Varoufakis y los trapos sucios de Europa

(Original publicado en Esglobal)

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El griego Yannis Varoufakis, protagonista principal de una de las mayores crisis que ha sufrido la Europa post Guerra Fría, ha publicado Comportarse como adultos. El libro es, en parte, una justificación de por qué sigue metido en política –en el partido DiEM 25, con el punto de mira en las elecciones europeas de 2019–, una exposición de su diagnóstico y soluciones económicas para la Grecia en crisis y, también, un ajuste de cuentas con el establishment del continente contra el que perdió su gran batalla política. Y también una puñalada a la Syriza que le dio la espalda. Esto sería, básicamente, lo que Varoufakis quiere transmitir. Pero esta obra tiene un reverso no controlado por el autor. Comportarse como adultos nos revela la psicología de un intelectual metido en política al que le cuesta distinguir el debate universitario del combate político y que muchas veces cree que es más importante tener razón que tener poder. Considera que su superioridad moral e intelectual son armas suficientes para triunfar en el barro político, del que sale completamente derrotado. Aunque, visto el trágico caso de Varoufakis –y con todos sus errores– él no es el que sale peor parado de esta historia. El escenario de una Unión Europea dogmática, sin un liderazgo claro y recelosa del pluralismo, preocupa mucho más que la soberbia o la incapacidad política de un antiguo ministro de finanzas griego.

Uno de los grandes méritos del libro, que incluso elogian los muy críticos con Varoufakis, es que está muy bien escrito. Es bastante destacable que las reuniones del Eurogrupo o de los ministros de Syriza tengan la tensión narrativa de una novela, sobre todo comparado con buena parte del periodismo sobre Bruselas, que suele ser tan jeroglífico y soporífero como los comunicados que se emiten desde allí. El hecho de que Varoufakis haya transcrito sus conversaciones o reuniones con las élites europeas –que apuntó y grabó en secreto–, diálogos a los que la mayoría de ciudadanos nunca habrían tenido acceso, aumenta exponencialmente el interés (y a veces el morbo) por lo que estos dirigentes dicen en privado, sin los corsés o tacticismos de las ruedas de prensa o entrevistas. Aunque esta fascinación por el espía Varoufakis no debe hacernos olvidar que él fue y sigue siendo un actor político con intereses. El relato es bueno y revelador pero, como todos, deja fuera ciertos hechos y teje sus interpretaciones parciales, por muy valiosas que puedan ser.

Varoufakis también aplica esta claridad y fluidez narrativa a sus explicaciones económicas, a las que dedica la primera parte de su libro. Aquí se nota su bagaje como intelectual y economista potente, sin caer en la pedantería del lenguaje academicista. La caricatura de un comunista antieuropeísta, que difundieron algunos medios en esas semanas críticas para Europa, queda bastante lejos de la realidad al leer su libro. Aunque sea de izquierdas, su variedad de recetas incluye medidas neoliberales, como la disminución de los impuestos a las empresas y otros sectores para impulsar el crecimiento –propuesta que chocó, irónicamente, tanto con el establishment de Syriza como con el de la Troika– o también la privatización de ciertos sectores de la economía, como el puerto del Pireo a manos de una empresa china para fomentar su desarrollo tecnológico…

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Wang Huning, el intelectual más poderoso de China

(Original publicado en Esglobal)

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El pasado octubre, el Partido Comunista chino desveló cuáles serían los seis hombres que acompañarían al presidente Xi Jinping en el liderazgo de China. Los perfiles eran previsiblemente similares: hombres trajeados de sesenta años, con participación previa en cargos provinciales y regionales del Partido, que estaban ahí por pertenecer a alguna antigua facción presidencial -Li Keqiang- o, en su mayoría, porque habían trabajado cerca y con la confianza de Xi. Pero un caso rompía todas estas pautas. Un hombre silencioso, con gafas de intelectual y cara ancha. Un antiguo profesor universitario que nunca había ejercido altos cargos en ninguna ciudad o provincia china. Un experto en filosofía política que había podido asesorar de muy cerca a los tres últimos presidentes del país -Jiang Zemin, Hu Jintao y Xi- sin ser desplazado por ninguna lucha de poder. Un intelectual transformado en político: Wang Huning.

