Los mejores libros que he leído en 2017

(Siguiendo mi tradición navideña, los diez mejores libros que he leído este año, como ya hice en 2016 y 2015. Es una selección seguramente injusta. Los pongo en el orden que los leí.)

220px-portnoy_s_complaint

– El mal de Portnoy, de Philip Roth: Woody Allen en libro y en más bestia.

 

product_9782070793464_195x320

– El Reino, de Emmanuel Carrère: escribí sobre este potentísimo libro aquí.

 

wulf

– La invención de la naturaleza, de Andrea Wulf: sobre la nostalgia de las grandes aventuras.

 

40032042

Santiago Rusiñol i el seu temps, de Josep Pla: una biografía de una época vibrante, en la que Barcelona no tenía nada que envidiar a París.

 

barbarian-days-finnegan

– Años salvajes, de William Finnegan: la Biblia del vagabundeo juvenil americano, de la vida en acción.

 

china-ten-words

– China en diez palabras, de Yu Hua: ¿el mejor libro de no ficción de un autor chino?

 

19479811

 

–  Breviario de saberes inútiles, de Simon Leys: el mejor crítico literario (y sobre cultura china) que he leído.

 

56208001

– El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales: ¿hay algún periodista español que haya escrito mejores reportajes que Chaves Nogales?

 

moscu_final_portada_46e2a0f6-2b02-473f-9096-611b07a50b84_grande

– A Moscú sin Kaláshnikov, de Daniel Utrilla: mi guía de Rusia (y una entrevista con el autor).

 

kafka_das_schloss_1926

– El castillo, de Kafka: una locura ordenada.

Anuncios

Arrimadas era l’anti-sistema

(Article original a Públic)

5a3c3feb960f8

Ha explotat. El consens catalanista que havia dominat Catalunya des de la fi del franquisme ha estat rebentat pel fill no desitjat del Procés. Els convergents i els republicans van batallar –sota el somriure maquiavèlic de les aliances– per ser el Gran Partit de Catalunya. I una part de Catalunya que havien ignorat ha sortit a votar a, potser, la primera dona que podria presidir la Generalitat. Arrimadas porta una espasa contra l’establishment polític –convergent i socialista, el catalanisme de mínims– que havia dominat Catalunya. Una espasa que s’alimenta de l’altre cara del Procés, de l’altre cara de la propaganda. Ningú esperava que pogués guanyar Trump, ningú esperava –fins fa res– que pogués guanyar Arrimadas. Els consensos exploten.

A l’escenari taronja que han muntat davant de les Torres Venecianes de la Plaça Espanya no paren de sonar clàssics de Rihanna, Pitbull, J Balvin i altres reggaetoneros. Comença a arribar gent gran, algunes parelles, però sobretot joves, molts joves. Apareixen banderes amb el triple cor i un pakistanès ven birres entre les tres-centes persones aplegades davant l’escenari. Hi ha bufandes, abrics i ulleres taronges.

I de cop, comença sonar una espècie de tablao mesclat amb música èpica, gairebé de Juego de Tronos. L’himne de batalla d’Arrimadas. La guanyadora de les eleccions surt amb un somriure absolutament emocionat, rodejada d’altres caps del partit. Rivera resta totalment secundari…

(Segueix llegint)

¿Está Rusia rehabilitando a Stalin?

(Artículo original en Público)

5a2821fa10496-r_1513715381347-0-9-2881-1493

En Rusia conviven dos memorias: la del régimen soviético y la de las víctimas que se llevó. Una de las mejores maneras de captar esta coexistencia es caminar hasta la plaza Lubianka de Moscú, donde veremos un enorme edificio de paredes amarillo cremoso, que podría pasar por museo o edificio de la administración. Pero si nos acercamos más veremos que decenas de hoces y martillos de color negro todavía decoran su fachada (como sucede en muchos edificios de la Rusia actual).

Dentro de estas paredes la policía secreta soviética -que tuvo varios nombres, empezando por Cheka y acabando por KGB- encerraba, interrogaba y torturaba a sus detenidos políticos. Su cenit represor se produjo durante el Gran Terror de Stalin, entre 1936 y 1938, cuando ejecutaron a más de 750.000 personas en toda la URSS.

Si cruzamos al pequeño parque enfrentado a este gran edificio, encontraremos una gruesa base de piedra en la que se eleva una gran roca, traída de las islas Solovetsky, situadas a la altura de Finlandia, donde había uno de los gulag más importantes y helados de toda Rusia. Esta piedra es el monumento en recuerdo a las víctimas del régimen soviético. En este mismo lugar, antes que se erigiera este homenaje, dominaba la plaza una estatua del fundador de la Cheka, Felix Dzerzhinsky, que fue derribada en 1991. Ahora mismo la entrada al parque está bloqueada por obras, pero un activista me cuenta que cada 30 de octubre acuden allí decenas de personas, y leen durante horas y horas los nombres de algunos de los asesinados por el gobierno comunista. También dejan ramos de flores, en honor a los fallecidos…

(Seguir leyendo)

Guía del San Petersburgo revolucionario (y cómo ha cambiado hoy en día)

(Artículo original en Público)

5a17f3c6d7b59-r_1511554551422-174-0-1035-442

Corría el año 1917, y la capital de la Rusia zarista no se llamaba San Petersburgo, sino Petrogrado. En febrero de ese mismo año, una revolución espontánea y popular expulsó a Nicolás II, el último Romanov, de su trono y del mando del Imperio Ruso. Los meses siguientes fueron un caos y una explosión política de grandes dimensiones, donde dos instituciones -el Gobierno Provisional y el Soviet- eran las contendientes por controlar el poder real y la legitimidad para dirigir Rusia.

