Marxismo, la asignatura que todo universitario chino debe aprobar

(Publicado en EFE Pekín)

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Aprobar la asignatura obligatoria sobre marxismo es esencial para obtener un titulo universitario en China, donde el socialismo teórico pierde fuelle entre los jóvenes, pero sigue siendo la base ideológica de la formación en el poder, el Partido Comunista de China (PCCh).

“Es aburrida, no es útil y es un pérdida de tiempo” afirma categóricamente una estudiante de primer año de Cantón (sur), que prefiere mantenerse en el anonimato. “Casi un 99 % de los estudiantes piensa igual. No tiene más uso que memorizar para el examen”, lamenta.

Muchos estudiantes chinos aborrecen esta asignatura: aceptan que deben superarla para aprobar la universidad, pero no le ven utilidades prácticas.

En las clases -según los estudiantes con los que habló Efe- los alumnos prestan poca atención y repasan contenidos de otras asignaturas en sus portátiles, mientras el profesor explica historia china e ideología marxista, conceptos con los que los alumnos están familiarizados desde el instituto.

“Para ser honesta, no creo que sea una asignatura útil. Simplemente, es obligatoria”, explica una alumna de primer año de una importante universidad de Pekín, aunque en su caso, el aprendizaje sobre teoría marxista no acabará aquí. “Quiero ser parte del PCCh, así que tengo que estudiar las lecturas políticas esenciales”, confiesa.

Para otra estudiante entrevistada por Efe, Huang Yuwei, -que estudia su máster en la Universidad Normal de Shanghái- el factor clave es el profesor.

Por ejemplo, el suyo genera interés entre los estudiantes y Huang considera que, gracias a esta materia, ahora se preocupa más de “lo que mi país está haciendo y por qué” y de los cambios sociales en proceso.

Un punto de vista con el que coincide Irene Torca, estudiante española en la Universidad de Finanzas y Economía de Shanghái. “Es de las asignaturas más interesantes que he hecho”, cuenta, y asegura que le ha servido para entender mejor a la sociedad china: “A veces aprendo más sobre China acudiendo a esta clase que leyendo la prensa”.

Explica que se fomenta el debate -especialmente sobre temas económicos- y hay espacio para criticar a China, aunque el profesor les pide fundamentar sus opiniones en artículos académicos, con rigor.

Pese a todo, el contenido de esta asignatura obligatoria es sensible: sólo uno alumno chino de los entrevistados ha querido publicar su nombre y los dos profesores de una universidad de Shanghái con los que habló Efe prefieren el anonimato.

Ambos creen que esta asignatura debe seguir siendo obligatoria y uno de ellos considera además que el desapego de los alumnos no debe ser un criterio a tener en cuenta. “Todos tienen poco interés en asignaturas difíciles que requieren tiempo y energía, como las matemáticas. A pesar de ello deben estudiarlas”, dice.

Los dos coinciden en que sirve para aprender la ideología del Gobierno, aunque no lo plantean en términos doctrinarios.

Los académicos marxistas en China cada vez son más escasos. Según el diario oficial Global Times, cada vez hay menos personas con los conocimientos esenciales de filosofía, economía e idiomas (alemán o ruso, por ejemplo) para poder estudiar el marxismo, aunque sí hay dinero disponible para invertir en estos estudios.

Por ejemplo, Pekín lanzó el año pasado el primer Congreso Mundial de Marxismo, con 400 académicos de todo el mundo, y actualmente construye el fondo académico “Ma Zang” de textos sobre marxismo, con una inversión de 152 millones de yuanes (unos 21 millones de euros).

El fenómeno va más allá de China: la universidad Tsinghua lanzó un curso gratuito por internet a través de la famosa plataforma virtual EDX, en el que -según datos de hace un año- 100.000 personas en todo del mundo del mundo estudiaban “Introducción al pensamiento de Mao Zedong”.

Marxistas chinos han alertado de la marginación de esta teoría en las universidades del país, en una batalla entre la ideología que legitima al partido en el gobierno y corrientes de otro tipo, sean conservadoras liberales o religiosas, que ganan fuerza y disputan el relato socialista.