¿Por qué este hombre es tan importante? Porque susurra directamente a la oreja de Xi y probablemente es la voz a la que más atiende. ¿Cuánto puede marcar el futuro de China? Mucho, ya que todo apunta a que es el principal arquitecto del Sueño Chino, la teoría con la que Xi quiere apuntalar el país como superpotencia. Pero, en relación con su gran influencia en lo que China quiere ser, hay una pregunta mucho más difícil de contestar: ¿cuál es realmente el pensamiento político de Wang Huning?

La pregunta es oscura. Wang no ha dejado por escrito una teoría o reflexión suya desde que entró en política en 1995. Todo lo que sabemos sobre sus opiniones políticas está en la docena de libros y más de cincuenta artículos académicos que escribió antes de esa fecha, en una carrera brillante en la universidad Fudan de Shanghái. Observando esta etapa previa, podemos intentar desentrañar los fundamentos de su visión sobre el buen gobierno de China.

El recorrido de Wang Huning podría haber sido el de muchos académicos chinos brillantes, que quedaron enquistados en la universidad a causa de un sistema político donde no es nada fácil ascender. O podría haber caído al producirse la violencia y la represión de Tiananmen en 1989, que tuvo su foco en las universidades. El adolescente Wang creció durante la Revolución Cultural, etapa traumática que ha moldeado la biografía de los actuales líderes de China, todos alrededor de los sesenta años. Si no se tiene en cuenta la Revolución Cultural, no se puede entender la desconfianza hacia las masas -y hacia la protesta política- de los dirigentes actuales del Partido Comunista.

El joven Wang, en esa etapa, se las arregló para leer en secreto varios de los libros extranjeros prohibidos por Mao. Posteriormente, estudió francés e hizo tan bien el examen de acceso a la universidad Fudan -la más prestigiosa de Shanghái- que fue incorporado directamente a los estudios de postgrado sobre política exterior. Finalizó la carrera con una tesis sobre la evolución del concepto de soberanía titulada De Bodin a Maritain: sobre las teorías de la soberanía desarrolladas por los burgueses occidentales. Obtuvo el cargo de profesor en Fudan con 26 años, y a los 34 ya era decano de su departamento, una edad inaudita en un sistema universitario que valora sobremanera la edad como criterio de ascenso…

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¿Es mejor educar a tus hijos en China o en Occidente?

(Artículo original en Esglobal)

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Cuando Lenora Chu, su marido y su hijo Rainey -de tres años- llegaron a Shanghái, tenían dos opciones educativas muy diferentes. La primera eran las escuelas progres llevadas por extranjeros, que ponían los deseos de los niños por encima de la autoridad de los profesores, prohibían los castigos y creían que aprender matemáticas no importaba demasiado. Las escuelas chinas, por otro lado, promovían una obediencia total al maestro, una normativa igualitaria y rígida, y la dedicación de horas y horas a la memorización y al estudio. Chu -con bastantes dudas- escogió las segundas. En la primera semana de colegio, su hijo Rainey le contó que la profesora le había obligado a comer un huevo -su alimento más odiado- en la hora de la comida. Lo había escupido y, a pesar de ello, la maestra se lo había vuelto a meter en la boca hasta que se lo tragó. Indignada, Chu fue a ver a la profesora de su hijo, para preguntarle si toda esta historia de la comida a la fuerza era verdad. La maestra le dijo que sí. Chu le contó que en Estados Unidos no utilizaban esos métodos, sino que trataban de explicarle a los niños que comer huevo era importante para su nutrición: “los motivamos para que escojan comer huevos”. “¿Y funciona?”, le preguntó la maestra. “Bueno, no siempre…”, admitió ella. Al cabo de unas semanas, Chu vio cómo su hijo comía los huevos que ella preparaba para cenar sin soltar ninguna queja. Incluso parecía que les había cogido cierto gusto. Los métodos de la escuela china no eran los más políticamente correctos, pero sí los más efectivos.

