CHINA DESPUÉS DEL CONGRESO DE SU PARTIDO COMUNISTA

(Una charla en la que participé, organizada por Esglobal y el Club de Roma)

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¿Es mejor educar a tus hijos en China o en Occidente?

(Artículo original en Esglobal)

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Cuando Lenora Chu, su marido y su hijo Rainey -de tres años- llegaron a Shanghái, tenían dos opciones educativas muy diferentes. La primera eran las escuelas progres llevadas por extranjeros, que ponían los deseos de los niños por encima de la autoridad de los profesores, prohibían los castigos y creían que aprender matemáticas no importaba demasiado. Las escuelas chinas, por otro lado, promovían una obediencia total al maestro, una normativa igualitaria y rígida, y la dedicación de horas y horas a la memorización y al estudio. Chu -con bastantes dudas- escogió las segundas. En la primera semana de colegio, su hijo Rainey le contó que la profesora le había obligado a comer un huevo -su alimento más odiado- en la hora de la comida. Lo había escupido y, a pesar de ello, la maestra se lo había vuelto a meter en la boca hasta que se lo tragó. Indignada, Chu fue a ver a la profesora de su hijo, para preguntarle si toda esta historia de la comida a la fuerza era verdad. La maestra le dijo que sí. Chu le contó que en Estados Unidos no utilizaban esos métodos, sino que trataban de explicarle a los niños que comer huevo era importante para su nutrición: “los motivamos para que escojan comer huevos”. “¿Y funciona?”, le preguntó la maestra. “Bueno, no siempre…”, admitió ella. Al cabo de unas semanas, Chu vio cómo su hijo comía los huevos que ella preparaba para cenar sin soltar ninguna queja. Incluso parecía que les había cogido cierto gusto. Los métodos de la escuela china no eran los más políticamente correctos, pero sí los más efectivos.

Lenora Chu explica esta y otras anécdotas en su magnífico libro Little Soldiers, una obra sobre pedagogía muy bien documentada, explicada a través de una narrativa periodística que combina humor con rigor. El caso de Chu es interesante, ya que se trata de una estadounidense hija de inmigrantes chinos, que creció entre el individualismo americano de su entorno y el autoritarismo confuciano de sus padres. Su hijo Rainey experimenta lo opuesto: padres progresistas americanos que deciden criar a su hijo en una rigurosa escuela china de élite, centros que suelen tener nombres como “Sabiduría Primero”, “Sacrificio es oro” o “Mejores Matemáticas del Mundo” -en contraste, por ejemplo, con la guardería occidental a la que antes iba Rainey, llamada “Niños Felices”-.

La escuela tradicional china es casi todo lo contrario de lo que recomiendan los pedagogos progres occidentales. La autoridad y el respeto hacia el profesor es total, tanto de los alumnos como de los padres. Es un reconocimiento intrincado en la sociedad: China es el país donde más padres recomendarían a su hijo hacerse profesor (a pesar de los malos salarios), explica Chu. Esta autoridad va acompañada de muchas normas -por ejemplo, los alumnos han de estar siempre correctamente sentados, y sólo pueden ir al baño o beber agua en horarios establecidos-. También se usan amenazas y gritos sin ningún remordimiento, si son necesarios. El primer día de escuela -cuenta la autora- cuando los niños lloran sin parar, los profesores no paran de gritarles y amenazarles que “sus padres no les van a venir a buscar nunca”, o que “se los va a llevar la policía” si no detienen sus lágrimas y se sientan en sus sillas. Lo que en muchas escuelas occidentales se consideraría traumático o incluso denunciable, en China es el pan de cada día. Todos los niños deben cumplir las normas sin excepciones. A pesar de las reticencias y enfados iniciales de la autora, acaba descubriendo dos cosas: que su hijo es mucho más fuerte a las situaciones adversas de lo que cree (aunque le amenacen de vez en cuando), y que las rígidas normas no lo han hecho un niño menos feliz o curioso, sino simplemente más organizado, puntual y respetuoso…

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Por qué los politólogos deberían ver la película china ‘Wolf Warrior II’

(Artículo original en Esglobal)