A principios de año, el ministro de Educación chino, Yuan Guiren, aseguró que los libros de texto que promueven “valores occidentales” o “difaman” al PCCh no serían aceptados en las aulas universitarias.

Poco antes, la agencia oficial de prensa Xinhua publicó un decreto de alto nivel del PCCh que pedía a las universidades “fortalecer la convicción en los ideales adecuados”.

China, a su manera, sigue siendo marxista.

La Revolución Cultural y el cine chino: cómo sobrevivir y filmar el horror

(Por el 50 aniversario de la Revolución Cultural, escribí esto para EFE)

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“Para derrotar al enemigo debemos confiar en el ejército armado. Pero eso no es suficiente: también debemos contar con un ejército cultural”.

Mao Zedong proclamó la sumisión de la cultura a la política en un discurso pronunciado en 1942 en Yan’an (provincia de Shaanxi, centro rural del país), una directriz ideológica que afectó al cine -el arte más importante del siglo XX- y alcanzó su máxima radicalidad en la Revolución Cultural de los años 70, para relajarse -sin nunca morir- hasta la actualidad.

“Durante la Revolución Cultural, la producción de películas se paró completamente al inicio: los cineastas debían ser ‘reformados’ y ‘reeducados’, ya que -al ser una forma de arte occidental asociada a la China prerrevolucionaria- el cine era sospechoso de ser burgués”, explica a Efe Chris Berry, profesor en King’s College de Londres y especialista en cine chino sobre esa etapa.

Todas las artes -como insistía Mao en su discurso- debían tener como destinatario a los trabajadores y hablar de la “realidad”: el materialismo histórico negaba la existencia de ideas “en abstracto” y una película no podía hablar de “amor universal”, ya que no existía amor que trascendiera el “amor de clase”.

La manera más eficaz de conocer el “lenguaje de las masas” era vivir como ellas: los cineastas eran enviados a campos de trabajo, aunque la producción de películas no se detuvo por completo, sino que alcanzó la máxima fusión entre arte y política en los llamados “clásicos rojos” del cine chino.

La producción de ballets revolucionarios (Mao decía que no se debía desechar un estilo por antiguo, sino cambiar sus contenidos) e historias épicas sobre grandes héroes (parecido al ‘star system’ de Hollywood) eran los géneros habituales durante la Revolución Cultural, etapa en la que se introdujeron importantes avances técnicos en el proceso cinematográfico.

Aún así, cada rodaje debía ser supervisado por ciudadanos y líderes, lo que ralentizaba el proceso: “Se necesitaba mucho tiempo para rodar una película y se hacían muchas modificaciones. Incluso con eso, después de terminar el rodaje (los cineastas) afrontaban el riesgo de ser criticados y pegados”, explica a Efe Wang Mingcheng, profesor de cine comparado en la Universidad Normal de Pekín.

“Probablemente el consenso es que el cine, como la sociedad en general, vivió un enorme retroceso en esa época, algo que no puede estar separado del horrible destino que muchos de los cineastas sufrieron, como la reeducación, la persecución o la muerte”, comenta el crítico de cine chino Paul Fonoroff.

Sin embargo, esa época permitió descubrir actores y directores de talento que adquirirían importancia en el cine posterior, apunta este especialista asentado en Hong Kong.

Pasada esta etapa de anarquía dirigida y con la llegada al poder de Deng Xiaoping, la politización del arte chino se relajó pero siguió presente: las autoridades promovieron la creación de obras “de cicatrices”, críticas con la Revolución Cultural, que -en muchos casos- legitimaban el nuevo liderazgo, que dejaba atrás el maoísmo exacerbado y se abría al mundo y al libre mercado.

Aunque esta “segunda primavera”, donde se dio libertad para encarar al Partido Comunista -aunque fuera sobre sus políticas en un cierto lapso de tiempo-, fue breve: muchas de las películas que posteriormente trataron el tema de la Revolución Cultural sufrieron la censura oficial y se vieron de manera clandestina.