Lenora Chu explica esta y otras anécdotas en su magnífico libro Little Soldiers, una obra sobre pedagogía muy bien documentada, explicada a través de una narrativa periodística que combina humor con rigor. El caso de Chu es interesante, ya que se trata de una estadounidense hija de inmigrantes chinos, que creció entre el individualismo americano de su entorno y el autoritarismo confuciano de sus padres. Su hijo Rainey experimenta lo opuesto: padres progresistas americanos que deciden criar a su hijo en una rigurosa escuela china de élite, centros que suelen tener nombres como “Sabiduría Primero”, “Sacrificio es oro” o “Mejores Matemáticas del Mundo” -en contraste, por ejemplo, con la guardería occidental a la que antes iba Rainey, llamada “Niños Felices”-.

La escuela tradicional china es casi todo lo contrario de lo que recomiendan los pedagogos progres occidentales. La autoridad y el respeto hacia el profesor es total, tanto de los alumnos como de los padres. Es un reconocimiento intrincado en la sociedad: China es el país donde más padres recomendarían a su hijo hacerse profesor (a pesar de los malos salarios), explica Chu. Esta autoridad va acompañada de muchas normas -por ejemplo, los alumnos han de estar siempre correctamente sentados, y sólo pueden ir al baño o beber agua en horarios establecidos-. También se usan amenazas y gritos sin ningún remordimiento, si son necesarios. El primer día de escuela -cuenta la autora- cuando los niños lloran sin parar, los profesores no paran de gritarles y amenazarles que “sus padres no les van a venir a buscar nunca”, o que “se los va a llevar la policía” si no detienen sus lágrimas y se sientan en sus sillas. Lo que en muchas escuelas occidentales se consideraría traumático o incluso denunciable, en China es el pan de cada día. Todos los niños deben cumplir las normas sin excepciones. A pesar de las reticencias y enfados iniciales de la autora, acaba descubriendo dos cosas: que su hijo es mucho más fuerte a las situaciones adversas de lo que cree (aunque le amenacen de vez en cuando), y que las rígidas normas no lo han hecho un niño menos feliz o curioso, sino simplemente más organizado, puntual y respetuoso…

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Por qué los politólogos deberían ver la película china ‘Wolf Warrior II’

(Artículo original en Esglobal)

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Una película de tiros, protagonizada por un ex militar y ambientada en África, se ha convertido en el film más visto de la historia de China. En dos semanas había superado al largometraje más visto en territorio chino, The Mermaid. Ha recaudado más de 800 millones de dólares y es la segunda película más vista en un país, por detrás de Star Wars: el despertar de la Fuerza en Estados Unidos. Wolf Warrior II, un film de acción al estilo Rambo, trata sobre un ex soldado chino en África, que deberá pelear contra unos mercenarios extranjeros para salvar a varios civiles chinos y africanos, atrapados en un país donde se está llevando a cabo una sangrienta guerra civil. Es una película con muchas explosiones, poco diálogo y cero dilemas morales, que ha cautivado al público chino. Pero, más allá de su éxito, ¿por qué debería interesarnos un blockbuster lleno de golpes de kung fu, lanzacohetes y tanques desbocados? ¿Qué tiene de importante Wolf Warrior II para que merezca nuestra atención? En primer lugar, porque sirve para entender el patriotismo creciente de los jóvenes chinos. Y, en segundo, porque es un inesperado manual que nos permite comprender cómo ve Pekín su propia política exterior. Si Rambo nos sirvió para entender la América de Reagan, Wolf Warrior II es un material cinematográfico que los historiadores analizarán en el futuro. Pero que los politólogos deberían ver ahora.

