persones aplegades davant l’escenari. Hi ha bufandes, abrics i ulleres taronges.

I de cop, comença sonar una espècie de tablao mesclat amb música èpica, gairebé de Juego de Tronos. L’himne de batalla d’Arrimadas. La guanyadora de les eleccions surt amb un somriure absolutament emocionat, rodejada d’altres caps del partit. Rivera resta totalment secundari…

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¿Está Rusia rehabilitando a Stalin?

(Artículo original en Público)

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En Rusia conviven dos memorias: la del régimen soviético y la de las víctimas que se llevó. Una de las mejores maneras de captar esta coexistencia es caminar hasta la plaza Lubianka de Moscú, donde veremos un enorme edificio de paredes amarillo cremoso, que podría pasar por museo o edificio de la administración. Pero si nos acercamos más veremos que decenas de hoces y martillos de color negro todavía decoran su fachada (como sucede en muchos edificios de la Rusia actual).

Dentro de estas paredes la policía secreta soviética -que tuvo varios nombres, empezando por Cheka y acabando por KGB- encerraba, interrogaba y torturaba a sus detenidos políticos. Su cenit represor se produjo durante el Gran Terror de Stalin, entre 1936 y 1938, cuando ejecutaron a más de 750.000 personas en toda la URSS.

Si cruzamos al pequeño parque enfrentado a este gran edificio, encontraremos una gruesa base de piedra en la que se eleva una gran roca, traída de las islas Solovetsky, situadas a la altura de Finlandia, donde había uno de los gulag más importantes y helados de toda Rusia. Esta piedra es el monumento en recuerdo a las víctimas del régimen soviético. En este mismo lugar, antes que se erigiera este homenaje, dominaba la plaza una estatua del fundador de la Cheka, Felix Dzerzhinsky, que fue derribada en 1991. Ahora mismo la entrada al parque está bloqueada por obras, pero un activista me cuenta que cada 30 de octubre acuden allí decenas de personas, y leen durante horas y horas los nombres de algunos de los asesinados por el gobierno comunista. También dejan ramos de flores, en honor a los fallecidos…

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Guía del San Petersburgo revolucionario (y cómo ha cambiado hoy en día)

(Artículo original en Público)

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Corría el año 1917, y la capital de la Rusia zarista no se llamaba San Petersburgo, sino Petrogrado. En febrero de ese mismo año, una revolución espontánea y popular expulsó a Nicolás II, el último Romanov, de su trono y del mando del Imperio Ruso. Los meses siguientes fueron un caos y una explosión política de grandes dimensiones, donde dos instituciones -el Gobierno Provisional y el Soviet- eran las contendientes por controlar el poder real y la legitimidad para dirigir Rusia.

Mítines, reuniones secretas, manifestaciones, intentos de golpe de estado, enfrentamientos, conjuras militares y alianzas se sucedían por doquier. Finalmente, la facción que dio el golpe de gracia para hacerse con el poder -e instaurar su dictadura revolucionaria- fueron los bolcheviques dirigidos por Lenin. Este hecho desencadenaría una cruenta guerra civil que asolaría el país los años siguientes.

Si de estos acontecimientos hace ya 100 años, muchos de los escenarios donde sucedieron estos apasionantes, caóticos, esperanzadores y sangrientos hechos políticos todavía siguen en pie en la Rusia post-comunista. Aquí van seis de los más significativos…

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Daniel Utrilla: “Los rusos admiran a Putin porque rescató al país de la deriva”

(Entrevista original en Público)

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Daniel Utrilla lleva más de 17 años viviendo en Moscú. La mayoría de ellos los pasó como corresponsal de ‘El Mundo’. Al cerrar esa etapa, escribió A Moscú sin Kaláshnikov (Libros del K.O.), un libro que sirve para dos cosas: aprender mucho sobre Rusia y dejar de tenerle miedo.

Quedamos en un café de Moscú, y me lo encuentro leyendo. Luego me contará que fue la literatura de Tolstói, esa “Rusia imaginaria”, la que, en buena parte, le atrajo y le agarró a este país. Pedimos un café y la conversación se alarga. Fuera hace frío.