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Una película de tiros, protagonizada por un ex militar y ambientada en África, se ha convertido en el film más visto de la historia de China. En dos semanas había superado al largometraje más visto en territorio chino, The Mermaid. Ha recaudado más de 800 millones de dólares y es la segunda película más vista en un país, por detrás de Star Wars: el despertar de la Fuerza en Estados Unidos. Wolf Warrior II, un film de acción al estilo Rambo, trata sobre un ex soldado chino en África, que deberá pelear contra unos mercenarios extranjeros para salvar a varios civiles chinos y africanos, atrapados en un país donde se está llevando a cabo una sangrienta guerra civil. Es una película con muchas explosiones, poco diálogo y cero dilemas morales, que ha cautivado al público chino. Pero, más allá de su éxito, ¿por qué debería interesarnos un blockbuster lleno de golpes de kung fu, lanzacohetes y tanques desbocados? ¿Qué tiene de importante Wolf Warrior II para que merezca nuestra atención? En primer lugar, porque sirve para entender el patriotismo creciente de los jóvenes chinos. Y, en segundo, porque es un inesperado manual que nos permite comprender cómo ve Pekín su propia política exterior. Si Rambo nos sirvió para entender la América de Reagan, Wolf Warrior II es un material cinematográfico que los historiadores analizarán en el futuro. Pero que los politólogos deberían ver ahora.

El cine bélico chino tiene una larga tradición, apoyada por el Estado comunista, que se remonta a los tiempos de Mao. Su evolución fue la siguiente: hasta finales de los 60, la mayoría de películas hablaban de la guerra contra los japoneses, y los protagonistas eran campesinos chinos que luchaban para defender su país. La idea de fondo era la revolución del pueblo, ensalzada por el régimen maoísta. No fue hasta finales de los 80 que hubo otra ola de filmes militares, pero en este caso se destacaba el papel heroico de los grandes líderes (como en ésta sobre Deng Xiaoping). La época en la que se produjeron estas películas coincidía con la caída de la URSS: el Partido Comunista chino debía demostrar la fuerza de sus líderes ante las adversidades que podían aparecer con el desmoronamiento del vecino soviético. El último ciclo de películas chinas bélicas se produjo hace unos diez años. La narrativa épica y el estilo propagandístico se mantuvieron iguales, pero se trajo a actores y directores famosos para crear más gancho entre el público. La última película de este tipo era The founding of an army, un largometraje histórico especialmente preparado para el 90 aniversario del Ejército chino. Pero el mismo fin de semana que esta película se estrenaba también apareció en los cines Wolf Warrior II, un film del que nadie esperaba demasiado, que no tenía apoyo del Partido y que sólo pudo salir adelante cuando su director y protagonista, Wu Jing, invirtió su casa y ahorros para financiar el proyecto. Contra todo pronóstico, Wolf Warrior II batió todo los récords, dejando la película bélica por la que había apostado el régimen en absoluto segundo plano.

¿Cuál es el gran éxito de la película de Wu Jing? Que ha roto con la narrativa militar oficial del cine chino, y ha hecho un producto comercial que conecta con el patriotismo de las nuevas generaciones del país. Ha sabido combinar perfectamente la estética de acción hollywoodiense con la ideología que subyacía en la mente de buena parte de los jóvenes chinos. Ha captado, por un lado, el espíritu y estilo de las taquilleras películas de superhéroes, atrayendo a su público habitual, al que aburrían los filmes bélicos patrocinados por el Partido. Mientras que las películas subvencionadas por el Gobierno evitan mostrar demasiada violencia, Wolf Warrior II tiene explosiones, artes marciales, saltos increíbles y muertes por doquier. Su narrativa es totalmente comercial, y apartada de las directrices oficiales sobre cine patriótico…

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¿Cómo piensa un ‘yihadista’?