Mítines, reuniones secretas, manifestaciones, intentos de golpe de estado, enfrentamientos, conjuras militares y alianzas se sucedían por doquier. Finalmente, la facción que dio el golpe de gracia para hacerse con el poder -e instaurar su dictadura revolucionaria- fueron los bolcheviques dirigidos por Lenin. Este hecho desencadenaría una cruenta guerra civil que asolaría el país los años siguientes.

Si de estos acontecimientos hace ya 100 años, muchos de los escenarios donde sucedieron estos apasionantes, caóticos, esperanzadores y sangrientos hechos políticos todavía siguen en pie en la Rusia post-comunista. Aquí van seis de los más significativos…

(Seguir leyendo)

Daniel Utrilla: “Los rusos admiran a Putin porque rescató al país de la deriva”

(Entrevista original en Público)

5a0d6161e351d

Daniel Utrilla lleva más de 17 años viviendo en Moscú. La mayoría de ellos los pasó como corresponsal de ‘El Mundo’. Al cerrar esa etapa, escribió A Moscú sin Kaláshnikov (Libros del K.O.), un libro que sirve para dos cosas: aprender mucho sobre Rusia y dejar de tenerle miedo.

Quedamos en un café de Moscú, y me lo encuentro leyendo. Luego me contará que fue la literatura de Tolstói, esa “Rusia imaginaria”, la que, en buena parte, le atrajo y le agarró a este país. Pedimos un café y la conversación se alarga. Fuera hace frío.

 

Primera y obligada pregunta: ¿cómo ven los rusos lo que está pasando en Catalunya?
Están sorprendidísimos cuando ven por televisión las imágenes de las manifestaciones masivas en Barcelona que -al menos en lo que se refiere a la puesta en escena y al furor nacionalista- les recuerdan a las de la revolución naranja en Ucrania. Si hay un lugar que los rusos consideran el Paraíso en la Tierra es la Costa Brava y Barcelona. Una amiga rusa que tiene una nieta en Barcelona -y que estos días anda muy preocupada por ella- me decía el otro día: “¿Pero qué les falta?”. A los rusos, que están curados de espanto de revoluciones, inestabilidad y separatismo, les desorienta que pase esto en España, un rincón del planeta donde les encantaría vivir.

 

Ahora entrando en la revolución de 1917: en los días que he pasado en Moscú me ha dado la sensación que el gobierno no daba casi relevancia al centenario. ¿Por qué?
He leído en algunos periódicos que el ejemplo de la revolución no les interesa, y que se intentan desmarcar por el riesgo de alentar otra revuelta similar. Y yo me pregunto: ¿a qué gobierno de qué país del mundo le interesa una revolución? Una revolución es sangrienta, trastoca el orden social, político, económico, moral… Es lógico que no se celebre más el 7 de noviembre –hasta 1991 fue la mayor fiesta nacional- ya que la Rusia de hoy es descaradamente poscomunista. Cuando mis amigos vienen a Moscú y me dicen que les interesa el tema soviético, que les enseñe ‘cosas comunistas’, les digo que han venido al país equivocado, y les compro un billete de metro para que vean los mosaicos de Lenin. En cualquier caso, los rusos mantienen una memoria histórica bastante menos histérica que, por ejemplo, España.

 

¿Hay algún perfil de los nostálgicos de la URSS?
Hay nostálgicos “reales” y nostálgicos “de prestado”. Los “reales” son aquellos que vivieron la época soviética. Sienten nostalgia por una sencilla razón: vivían mejor, material y espiritualmente. Se trata de una generación para la que la caída de la URSS vino acompañada de un deterioro económico brutal, y que fue incapaz de adaptarse al nuevo y acelerado tren de vida. El desastre que se produjo en 1991 tuvo efectos económicos equiparables a los de una guerra, con una inflación desatada, desabastecimiento, desorientación psicológica tras una vida imbuidos en el credo comunista, pérdida de liderazgo del país… La gente a la que le tocó vivir esa quiebra ve con nostalgia una época en la que vivían humildemente, pero tenían muy claro cuál era su posición social y cómo iban a acabar sus días. En su día le pregunté a Vladimir Lukin, que en ese momento era el Defensor del Pueblo, por qué en España no había nostálgicos del franquismo como los hay en Rusia de la URSS, esos que salen cada año con sus banderas rojas, mostrando su orgullo y admiración por aquel régimen. Su respuesta me aclaró mucho las ideas: me dijo que por una mera cuestión económica, de bolsillo. Cuando murió Franco la gente siguió viviendo igual o mejor, pero aquí la transición salvaje al capitalismo vino acompañada de un batacazo absoluto. La gente tenía poco y lo perdió todo.

Por otro lado, tenemos a los nostálgicos “de prestado”, que serían los que no han vivido la época soviética o la experimentaron de pequeños. Los recuerdos de la infancia ejercen una seducción especial sobre todos nosotros. Tengo amigos rusos en los que detecto esa fascinación por el refresco que bebían de pequeños, las máquinas expendedoras soviéticas, determinados juguetes… Otra cuestión es el deporte. Muchos sienten añoranza por la época de la “máquina roja”, como se llamaba a la selección soviética de hockey sobre hielo. Todo ello está relacionado con la hegemonía imperial que se hundió junto a la URSS, el sentimiento de pertenecer a una superpotencia. Más que del comunismo en sí -la gente no quiere volver a vivir con aquellas estrecheces- muchos rusos se quedarían con la parte del Imperio, esa época de preeminencia en todos los aspectos, tanto deportivos, como geopolíticos, cósmicos, militares… Esa sensación de que su país le trataba de tú a tú a Estados Unidos y que, de alguna forma, vuelven a revivir parcialmente de la mano de Putin…

(Seguir leyendo)