Un caballo triste

(Publicado en Jotdown)

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Bojack Horseman es una serie sobre un caballo con cuerpo de humano que no consigue ser feliz. Pasa en Los Ángeles, como la mayoría de historias sobre el vacío del éxito. Los personajes se mueven entre el humor absurdo digno de una peli de porretas y el drama personal asociado a las relaciones modernas, muchas veces castradas y solitarias. El consumismo chabacano y el hipsterismo infantil son las dos corrientes sobre las que circula este mundo. La mitad de los personajes de Hollywoo, el barrio de famosos donde transcurre la serie, son animales antropomórficos que parecen actuar casi como los humanos. Es la mejor serie de dibujos animados después de Los Simpson.

Bojack, el protagonista, entra en la corriente de antihéroes alcohólicos y drogadictos que ha dado la ciudad de Los Ángeles, pero, al contrario que en la mayoría de casos, la serie no glorifica al personaje. Bojack fue el actor principal de una sitcom que tuvo bastante éxito en los noventa, pero, desde ese momento, no ha hecho más que cagarla, sentirse solo y beber mucho. Bojack no mola, al contrario que el Henry Chinaski de Bukowski o Hank Moody en Californication. No creo que nadie quiera ser Bojack, ni aún en sus mejores momentos. La admiración se sustituye por la comprensión, un poco tenebrosa, por ese sentimiento de que no es tan difícil que puedas acabar siendo así de miserable. Bojack es ese amigo un poco desgraciado e insoportable que, en el fondo, sabes que se esfuerza y te cae bien, pero al que solo verás hundirse.

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Carrère, Dios, Houellebecq

(Publicado en Jotdown)

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Yo tenía unos diecisiete años, estaba en clase de filosofía, y mi profesor habló y dijo: «Dios no es una pulga». La frase me sacudió. De repente, Dios era algo, y no algo mísero, pequeño y prescindible, sino algo importante. Esa frase —irónica, pero no con Dios, sino con todos los alumnos que había en el aula— cogía todavía más fuerza en boca de mi profesor, ateo, de izquierdas, autor de varios libros sobre Nietzsche (¡Nietzsche, el que había matado a Dios!). Mi profesor, que había leído y comentado a Nietzsche, el enemigo acérrimo de Dios, el autoproclamado anticristo, nos advertía que Dios no era una pulga, sino algo importante. Algo de lo que la sociedad actual, ilusa, creía que podía prescindir sin consecuencias. ¿Cómo podía él, ateo, nietzscheano, seguir preocupado por Dios? ¿Los ateos no se burlan, ironizan, insultan, ignoran, prescinden de Dios? ¿Los ateos no han pasado página?

Aunque mantengo amistad con mi antiguo profesor nunca hemos hablado del tema. Quizá todas esas preguntas estaban más en mi cabeza que en la suya, no lo sé. «Dios no es una pulga». Pero la frase se quedó en mi mente, advirtiéndome que Dios no era un tema del que pudiera escapar. Con este eco lejano, casi siete años después, abrí El Reino, de Emmanuel Carrère…

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Orwell y la putrefacción de los libros

(Publicado en Jotdown)

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Un libro viejo huele a moscas muertas, a polvo que raspa la garganta y deja pastosa la lengua. Durante el helado invierno londinense, en la librería Booklover’s Corner hay que cargar kilos de novelas ataviado con abrigo, bufanda y sin calefacción, porque si no los vidrios se empañan y los clientes no pueden ver el escaparate. Cuando un posible comprador entra por la puerta, Eric Blair debe mostrar una sonrisa y, la mayoría de veces, mentir. Odia a los clientes habituales, en especial a las irritantes señoras que buscan regalos para sus nietos o a los pedantes compradores de ediciones especiales, esos que acarician el lomo del libro que acaban de adquirir y lo abandonan para siempre en una estantería, donde acumula ese espeso puré de polvo y cadáveres de insectos al que cada día debe enfrentarse este cansado librero. Durante su largo turno de trabajo, debe encargar raros ensayos que nadie vendrá a recoger, rechazar kilos de novelas que un señor con olor a rancio le intenta vender, o encontrar un libro —del que no sabe ni el título ni el autor— que una adorable viejecita leyó hace cuarenta años.

El joven librero y escritor (firmaba sus obras como George Orwell) ha aprendido mucho sobre los compradores —que no lectores, nos puntualizaría— de librerías de segunda mano como Booklover’s Corner. La mayoría piensan que leer libros es algo sumamente caro, por lo que no paran de quejarse de los altos precios, ya que consideran que un escritor es un ser extraordinario que, además de escribir novelas, puede vivir del aire. Muchos de estos clientes acuden a la sección de préstamos de la librería, donde Eric Blair se esfuerza en colocar los mejores clásicos, ya que todavía es joven y no ha descubierto que existen dos tipos de libros: los que la gente lee y los que la gente «tiene intención» de leer. Por eso nadie pide prestado ningún clásico, pero —a la vez— las ventas de las grandes obras de la literatura mantienen una tirada aceptable. Porque hay libros para leer y libros que son cementerios de moscas.

En esas condiciones, allá por 1935, perdió Orwell su amor por los libros…

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Fotos tristes reveladas en ácido

(Publico mi primer artículo en Jotdown)

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Un animal mitológico recorre Vietnam. Salta y se cuela en los helicópteros de guerra, de sus fauces emanan densas bocanadas de opio, su cuerpo se mueve a las órdenes de una música metálica y estridente, no cesa de hacer chasquidos: clic, clic, clic. A su espera, un periodista cansado, Michael Herr, apunta en su libreta (que luego será su mejor libro) cuatro notas acerca de la leyenda: «Yo ya había oído hablar de él antes incluso de ir a Vietnam (“Búscalo, si sigue aún vivo”), y entre el tiempo que llegué allí y su regreso en mayo, había oído hablar tanto de él que tenía la sensación de conocerle si no me hubiesen advertido muchos: “No hay manera de describírtelo, de veras, es imposible”». El mito tenía nombre de perro, Tim, y es el fotoperiodista más recordado de la guerra de Vietnam. Un joven que ya era viejo a los veintitrés años, cuando Herr lo conoció. Sobrevivió a la guerra gracias a los porros, a la música de The Doors y a la adrenalina que se dispara cuando buscas la foto más cercana a la carnicería. Si esto suena a cliché, es porque él, Tim Page, inauguró estos clichés. El veterano de guerra psicodélico, el Hunter S. Thompson con cámara. Como todas las buenas historias, el relato empieza con un niño escapándose de casa.

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