Filmes que mostraban la violencia de esa etapa como “Adiós a mi concubina” y “Vivir” sufrieron la censura, mientras que largometrajes como “Al calor del sol“, que trataban esa etapa de manera indirecta, pudieron ser exhibidos en China.

“Cualquier intento de tratar la Revolución Cultural de manera positiva es imposible. Cualquier intento de nombrar y perseguir a quienes asesinaron y torturaron -y no han sido enjuiciados- es imposible”, asegura Berry, para quien “las restricciones se han vuelto más fuertes” con el actual presidente chino, Xi Jinping.

“No puedes examinar de cerca qué desvela la Revolución Cultural -en términos sistémicos- sobre el Partido Comunista: las películas no pueden lidiar con el rol central jugado por las políticas de partido, las luchas de poder, las batallas de facciones y el papel de Mao. En otras palabras: está bien mostrar las atrocidades de esa época, con tal que los valores centrales del Partido y su líder no sean los culpables”, señala por su parte el crítico Fonoroff.

“Muchos directores quieren presentar el tema de la Revolución Cultural, pero no pueden debido a las muchas limitaciones. Está la influencia de la censura pero también la del mercado, que da la bienvenida a las películas de amor y comedia”, explica a su vez Wang.

Para este profesor, a los jóvenes chinos “no les interesa la historia ni la verdad. Estamos en una época de entretenimiento, no sólo en China, sino en todo el mundo”.

Mao, neo-pagodas y psicodelia en Jiangxi

(Escribí este breve reportaje para EFE en China. Fue a raíz de un viaje organizado por un medio chino. Hablo de los lugares a donde me llevaron, pero la provincia tiene muchos otros más, con una historia interesante y grandes paisajes. El título original es el que he puesto aquí.)

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El río de Nanchang

La gran atracción turística de Nanchang (capital de la provincia de Jiangxi) es un paseo nocturno por el río de la ciudad, desde donde se ve como los rascacielos se iluminan y dibujos animados infantiles empiezan a aparecer en las paredes.
“Esta es la tarjeta de visita de la ciudad, nadie puede irse sin ver el espectáculo”, explica Shen Yi, una local, mientras en la cubierta del barco suena música tradicional china a todo volumen y una estridente voz femenina explica las imágenes en movimiento de los edificios.
Los asistentes -casi todos chinos- sacan sus smartphones y empiezan a grabar. Las fachadas de los rascacielos amontonados en la orilla del río Ganjiang, que cruza esta ciudad de 4,85 millones de habitantes del sureste de China, se llenan de imágenes virtuales y luces casi psicodélicas.
Las autoridades locales venden este espectáculo de luces como el gran atractivo para el turista que visita la Ciudad de los Héroes, título con el que el líder chino Mao Tse-Tung bautizó a Nanchang, por el papel que tuvo en la construcción del Ejército Rojo comunista y las batallas que allí sucedieron durante la Guerra Civil.
Jiang Gang, un joven local, comenta: “A los chinos nos gusta que además de pasear en barco haya algo sorprendente”. Shen se suma a esa opinión: “Nos gusta más el show, el espectáculo, el ruido… esto es diferente a ir en barco por París”.

 

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El “show” de luces de Nanchang