(Artículo original en Esglobal)

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Los días posteriores al atentado en Barcelona circuló por las redes sociales un largo artículo del islamólogo Olivier Roy, en el que explicaba cuál era el perfil de los “nuevos yihadistas” que estaban cometiendo atentados en Europa y Estados Unidos. El artículo fue publicado en abril, pero el prototipo que describía Roy encajaba bastante con el grupo de jóvenes que planearon y ejecutaron el ataque con furgoneta en Cataluña. Pero, más allá de describir el perfil sociológico de los miembros de Daesh, Roy también explicaba cómo veían el mundo estos nuevos yihadistas. Algo que respondía a una pregunta que mucha gente se hacía después del atentado: ¿por qué nos quieren matar?

En su ensayo Jihad and Death Roy responde a esta pregunta de manera rigurosa y precisa. El libro son apenas cien páginas que sirven para entender cuál es la mentalidad y el perfil de los miembros de Daesh nacidos en Occidente, tanto los que se han quedado como los que se marcharon a Oriente Medio. El autor explica de manera clara su tesis, y no necesita tirar de academicismos o de amontonar ejemplos y datos para justificarla. Se nota que conoce muy bien los temas de los que habla. El libro sólo está en francés e inglés, pero ojalá alguien se anime a traducirlo pronto al castellano.

Roy desmiente varios tópicos acerca de los motivos que tienen los miembros de Daesh para atentar en Occidente. Son lugares comunes que repiten bastante los periodistas, y que suelen calar en la opinión pública. Lo hace a través del análisis de un centenar de casos de terroristas que han actuado en Francia y Bélgica, o que se marcharon de territorio francés para participar en la yihad global. A través de estos datos, el autor niega, en primer lugar, que haya una vinculación entre yihadismo y pobreza. Los radicalizados no vienen de las familias más humildes o con mayores problemas económicos. Tampoco se trata de un problema de integración, de una revuelta de musulmanes jóvenes de barrios europeos socialmente marginados. Hay muchísimos más jóvenes seguidores del islam que trabajan en las fuerzas policiales o el Ejército francés (concretamente, el 10% de los militares de ese país) que los que se unen al Estado Islámico, y ambos vienen de esas mismas barriadas y comunidades supuestamente “poco integradas”.

Las acciones de Daesh en Europa tampoco tienen una vinculación con la situación en Oriente Medio. El argumento de “nos atacan porque nosotros los bombardeamos” es falso. Todos estos terroristas no han militado jamás en ninguna organización contra la guerra, ni de apoyo a Palestina, ni tampoco en ningún colectivo islámico. Estos nuevos yihadistas no lanzan proclamas anticoloniales, ni contra la presencia de ejércitos occidentales en Oriente Medio, apunta Roy. Casi no conocen la situación política de la zona, ni tampoco suelen hablar el árabe. Los motivos de su violencia no están arraigados a ningún conflicto ni comunidad real.

Tampoco, como mucha gente piensa, realizan estos atentados como una estrategia para provocar una guerra entre occidentales y musulmanes. Ni el islam es un monolito -Daesh se fundó originalmente para matar “herejes” musulmanes chiíes, no infieles, recuerda Roy-, ni la cosmovisión de estos nuevos yihadistas apunta en esta dirección. No dividen el mundo entre civilizaciones, sino entre auténticos creyentes (ellos) y el resto, ya sean musulmanes o de cualquier otra religión. Tanto los traidores como los infieles deben ser eliminados…

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La paradoja china: muchos robots y poca innovación

(Publicado en Esglobal)

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China es y será el gran mercado robótico a nivel mundial. Pese a estar mucho menos robotizada que otros países punteros de la región (Corea del Sur, Japón), la magnitud de su economía y de su población hará que los grandes intercambios comerciales de la industria robótica pasen por Pekín. No es sólo cuestión de tamaño: el envejecimiento de la población, la subida de los salarios y el crecimiento de una clase media que pide paso en nuevos sectores de la economía hacen que el país necesiten sustitutos no humanos para ciertos trabajos. El gigante asiático no sólo quiere tener robots, sino que busca ser una nación pionera en alta tecnología y llevar la delantera en este mercado cada vez más decisivo. Por ahora va bastante atrás respecto a otras potencias, pero el Partido Comunista tiene un plan —como siempre, con millones de yuanes de por medio—, con el que busca asaltar el mercado de los robots y ponerse en la cabeza de esta carrera económica del siglo XXI. Pero comprar muchos robots no es suficiente: hay que inventarlos. Y aquí residirá el gran reto para Pekín.