El cine bélico chino tiene una larga tradición, apoyada por el Estado comunista, que se remonta a los tiempos de Mao. Su evolución fue la siguiente: hasta finales de los 60, la mayoría de películas hablaban de la guerra contra los japoneses, y los protagonistas eran campesinos chinos que luchaban para defender su país. La idea de fondo era la revolución del pueblo, ensalzada por el régimen maoísta. No fue hasta finales de los 80 que hubo otra ola de filmes militares, pero en este caso se destacaba el papel heroico de los grandes líderes (como en ésta sobre Deng Xiaoping). La época en la que se produjeron estas películas coincidía con la caída de la URSS: el Partido Comunista chino debía demostrar la fuerza de sus líderes ante las adversidades que podían aparecer con el desmoronamiento del vecino soviético. El último ciclo de películas chinas bélicas se produjo hace unos diez años. La narrativa épica y el estilo propagandístico se mantuvieron iguales, pero se trajo a actores y directores famosos para crear más gancho entre el público. La última película de este tipo era The founding of an army, un largometraje histórico especialmente preparado para el 90 aniversario del Ejército chino. Pero el mismo fin de semana que esta película se estrenaba también apareció en los cines Wolf Warrior II, un film del que nadie esperaba demasiado, que no tenía apoyo del Partido y que sólo pudo salir adelante cuando su director y protagonista, Wu Jing, invirtió su casa y ahorros para financiar el proyecto. Contra todo pronóstico, Wolf Warrior II batió todo los récords, dejando la película bélica por la que había apostado el régimen en absoluto segundo plano.

¿Cuál es el gran éxito de la película de Wu Jing? Que ha roto con la narrativa militar oficial del cine chino, y ha hecho un producto comercial que conecta con el patriotismo de las nuevas generaciones del país. Ha sabido combinar perfectamente la estética de acción hollywoodiense con la ideología que subyacía en la mente de buena parte de los jóvenes chinos. Ha captado, por un lado, el espíritu y estilo de las taquilleras películas de superhéroes, atrayendo a su público habitual, al que aburrían los filmes bélicos patrocinados por el Partido. Mientras que las películas subvencionadas por el Gobierno evitan mostrar demasiada violencia, Wolf Warrior II tiene explosiones, artes marciales, saltos increíbles y muertes por doquier. Su narrativa es totalmente comercial, y apartada de las directrices oficiales sobre cine patriótico…

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¿Cómo piensa un ‘yihadista’?

(Artículo original en Esglobal)

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Los días posteriores al atentado en Barcelona circuló por las redes sociales un largo artículo del islamólogo Olivier Roy, en el que explicaba cuál era el perfil de los “nuevos yihadistas” que estaban cometiendo atentados en Europa y Estados Unidos. El artículo fue publicado en abril, pero el prototipo que describía Roy encajaba bastante con el grupo de jóvenes que planearon y ejecutaron el ataque con furgoneta en Cataluña. Pero, más allá de describir el perfil sociológico de los miembros de Daesh, Roy también explicaba cómo veían el mundo estos nuevos yihadistas. Algo que respondía a una pregunta que mucha gente se hacía después del atentado: ¿por qué nos quieren matar?

En su ensayo Jihad and Death Roy responde a esta pregunta de manera rigurosa y precisa. El libro son apenas cien páginas que sirven para entender cuál es la mentalidad y el perfil de los miembros de Daesh nacidos en Occidente, tanto los que se han quedado como los que se marcharon a Oriente Medio. El autor explica de manera clara su tesis, y no necesita tirar de academicismos o de amontonar ejemplos y datos para justificarla. Se nota que conoce muy bien los temas de los que habla. El libro sólo está en francés e inglés, pero ojalá alguien se anime a traducirlo pronto al castellano.