La capital de Jiangxi brilla cada noche, bajo una capa de contaminación carbónica y lumínica, y hace de entrada a los turistas que visitan esta provincia interior, a la que las autoridades locales y el oficial Diario del Pueblo han invitado a periodistas extranjeros, en una ruta guiada por “puntos de interés turístico”.
Jiangxi, dedicada en su mayoría al sector primario, es una excepción en el sureste de China: mientras las provincias costeras e industriales en auge como Cantón o Zhejiang tienen niveles de vida y crecimiento altos, Jiangxi tenía un 9,2 % de pobreza en 2013, por encima de la media del país.
Bajando por la provincia -a poco más de 200 kilómetros de Nanchang-, en un descampado de la ciudad de Ji’an se alza una figura de madera de Mao Tse-Tung con el brazo alzado, frente a la que humean como ofrenda varillas de incienso.
Justo detrás, un altar con figuras de guardianes budistas de cara furiosa flanquean otra foto del Gran Timonel. En dos columnas, a izquierda y derecha, hay enganchadas langostas naranjas de madera, todo dentro de un edificio de estilo tradicional que la guía dice que representa un “centro de recreación” de la dinastía Ming.
Una periodista china explica que este edificio -donde algunos muebles todavía tienen plásticos cubriendo los cerrojos y las columnas están recién barnizadas- tiene pilares de hace 200 años.
Hace cuatro años, cuenta, un empresario chino construyó el edificio en este descampado, donde edificar resultaba más barato gracias a subvenciones.
Esta miscelánea cultural prosigue en el “parque ecológico” de Ji’an, donde la guía informa que se puede admirar, “de manera completamente gratis”, el mayor árbol trasplantado del mundo, una rotonda con una caracola gigante y dorada o una sucesión de estatuas color azabache -soldados, fusiles, toros- sobre la Revolución china.
Subiendo una frondosa colina del parque, donde la guía dice que “antes no había casi árboles”, se puede llegar hasta una gran pagoda (torre tradicional asiática de varios pisos, de carácter religioso) recién construida.
En la ruta de ascenso hay varias piedras de plástico escondidas entra la maleza de las que sale música tradicional y relajante, y una vez dentro de la pagoda el visitante puede ver cuadros bucólicos en la primera planta o coger el ascensor hasta el último piso para contemplar las vistas.
En el parque no hay casi visitantes y la mezcla de exaltación maoísta, tradicionalismo y reproducción de edificios religiosos se combina sin preocupación, una actitud que hace cuarenta años habría sido impensable, cuando la Revolución Cultural china promovida por Mao ensalzaba la destrucción de la tradición y el antiguo régimen.
En aquella turbulenta época, Jiangxi fue el destino del líder chino Deng Xiaoping, que fue enviado a trabajar al campo por “ideológicamente incorrecto”, y había sufrido los crímenes de la Revolución Cultural en su propia familia, al quedar su hijo mayor parapléjico luego de ser arrojado por una ventana por los Guardias Rojos, las milicias paramilitares que se formaron entonces.
Este mismo dirigente sería el sucesor de Mao años después y modernizaría China además de abrirla al exterior, lo que llevó al país a un enorme crecimiento y lo elevó a estatus de gran potencia económica mundial.
Cuarenta años después de ese fuerte antitradicionalismo, el gobierno del Partido Comunista utiliza conceptos de carácter confuciano como “armonía” y elogia y promociona el legado nacional y cultural de la China imperial feudalista.
El discurso llega hasta Jiangxi, que ha construido su propio “pueblo antiguo” en la villa de Yanfan, en el que se presenta de manera positiva el modo de vida de la población campesina -la “clase oprimida” de la revolución de Mao- a finales del siglo XIX, en el ocaso de la dinastía Qing.

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Objetos en la “casa museo” de Yanfan

En la entrada del pueblo hay varias casas de nueva construcción, donde -según explica el Secretario General del Partido en Jiangxi, Hu- se han trasladado los habitantes del antiguo pueblo a cambio de subsidios del gobierno y la promesa de oportunidades laborales gracias al turismo que pueda atraer el proyecto.
La principal “casa museo” del pueblo es de piedra gastada y húmeda, llena de habitaciones con muebles, fotos y objetos antiguos y vigilada por una anciana inmóvil sentada en un banco, que saluda con voz imperceptible y se calienta los pies con un viejo brasero de carbón.
Por el pueblo, corren algunos niños con bicicleta y se pasea un búfalo camino abajo, mientras una señora hace ruidos con la boca para llamar a sus siete gallinas, que se habían escapado entre las callejuelas del pueblo museo.

Lu Xun, el escritor chino que desafió al feudalismo caníbal

(Publicada originalmente para EFE Pekín. Ya escribí algo sobre este autor hace unos meses e hice una visita a su museo en Pekín)

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El cigarrillo de Lu Xun, padre de la literatura china moderna, humea en todos sus retratos expuestos en el Museo de Arte Nacional de Pekín, un homenaje al autor que vio en el feudalismo confuciano chino un canibalismo social.