Pese a que el sector robótico sea visto como un ámbito del futuro, ya tiene una amplia presencia en la economía china. Aunque buena parte de las noticias al respecto traten sobre robots que escriben poemas, que conceden entrevistas o que hacen la selectividad, la gran mayoría son bastante sosos. Pintan la chapa de un coche, ajustan los tornillos de un portátil, transportan trozos de metal en un almacén. No es sólo cosa de China: es el patrón general a nivel mundial. Según un estudio de la Federación Internacional de Robótica (IFR, en inglés), los sectores donde domina la automatización son la industria del automóvil, la electrónica y la metalúrgica. En el caso chino, el sector del automóvil es el que está más robotizado, con 392 robots por cada 10.000 empleados humanos. Queda lejos del líder del sector, Japón, que tiene 1.276 en proporción. Si miramos a escala general, contando todos los sectores de la economía, China es un país muy poco robotizado. La media a nivel mundial está en 69 robots por cada 10.000 trabajadores. El líder es Corea del Sur, con 531. China se queda en 49, por debajo de la media mundial. Pero —como siempre pasa en este país — el asunto no está en la proporción, sino en el tamaño. Y, sobre todo, en la proyección de futuro…

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El “Gran terror” soviético no fue como nos contaron

(Publicado en Esglobal)

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El 25 de febrero de 1956, durante el XX Congreso del Partido Comunista Ruso, el líder soviético Nikita Jruchov denunció a puerta cerrada los crímenes cometidos por Iósif Stalin durante el llamado “Gran terror”, en el que se ejecutaron a 750.000 personas y se deportaron a más de un millón a los gulag (campos de concentración soviéticos), entre 1936 y 1938. Jruchov apuntó al culto a la personalidad y al excesivo y cruel poder de Stalin, que buscaba eliminar a sus rivales políticos, como causas de esa matanza política. Doce años después, el historiador Robert Conquest respaldaría esta tesis, basada en la mentalidad sádica del dictador y sus ansias de eliminar a todo aquel que pudiera rivalizar con su poder, con el objetivo de hacerse con el control absoluto del Partido. Cuando se abrieron los archivos secretos del gobierno en los 90, una vez caída la Unión Soviética, los historiadores descubrieron que buena parte de la narrativa que habían sostenido estaba equivocada.

El libro El gran miedo, del historiador James Harris, es fruto de estos documentos desclasificados. En base al nuevo material descubierto, Harris niega —oponiéndose a Conquest— que el “Gran terror” de Stalin fuera un intento de consolidar su poder. Más bien —explica— fue fruto del instinto de supervivencia del líder, atemorizado por los complots internos y externos que creía que se planeaban contra él. Las matanzas de antiguos bolcheviques y miles de ciudadanos inocentes, defiende Harris, no fueron fruto de una personalidad sádica o paranoica de Stalin, sino de un cúmulo de fallos —algunos inherentes, otros evitables— del propio sistema soviético, que llevaron al siniestro período de finales de los 30. Un camino al horror en el que estuvieron involucradas casi todas las élites del Partido, tanto de alto rango como locales; los servicios secretos, con especial gravedad; y buena parte de la sociedad soviética, que participó activamente en estas dinámicas. El relato jruchovista de un sólo culpable, Stalin, era reconfortante, y evitaba que el peso de la culpa cayera sobre amplias capas del Partido y pusiera en duda el sistema. El gran acierto de “El gran miedo” es hilar todo este relato de manera convincente y sólida, utilizando los documentos desclasificados para refutar las teorías tradicionales de Conquest. Pese a algunos momentos en que los saltos temporales y la sucesión de hechos crean cierta confusión, el estilo general es claro, al modo anglosajón. En poco más de 200 páginas, Harris explica de manera absorbente la evolución de la violencia política soviética hasta su máxima expresión, el “Gran terror”.