 

Primera y obligada pregunta: ¿cómo ven los rusos lo que está pasando en Catalunya?
Están sorprendidísimos cuando ven por televisión las imágenes de las manifestaciones masivas en Barcelona que -al menos en lo que se refiere a la puesta en escena y al furor nacionalista- les recuerdan a las de la revolución naranja en Ucrania. Si hay un lugar que los rusos consideran el Paraíso en la Tierra es la Costa Brava y Barcelona. Una amiga rusa que tiene una nieta en Barcelona -y que estos días anda muy preocupada por ella- me decía el otro día: “¿Pero qué les falta?”. A los rusos, que están curados de espanto de revoluciones, inestabilidad y separatismo, les desorienta que pase esto en España, un rincón del planeta donde les encantaría vivir.

 

Ahora entrando en la revolución de 1917: en los días que he pasado en Moscú me ha dado la sensación que el gobierno no daba casi relevancia al centenario. ¿Por qué?
He leído en algunos periódicos que el ejemplo de la revolución no les interesa, y que se intentan desmarcar por el riesgo de alentar otra revuelta similar. Y yo me pregunto: ¿a qué gobierno de qué país del mundo le interesa una revolución? Una revolución es sangrienta, trastoca el orden social, político, económico, moral… Es lógico que no se celebre más el 7 de noviembre –hasta 1991 fue la mayor fiesta nacional- ya que la Rusia de hoy es descaradamente poscomunista. Cuando mis amigos vienen a Moscú y me dicen que les interesa el tema soviético, que les enseñe ‘cosas comunistas’, les digo que han venido al país equivocado, y les compro un billete de metro para que vean los mosaicos de Lenin. En cualquier caso, los rusos mantienen una memoria histórica bastante menos histérica que, por ejemplo, España.

 

¿Hay algún perfil de los nostálgicos de la URSS?
Hay nostálgicos “reales” y nostálgicos “de prestado”. Los “reales” son aquellos que vivieron la época soviética. Sienten nostalgia por una sencilla razón: vivían mejor, material y espiritualmente. Se trata de una generación para la que la caída de la URSS vino acompañada de un deterioro económico brutal, y que fue incapaz de adaptarse al nuevo y acelerado tren de vida. El desastre que se produjo en 1991 tuvo efectos económicos equiparables a los de una guerra, con una inflación desatada, desabastecimiento, desorientación psicológica tras una vida imbuidos en el credo comunista, pérdida de liderazgo del país… La gente a la que le tocó vivir esa quiebra ve con nostalgia una época en la que vivían humildemente, pero tenían muy claro cuál era su posición social y cómo iban a acabar sus días. En su día le pregunté a Vladimir Lukin, que en ese momento era el Defensor del Pueblo, por qué en España no había nostálgicos del franquismo como los hay en Rusia de la URSS, esos que salen cada año con sus banderas rojas, mostrando su orgullo y admiración por aquel régimen. Su respuesta me aclaró mucho las ideas: me dijo que por una mera cuestión económica, de bolsillo. Cuando murió Franco la gente siguió viviendo igual o mejor, pero aquí la transición salvaje al capitalismo vino acompañada de un batacazo absoluto. La gente tenía poco y lo perdió todo.

Por otro lado, tenemos a los nostálgicos “de prestado”, que serían los que no han vivido la época soviética o la experimentaron de pequeños. Los recuerdos de la infancia ejercen una seducción especial sobre todos nosotros. Tengo amigos rusos en los que detecto esa fascinación por el refresco que bebían de pequeños, las máquinas expendedoras soviéticas, determinados juguetes… Otra cuestión es el deporte. Muchos sienten añoranza por la época de la “máquina roja”, como se llamaba a la selección soviética de hockey sobre hielo. Todo ello está relacionado con la hegemonía imperial que se hundió junto a la URSS, el sentimiento de pertenecer a una superpotencia. Más que del comunismo en sí -la gente no quiere volver a vivir con aquellas estrecheces- muchos rusos se quedarían con la parte del Imperio, esa época de preeminencia en todos los aspectos, tanto deportivos, como geopolíticos, cósmicos, militares… Esa sensación de que su país le trataba de tú a tú a Estados Unidos y que, de alguna forma, vuelven a revivir parcialmente de la mano de Putin…

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1917: la Revolución que Putin intenta difuminar