En la última planta del museo -de techo dorado y estilo tradicional, en una sucia avenida central de la ciudad- una exposición recuerda los 80 años de su muerte, a través de cuadros bucólicos, esculturas abstractas, revistas en las que trabajó y dibujos en blanco y negro inspirados en su obra.

Los carteles de la exposición, abierta hasta el 22 de mayo, son todos en chino, pero es fácil reconocer en los retratos expuestos escenas de su vida, que pasó escribiendo cuentos, traduciendo a Julio Verne o participando en reuniones donde se gritaba a favor de la modernidad occidental y se abucheaba a Confucio.

Varios dibujos expuestos -en blanco en negro, con escenas angustiosas y decadentes rayanas a la locura- podrían ilustrar el cuento “Diario de un demente”, una de sus obras más conocidas.

En ella, el protagonista descubre, o cree descubrir, en un juego ambiguo, que su vecinos, sus amigos y sus familia son caníbales que lo observan con ojos hambrientos.

Este relato, una siniestra alegoría del feudalismo confuciano, pretendía desenmascarar un sistema social que Lu Xun identificaba como causa de las desigualdades sociales y económicas del país.

El escritor fue uno de los líderes de las protestas de Tiananmen de 1919, conocidas como el “Movimiento del 4 de Mayo“, en las que los estudiantes universitarios pedían democracia, modernidad y ciencia, mirando con anhelo el desarrollo progresista europeo, en contra del anquilosado feudalismo atrincherado en Pekín.

El movimiento también era nacionalista: la chispa que lo encendió fue la firma del Tratado de Versalles, que ponía fin a la Primera Guerra Mundial e imponía a China -una potencia aislacionista en decadencia, asaltada durante décadas por los imperios extranjeros- la cesión de territorios a su vecino Japón.

La exposición abre con una estatua del escritor, de piedra negra y silueta erosionada, una de las miles que pueblan las ciudades de China: en los miles de artículos que se han publicado sobre Lu Xun, siempre se repite -sin saberse si es rumor o verdad- que es el literato que más efigies tiene de todo el mundo.

El literato de Shaoxing (provincia de Zhejiang) también es la imagen que el Partido Comunista chino ha usado para legitimarse a través de la literatura, ya que Lu Xun formó parte del “Movimiento Nueva Cultura”.

Aquel fue un grupo de escritores izquierdistas chinos que atacó los estrictos cánones confucianos, que no dejaban apenas espacio para la innovación literaria, y que defendía una política antipatriarcal e igualitaria, de tintes marxistas.

El Partido Comunista chino se proclama heredero de las ideas de Lu Xun -aunque el autor murió en 1936, trece años antes de la llegada de Mao Zedong al poder- y sus cuentos son de lectura obligatoria en las escuelas del país.

Sus obras -muy críticas con el carácter chino, que Lu Xun definía como esquizofrénico, donde se mezclaba el deseo de tiranizar al otro y el de arrodillarse servilmente ante el poder- son usadas por Pekín para recordar la tiránica sociedad feudal precomunista y un pasado imperial decadente, presuntamente dejado atrás.

Aunque, como apuntan algunos críticos, las proclamas antitradicionalistas de Lu Xun no están exentas de lecturas peligrosas: la caótica Revolución Cultural de los años 70, basada en proclamas contra “lo viejo”, siniestramente parecidas a las del escritor, supuso la destrucción de un inmenso patrimonio milenario.

También la persecución de intelectuales y ciudadanos considerados como “reaccionarios” a manos de la paramilitar Guardia Roja maoísta.

Cada año China inaugura exposiciones sobre Lu Xun, el mejor autor de la China moderna, omnipresente héroe de un país donde la relación entre política y literatura nunca ha sido inocente.