Desde el inicio de su obra, Harris inserta la dinámica de este terror político dentro de la larga tradición de inseguridad crónica de las élites rusas. En el caso bolchevique, la mentalidad conspirativa de sus dirigentes venía marcada desde la etapa zarista, donde todo compañero podía ser un espía infiltrado por el monarca. El uso de la violencia descarnada para desenmascarar al enemigo oculto se expresó con toda su fuerza durante la Guerra Civil Rusa, en la que la Cheká, la recién creada policía secreta, empezó a realizar ejecuciones masivas, de carácter extrajudicial, sin tan siquiera buscar pruebas ni realizar interrogatorios antes de eliminar a sus detenidos. El peligro de los enemigos infiltrados en un contexto de guerra justificaba, según los bolcheviques, todas estas acciones…

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La utopía (fracasada) de Mao tenía un precio: 45 millones de muertos

(Publicado en Esglobal)

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El Gran Salto Adelante es la mayor prueba histórica de los peligros del optimismo. Esta etapa del régimen maoísta, de 1958 a 1962, pretendía que un país atrasado como China alcanzara niveles de desarrollo superiores a los de los países occidentales, en dirección a un paraíso comunista. No lo consiguió, y dejó una estela de 45 millones de muertos -la mayor catástrofe producida por el hombre- causados por un sistema militarista donde se condenaba al más débil a morir de hambre, donde toda salida de la ortodoxia era cortada con violencia y en el que las condiciones de vida se asemejaban al esclavismo más cruel.

El historiador Frank Dikötter explica esta etapa en su potente libro La gran hambruna en la China de Mao. Las tesis de Dikötter quedan claras, además de apoyadas por la gran cantidad de documentos a los que ha tenido acceso (aunque, nos advierte, los más importantes siguen bloqueados por el Partido Comunista, y no parece que esta situación vaya a cambiar pronto). Todo hecho relatado en el libro está justificado por múltiples documentos y ejemplos, lo que a veces ralentiza y cansa la lectura, pero encuentra justificación en el objetivo que tiene el autor: escribir la obra más completa y exhaustiva sobre el Gran Salto Adelante, cosa que consigue. Pese a la inmensidad de datos y hechos, el estilo favorece la lectura y el interés, especialmente cuando se relatan las luchas internas en el Partido Comunista, las delirantes políticas llevadas a cabo en esta etapa o las tragedias particulares que ilustran la bestialidad de la época. Al acabar el libro, uno quiere comprar cuanto antes los libros de Dikötter dedicados a la Revolución Cultural y a los primeros años del Gobierno de Mao.

Dikötter sitúa el inicio del Gran Salto Adelante en la “campaña de conservación de aguas” que Mao Zedong decidió llevar a cabo en 1958. El objetivo era crear grandes presas y desviaciones de agua que generaran nuevas zonas fértiles y mayor productividad agraria. El resultado fueron centenares de proyectos megalómanos e inservibles, fruto de un entusiasmo frívolo que movilizó a inmensas cantidades de población para construir obras de ingeniería que apenas se habían estudiado. Uno de cada seis chinos estaba cavando tierra durante esa etapa, en un régimen de vida cercano al esclavismo. Las diferentes provincias rivalizaban por ver cuál de ellas era la que más tierra había removido, en un afán de competición para satisfacer a sus superiores, aunque -en muchos casos- todo ese esfuerzo humano no tuviera función práctica alguna. Estas cifras eran usadas por el Gobierno como datos propagandísticos de cara al exterior, para demostrar la presunta superioridad del modelo socialista. El dato más repetido era el de la producción de acero, realizada en pequeños hornos que se construían en cada pueblo, donde los dirigentes locales fundían todo tipo de objetos cotidianos requisados (sartenes, camas, puertas, clavos) con el objetivo de aumentar la producción. Lo mismo se hacía con la agricultura, expropiando los techos de casas campesinas – hechas de paja y barro- para usarlos como fertilizante en los campos. Como consecuencia, entre un 30 y un 40% de las viviendas de China fueron destruidas durante esta etapa. Las medidas para conseguir cotas más altas eran delirantes: en varias aldeas de Guandong, se obligó a las mujeres a raparse el pelo para usarlo como abono en los campos…

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