(Artículo original en Público)

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La plaza Pushkin de Moscú se ha llenado hoy de comunistas de todos los países. A escasos metros del primer McDonalds que abrió en la ciudad, centenares de cuadros de Lenin y Stalin se han levantado entre miles de cabezas humanas, acompañados de banderas de todos los países. Había enseñas republicanas, esteladas e ikurriñas, como también brasileñas, griegas, chinas, vietnamitas o argentinas. La multitud de partidos y organizaciones comunistas que paseaban sus siglas era incontable. El motivo y el héroe estaban claros: Lenin y la toma del poder de los bolcheviques, el inicio de ese imperio que fue la URSS, y por el que todos los manifestantes -ancianos o jóvenes- suspiraban con nostalgia.

Las proclamas y cánticos en diversos idiomas -“bella ciao”, “el pueblo unido jamás será vencido”- y el fervor general contrastaba con el resto de las calles de Moscú, donde apenas había señales de que hace 100 años el partido de Lenin derrocara al gobierno provisional surgido de la caída del zarismo.

Si en los últimos años la tradicional manifestación del 7 de noviembre había reducido su presencia -el trayecto se acortó en gran medida y la mayoría de manifestantes eran jubilados nostálgicos de la URSS-, el centenario le ha dado un gran impulso. Tanto se veía militares casi centenarios con sus condecoraciones soviéticas, como jóvenes vestidos con abrigo largo y gorra leninista, pasando por mucha ropa de montaña que los comunistas de países más cálidos habían traído para soportar el invierno moscovita.

El gobierno ruso ha permitido la manifestación, pero de manera discreta. Los policías no han cortado el tráfico de la ancha avenida Tverskaya, sino que han hecho pasar a los miles de manifestantes por una de las aceras. Las banderas con la hoz y el martillo, junto a decenas de símbolos del folklore comunista, han pasado por delante de las tiendas de lujo de la avenida, hasta detenerse frente a la estatua de Karl Marx, donde en un escenario con imágenes de Lenin y Stalin se han cantado canciones revolucionarias y se han hecho largos discursos. Con la mirada se podía alcanzar el inicio de la Plaza Roja, donde todavía continúa en pie el mausoleo de Lenin, el símbolo al que todos estos comunistas han venido a rendir homenaje…

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Josep Fontana: “Les revolucions comencen als llocs més desenvolupats, però costa arribar a tota la població”

(Entrevista original a Crític)

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L’historiador Josep Fontana (Barcelona, 1931) ens rep al seu pis del Poble-sec. Seiem a la taula del menjador, davant d’una gran prestatgeria plena de llibres. Fontana acaba de publicar ‘El siglo de la revolución’ (Editorial Crítica, 2017), un recorregut per la història mundial des del 1914 fins ara, utilitzant com a eix la Revolució Russa d’ara fa un segle. Parlem amb ell sobre els bolxevics, Lenin, Stalin, els comunistes catalans, la Guerra Freda o les revolucions fallides dels anys seixanta. Cauen crítiques a Orwell, Carter o Mao. Durant l’entrevista, Fontana s’aixeca més d’un cop a buscar llibres que il·lustrin i complementin la conversa. La seva ment continua àgil, entreteixint teories, citacions i dates.

Comencem pels bolxevics. L’historiador Orlando Figes els defineix, sobretot en l’etapa prèvia a la revolució del 1917, com un grup minoritari, fortament intel·lectualitzat i radical, oposat al model de partit de masses reivindicat pels menxevics. Quasi semblen una secta, amb Lenin com a líder. Hi està d’acord?

Inicialment és veritat. Al primer Congrés dels Soviets el pes dels bolxevics serà petit, sobretot en comparació dels socialistes revolucionaris, que tenien una afiliació camperola molt àmplia. Durant l’etapa del Govern provisional de Kérenski —on participen socialistes revolucionaris i menxevics—, els bolxevics aniran fent contactes importants amb els sindicats i, el més important, reivindicaran la pau a tota costa en la Primera Guerra Mundial. Lenin aconseguirà un suport molt ampli gràcies als decrets de pau i de reforma agrària. Els altres grups polítics —per contra— volen continuar i guanyar la guerra, per després realitzar una assemblea constituent republicana. La novetat dels bolxevics és que apostaran per canviar-ho tot immediatament. Aquesta nova fórmula és la que impactarà a escala mundial. Proposaran una via contrària a la socialdemòcrata, que defensava presentar-se a les eleccions i, un cop obtingut el poder, tenir el luxe de poder canviar les coses. Aquesta força els permetrà dominar el Congrés dels Soviets i aconseguir el suport camperol, sense el qual difícilment haurien pogut resistir durant la Guerra Civil.