Comunismo, folclore y jubilados en el espectáculo político anual de China

(Publiqué esta breve crónica para EFE)

 

CHINA SE MARCA COMO OBJETIVO PARA 2015 CRECER UN 7 % Y POTENCIAR LAS REFORMAS

EFE/How Hwee Young

El pleno anual de la Asamblea Nacional Popular (ANP) de China empezó, como cada año, con un despliegue de estética comunista entre miles de legisladores, algunos con trajes folclóricos multicolores, o invitados jubilados de chaqueta de pana, todos atentos al discurso del primer ministro, Li Keqiang.

Ya a las ocho de la mañana una larga cola de periodistas se amontonaba a las puertas del Gran Palacio del Pueblo de Pekín, un mastodóntico edificio de arquitectura estalinista, de columnas grises y techo decorado con una gran estrella dorada de tinte comunista.

Centenares de banderas rojas ondeaban en la popular Plaza de Tiananmen, que estaba casi vacía y por la que sólo desfilaban de forma regular soldados de semblante adusto y uniforme verde oliva. El retrato de Mao Zedong se avistaba sobre la puerta de la cercana Ciudad Prohibida.

La calma se quebró a la llegada de los 3.000 delegados de la ANP, esos parlamentarios chinos que sólo realizan un pleno al año y que -llegados de todos los rincones de China- bajaban de sus autobuses inundando la plaza.

La mayoría eran hombres vestidos de riguroso traje negro, mujeres de pelo corto y vestuario apático y militares septuagenarios. Todos ellos eran absolutamente ignorados por cámaras y periodistas.

Los flashes perseguían y se amontonaban ante los “diputados” de minorías étnicas chinas, la única mota de color en ese desfile de homogeneidad comunista.

Una señora con un sombrero del que salían unos cuernos dorados de ciervo y recubierta de pieles mullidas posaba para las cámaras, mientras por su lado pasaba un hombre que relucía un vestido azul eléctrico, una faja roja y un sombrero de ejecutivo neoyorquino de los años 60.

El folclorismo multicolor es una de las maneras con la que el Partido Comunista Chino (PCCh) parece tener en cuenta a las minorías étnicas del país, y los periodistas y cámaras corrían tras ellos de manera desesperada.

A poca distancia, un equipo de bomberos tenía preparados sus extintores por si a alguien se le ocurría inmolarse como forma de protesta política.

Dentro del Gran Palacio del Pueblo, los representantes tomaban asiento y una banda militar tocaba el himno de la nación, que los delegados cantaron de forma unánime puestos en pie, para luego dar paso al discurso de dos horas del primer ministro.

El escenario tenía de fondo grandes cortinas rojas y el emblema rojo y dorado de la República Popular.

A los pies de los delegados del fondo de la sala y detrás del primer ministro se extendía una línea de helechos, plantas verdes y flores naranjas.

En la segunda fila, como uno más entre los representantes, el hombre más poderoso de China, presidente del país y secretario general del Partido, Xi Jinping, escuchaba el discurso, con un asiento vacío a su izquierda.

Todos los delegados tenían el discurso impreso en papel. Los cientos de representantes de cara a las cámaras pasaban página con sincronización marcial, mientras que algunos miembros del partido situados en el ‘gallinero’ iban ojeando el informe o lo repasaban una vez tras otra.

La mayoría de estos miembros del PCCh invitados al evento debían superar los ochenta años y ajustaban sus gafas de pasta en cada página de lectura, ataviados con jerséis de lana y chaquetas de pana oscuras, como las que podría llevar un jubilado español.

Al acabar el discurso, los representantes aplaudieron, la banda militar de música tocó un par de canciones, los encargados echaron educadamente a los periodistas y las luces se fueron apagando. Una gigantesca estrella roja rodeada por una aureola dorada seguía iluminando desde el techo de la gran sala.

Cervezas artesanales, el vicio pequeñoburgués que se infiltra en China

(Publiqué esta crónica para Efe. Debo la idea al excelente diccionario anglófilo de Ignacio Peyró -del que leo cada mañana unas pocas páginas a la hora del desayuno-, concretamente a su entrada dedicada a las ‘ale’)

David Cameron And Chinese President Xi Jinping Visit Princes Risborough Pub

Xi y Cameron, felices con sus Indian Pale Ale

Los camareros sirven pequeños vasos de cerveza artesana llegada de Europa, Japón o Nueva Zelanda al centenar de catadores que se reúnen en el Festival de Cervezas Artesanales de Pekín, un brindis por el auge de este vicio pequeñoburgués en la tierra de Mao.

