Por qué Kissinger todavía importa

(Publicado en Nueva Revista)

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Cortemos rápidamente la polémica: tanto si crees que Kissinger debería estar en prisión por crímenes de guerra, como si crees que debería ser el futuro Secretario de Estado, reza para que -entre rejas o en un despacho- siga escribiendo libros. Hay pocas personas con su bagaje intelectual, su experiencia política directa y sus contactos y acceso a las altas esferas internacionales. Es respetado y habla habitualmente con los líderes de las dos grandes potencias, Estados Unidos y China. Tiene más recuerdos directos, más información y más perspectiva que la mayoría de nosotros, gracias a su posición; tiene más capacidad de análisis por su mente clara, estudiosa y entrenada. Hay que tenerlo en cuenta.

En su último libro, “Orden Mundial”, realiza un recorrido parecido a sus anteriores obras: explica unos hechos históricos (de manera clara y esencial) que sirven para fundamentar una historia de las ideas. En este caso, el gran concepto tratado es el de “orden internacional”, es decir, como se estructuran las relaciones de guerra y paz entre naciones. Según Kissinger, todo orden está basado en dos factores, poder y legitimidad, que deben mantenerse en equilibrio para no generar conflicto. Un estado que base todas sus acciones en el poder, por ejemplo, invadiendo países sin más justificación que sus propios intereses, será visto con recelo por otros estados, que se aliaran en su contra para evitar ser los siguientes en caer. Por otro lado, un país con mucha legitimidad por sus actitudes coherentes o respetuosas con derechos universales, pero sin un ejército lo suficientemente fuerte para defenderse, puede generar más simpatías, pero no será capaz de garantizar su propia supervivencia. Los casos que acabo de poner son muy básicos, pero hay dos situaciones actuales que responden a estos fallos de equilibrio entre legitimidad y poder: Asia Oriental y Europa. En el caso asiático, donde la mayoría de países están en ascenso y han consolidado una fuerte identidad nacional, el orden regional se basa -cada vez más- en estados que no paran de aumentar su presupuesto militar con el objetivo de “contener” la influencia de otros países. Busquen en Internet “conflicto del Mar del Sur de China” y verán de qué les hablo. Japón y Corea del Sur se arman para contrarrestar a Corea del Norte (y en parte a China); Vietnam, Singapur y Taiwan aumentan sus efectivos navales para oponerse a Pekín; Estados Unidos mantiene buques en la zona y los va moviendo, como piezas de ajedrez, según como percibe la situación. Este orden se mantiene en base al miedo a los cañones de los rivales, pero no está basado -y aquí radica el problema- en un acuerdo o en ciertos intereses comunes de los distintos estados implicados. La situación no es nueva y las comparaciones con el “equilibrio de poder” de la Europa previa a la Primera Guerra Mundial son habituales. Si la estabilidad se basa en la pura tensión militar y no hay otros canales de comunicación o comprensión, una fricción o un error menor pueden ser el inicio de una situación de conflicto.

El caso opuesto es el de Europa…

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¿Qué podemos aprender de China?

(Mi estreno en Nueva Revista)

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Podemos aprender que China se piensa a sí misma como se pensaría el Egipto faraónico, si todavía existiese. Que a finales del siglo III antes de Cristo, durante el auge y caída de la dinastía Qin, en China ya se disputaba una gran batalla entre los partidarios del feudalismo y los del absolutismo, una lucha que llegó a Europa más de mil quinientos años después. Que dos discípulos de Confucio, Mencio y Xun Zi, inauguraron –en los albores del siglo III antes de Cristo- un enfrentamiento filosófico entre aquellos que consideraban que la naturaleza del hombre era buena y los que creían que era mala. Que si China es una civilización -grande, fuerte- capaz de tener perspectiva histórica de más de veinte siglos, ¿qué valor puede tener la vida de un hombre ante esa rueda inmensa?

Que si China ha roto las concepciones del tiempo también lo ha hecho con las del espacio. Que más allá de las millones de almas que habitan en grises mega-ciudades de las que no habíamos oído nunca el nombre -y que, si viajásemos a ellas, nos parecerían todas iguales-, China se extiende hacia paisajes insospechados propios de un imperio. Al noroeste, desiertos ardientes donde los hombres degüellan corderos y rezan a Alá. Bajando al sur, cadenas de montañas que desembocarán en los picos más altos del mundo, donde los hombres llevan sombreros de vaquero, los templos se adornan de papeles multicolores y las viejas esconden, temerosas, pequeñas fotografías del dalái lama debajo del colchón. Más hacia el este, siguiendo la costa, aparecen las palmeras, la humedad, los barcos y puertos donde antes desembarcaban piratas y ahora embarcan contenedores de mercancías, mientras -a lo lejos- se observa una gran isla de playas paradisíacas llena de hoteles de cinco estrellas y bases militares. En este momento, si cruzáramos…

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