El més radical de tots és Lenin. Bona part dels altres bolxevics volien anar més lentament.

Quan Lenin arriba a Petrograd, la majoria de bolxevics no creuen que la presa del poder sigui possible. Lenin està en la línia de la ‘Crítica al Programa de Gotha’, de Marx: aconsegueix el poder, tira endavant i canvia aquesta societat radicalment. Té un programa d’una ambició extraordinària. Pretén —a curt termini— posar fi a l’aparell repressiu de l’Estat, amb les diferències de classe, amb el treball assalariat… Quan arriba el moment decisiu de la pau de Brest-Litovsk [pacte amb les potències centrals, que va suposar importants pèrdues territorials a Rússia a canvi de sortir de la guerra], Lenin decidirà que no importa el que es pugui perdre: l’important és salvar la revolució. Aplicarà la mateixa mentalitat el 1921, amb l’inici de la Nova Política Econòmica (NEP).

La Primera Guerra Mundial va ser essencial en l’esclat de la revolució del 1917. En concret, en el cas bolxevic, l’element pacifista serà clau per guanyar-se la simpatia de les masses.

La Primera Guerra Mundial va fer-ho trontollar tot, i va fer possible que es produís un moviment revolucionari sense que l’Estat tsarista tingués capacitat de frenar-lo. L’inici d’aquest procés és quasi un miracle, ja que la majoria dels caps dels partits revolucionaris estaven o a l’exili o a Sibèria. Però l’Estat ja no té capacitat per resistir, i això crearà un forat en el qual creixerà amb molta força tot aquest moviment subversiu. Va arribar un moment en què les conseqüències socials de la guerra no només van afectar Rússia: a Alemanya, l’Exèrcit va haver de pactar el final del conflicte, perquè temia que la situació podia acabar com a Petrograd.

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El ‘bloque Leviatán’ comença la campanya

(Article original a Públic)

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L’helicòpter continua sent el rockstar de la festa. Si fa una setmana els indepes el xiulaven quasi destrossant-se les orelles, ara sembla que de l’helicòpter n’estigui a punt de baixar Tom Cruise sense samarreta. Els centenars de milers de persones que tornen a omplir el Passeig de Gràcia -senyera/rojigualda/bandera europea a les esquenes- criden un alegre ”¡¡¡bieeeeeen!!!” cada cop que passa per damunt l’ocellet mecànic. Els ulls de la policia nacional, és a dir, els ulls del govern espanyol, és a dir, els ulls del Leviatan miren la marea vermella i groga que recobreix el centre de Barcelona. I els milers de puntets retornen la mirada i criden eufòrics.

El Leviatan és poderós i alhora inexistent. És el monstre marí que simbolitza la força de l’Estat. De vegades cau -com, per exemple, a la Revolució Russa-, però sempre l’acaba substituint un altre monstre gros i imponent. Sempre està rodejat de petits peixets minúsculs que el fan encara més gros. Són necessaris per a la seva supervivència. Ell els protegeix i ells l’alimenten.

Molts d’aquests peixets han sortit avui diumenge a recórrer el Passeig de Gràcia de Barcelona, amb banderes espanyoles i crits a favor del Leviatan (que, com hem vist, pot adoptar forma de policia nacional o d’article 155). Molts d’aquests minúsculs peixos unionistes estaven molt tranquils fa un parell anys. Mai s’havien hagut de manifestar. Però quan han vist que el monstre gros que els protegeix es veia amenaçat, han sortit de la seva esquena a mostrar les seves petites dents. Això demostra tant una força com una feblesa del Leviatan: té una gran massa de peixets al darrere i, alhora, els peixets ja no estan tan segurs que el monstre marí pugui imposar-se per si sol. I, per això, s’han posat de campanya electoral…

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