El sabor amargo y sustancioso de la cerveza artesana cada vez es más popular en China, donde florecen las marcas locales y está de moda beber una “ale” anglófila o una “lager” con toques “bitter”.

Carl Setzer, organizador del evento y fundador de la marca cervecera ‘Great Leap‘, explica a Efe el objetivo del festival que se celebra este fin de semana: presentar al mercado local las cervezas artesanas de fuera de Pekín, ya que -según dice- hay cierta reticencia hacia la producción de fuera de la ciudad.

Setzer fue uno de los pioneros en asentar el exitoso negocio de las cervezas artesanales en Pekín. Su modelo de negocio se basa en integrar sabores y nombres chinos en la producción de esta elaborada bebida.

Los nombres de sus cervezas juegan con términos o historias de la cultura china tradicional, como “Buda de Hierro”, “Pequeño General” o “Calabaza Imperial”, además de añadir toques de especias, frutas exóticas y té local.

El aumento de la clase media china y su capacidad adquisitiva, y su atracción por las tendencias de consumo occidentales, vistas como modernas, son algunos de los factores que explican el auge de este tipo de bebidas, que hombres de negocio o estudiantes de intercambio chinos ya han experimentado en, por ejemplo, Estados Unidos, cuna de las cervezas artesanales.

Cabe recordar que China es el mayor consumidor mundial de cerveza, con más de 54.000 millones de litros anuales, según datos del Departamento de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales del Reino Unido, seguido a distancia por Estados Unidos, con un consumo de 24.000 litros de cerveza por año, y Brasil, con 14.000 litros anuales.

Aún así, si se mira cuánta cerveza consume cada habitante de China (consumo por cápita), el nivel no es demasiado alto, ya que países asiáticos como Japón, Corea del Sur o Vietnam son más aficionados a este amargo brebaje.

Este factor hace de China un mercado cervecero “poco maduro”, explica a Efe Chandler Jurinka, creador de la marca Slow Boat -de las más conocidas en China- por lo que el negocio tiene una “ventaja competitiva” al poder aspirar a muchas más ventas, algo que sería difícil en países donde el consumo de cerveza ya está consolidado.

“Nuestra cerveza más vendida es la Monkey Fest. Es fuerte, amarga y con toques de mango y fruta de la pasión”, explica Jurinka -que, como la mayoría de empresarios que se adentraron en este negocio en China, es extranjero-, y revela con orgullo que su nuevo proyecto es crear una cerveza con sabor a lichi.

Cocinar cervezas artesanales “con características chinas” es una actitud habitual en este negocio -extendido en los grandes focos urbanos del país, como Shanghái- aunque también hay maestros cerveceros que se apartan de esta tendencia.

Es el caso de Thomas Gaestadius y Will Yorke, un sueco y un inglés que después de hacer de disyóqueis de música “house” por los clubes de Pekín y crear salchichas artesanas, empezaron a fabricar su propia cerveza mirando vídeos por internet y usando ollas de cocina.

“No queremos hacer cosas sólo por hacernos los listos” explican a Efe, y critican la “tentación” de poner sabores o ingredientes chinos en cada cerveza de su marca, llamada Arrow Factory.

Por ahora, la mayoría de sus clientes son extranjeros -“los chinos llegan después”, cuentan- y aseguran que no van a variar su estilo para ofrecer un “envoltorio chino” al producto o añadir un ingrediente exótico en cada cerveza: “Cualquiera podría, también, poner pomelo en una salsa carbonara”, dicen riendo.

No les da miedo ser catalogados de “simples” o “poco chinos”, y comparan fabricar cerveza con hacer música electrónica: “Si haces algo bueno, la gente vendrá”.