Roy desmiente varios tópicos acerca de los motivos que tienen los miembros de Daesh para atentar en Occidente. Son lugares comunes que repiten bastante los periodistas, y que suelen calar en la opinión pública. Lo hace a través del análisis de un centenar de casos de terroristas que han actuado en Francia y Bélgica, o que se marcharon de territorio francés para participar en la yihad global. A través de estos datos, el autor niega, en primer lugar, que haya una vinculación entre yihadismo y pobreza. Los radicalizados no vienen de las familias más humildes o con mayores problemas económicos. Tampoco se trata de un problema de integración, de una revuelta de musulmanes jóvenes de barrios europeos socialmente marginados. Hay muchísimos más jóvenes seguidores del islam que trabajan en las fuerzas policiales o el Ejército francés (concretamente, el 10% de los militares de ese país) que los que se unen al Estado Islámico, y ambos vienen de esas mismas barriadas y comunidades supuestamente “poco integradas”.

Las acciones de Daesh en Europa tampoco tienen una vinculación con la situación en Oriente Medio. El argumento de “nos atacan porque nosotros los bombardeamos” es falso. Todos estos terroristas no han militado jamás en ninguna organización contra la guerra, ni de apoyo a Palestina, ni tampoco en ningún colectivo islámico. Estos nuevos yihadistas no lanzan proclamas anticoloniales, ni contra la presencia de ejércitos occidentales en Oriente Medio, apunta Roy. Casi no conocen la situación política de la zona, ni tampoco suelen hablar el árabe. Los motivos de su violencia no están arraigados a ningún conflicto ni comunidad real.

Tampoco, como mucha gente piensa, realizan estos atentados como una estrategia para provocar una guerra entre occidentales y musulmanes. Ni el islam es un monolito -Daesh se fundó originalmente para matar “herejes” musulmanes chiíes, no infieles, recuerda Roy-, ni la cosmovisión de estos nuevos yihadistas apunta en esta dirección. No dividen el mundo entre civilizaciones, sino entre auténticos creyentes (ellos) y el resto, ya sean musulmanes o de cualquier otra religión. Tanto los traidores como los infieles deben ser eliminados…

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La paradoja china: muchos robots y poca innovación

(Publicado en Esglobal)

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China es y será el gran mercado robótico a nivel mundial. Pese a estar mucho menos robotizada que otros países punteros de la región (Corea del Sur, Japón), la magnitud de su economía y de su población hará que los grandes intercambios comerciales de la industria robótica pasen por Pekín. No es sólo cuestión de tamaño: el envejecimiento de la población, la subida de los salarios y el crecimiento de una clase media que pide paso en nuevos sectores de la economía hacen que el país necesiten sustitutos no humanos para ciertos trabajos. El gigante asiático no sólo quiere tener robots, sino que busca ser una nación pionera en alta tecnología y llevar la delantera en este mercado cada vez más decisivo. Por ahora va bastante atrás respecto a otras potencias, pero el Partido Comunista tiene un plan —como siempre, con millones de yuanes de por medio—, con el que busca asaltar el mercado de los robots y ponerse en la cabeza de esta carrera económica del siglo XXI. Pero comprar muchos robots no es suficiente: hay que inventarlos. Y aquí residirá el gran reto para Pekín.

Pese a que el sector robótico sea visto como un ámbito del futuro, ya tiene una amplia presencia en la economía china. Aunque buena parte de las noticias al respecto traten sobre robots que escriben poemas, que conceden entrevistas o que hacen la selectividad, la gran mayoría son bastante sosos. Pintan la chapa de un coche, ajustan los tornillos de un portátil, transportan trozos de metal en un almacén. No es sólo cosa de China: es el patrón general a nivel mundial. Según un estudio de la Federación Internacional de Robótica (IFR, en inglés), los sectores donde domina la automatización son la industria del automóvil, la electrónica y la metalúrgica. En el caso chino, el sector del automóvil es el que está más robotizado, con 392 robots por cada 10.000 empleados humanos. Queda lejos del líder del sector, Japón, que tiene 1.276 en proporción. Si miramos a escala general, contando todos los sectores de la economía, China es un país muy poco robotizado. La media a nivel mundial está en 69 robots por cada 10.000 trabajadores. El líder es Corea del Sur, con 531. China se queda en 49, por debajo de la media mundial. Pero —como siempre pasa en este país — el asunto no está en la proporción, sino en el tamaño. Y, sobre todo, en la proyección de futuro…

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