El vecino norcoreano no da tanto miedo

(Publicada en EFE, con algunos cambios)

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Foto de Matjaz Tancic en http://www.matjaztancic.com

Simona mira a la nadadora norcoreana, embutida en un bañador de cuerpo completo con faldita de rayas blancas y rojas, gorro rosa claro y gafas de piscina azul oscuro.
“Es horrible”, se le escapa, y enfoca sus gafas 3D hacia otra foto de la exposición, donde escenas de la vida “cotidiana” norcoreana se suceden en tres dimensiones y los colores y luces se virtualizan -gracias a las gafas- en los ojos del espectador.
Para llegar a la exposición “3DPRK” hay que encontrar el edificio número 241 de un barrio al noroeste de Pekín donde la numeración no sigue ninguna lógica y los anárquicos y sucios restaurantes y casas populares se alternan con estudios artísticos donde la decoración está planificada al detalle.
En el barrio de Caochangdi -dónde se extendía el coto de caza del Emperador chino y donde Mao erigió la Comuna Agrícola del Pueblo- ahora están los estudios de los artistas más famosos de China, como el del polémico disidente y artista conceptual Ai Weiwei, que participó en la creación de “Pékin Fine Arts”, donde ahora se exhiben las fotos en 3D sobre la vida de los ciudadanos norcoreanos.
“He leído algunos libros sobre Corea del Norte. Mi opinión general sobre el país era negativa. Ahora no lo es tanto”, explica Simona, la eslovaca horrorizada por el bañador norcoreano, que lleva unos meses estudiando chino en la Capital Normal University de Pekín.
Marco, también estudiante y nacido en Cabo Verde (una pequeña isla al frente de Senegal), contempla estas fotos disparadas por Matjaz Tancic, y le sorprenden las que muestran a mujeres tocando el acordeón o niños pequeños jugando a baloncesto: “Es muy diferente a lo que había oído, muy diferente”.

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Foto de Matjaz Tancic en http://www.matjaztancic.com

En la exposición se puede ver al campeón de boxeo norcoreano patinando, la encargada de alquilar tablas de ‘snowboard’ en un hotel, escolares en una habitación con animales disecados (entre ellos, una avestruz) o dos obreros montados en una bici con cesta, parecidas a las que circulan por las abarrotadas avenidas de Pekín.
“Algunos visitantes nos han dicho que les recuerda a la China de los años 80”, explica a Efe Liu Lulu, una de las gerentes de “Pékin Fine Arts”.
Esta joven encargada, que ha trabajado en varias galerías -asegura que los recién licenciados en Arte, como ella, encuentran trabajo “fácilmente” en el país-, cree que los chinos no saben demasiado de su país vecino y que la percepción general que tienen es negativa.
Al fondo de la exposición, un breve documental, también en 3D, muestra a Tancic -que lleva un pirsin en la ceja derecha, largas patillas, un enorme mostacho imperial y camiseta de manga corta- tomando las fotos y explicando anécdotas sobre algunos obstáculos que le pusieron las autoridades para hacer su trabajo.
En una escena del vídeo, un soldado norcoreano -la imagen del régimen hacia el exterior- posa muy serio, pero se le escapa una risa nerviosa y se mueve de manera insegura cada vez que el fotógrafo esloveno le pide que se mueva o cambie de postura.
Las fotos de Tancic fueron expuestas en Pyongyang antes de llegar a Pekín, y el encargo le vino de “Koryo Studio”, que en su página web se define como “la primera galería de arte Occidental que comisiona, exhibe y vende el trabajo de artistas que viven y trabajan en Corea del Norte”.
El fundador de “Koryo Studio”, Nicholas Bonner, también dirige la empresa turística “Koryo Tours”, líder en el sector de viajes guiados para occidentales a Corea del Norte.
En la entrada de la exposición hay colgado un texto de Tancic, donde explica que él nació en un país comunista “que ya no existe” (la antigua Yugoslavia) y que sus primeros viajes al extranjero fueron a Cuba, Rusia y China, donde ha vivido los últimos tres años.
“La mayoría de gente conoce esos países sobretodo a través de clichés” lamenta Tancic, ex yugoslavo, esloveno, fotógrafo que no quería contar “la misma historia que siempre ves por televisión”.

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