Diario de Moscú (1917-2017)

(Original publicado en Jotdown)

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2 de noviembre de 2017

Ayer, cuando aterricé en Moscú casi entrada la noche, el viento helado me llevó del avión al tren, y del tren a mi hostal. Cuando llegué a la dirección señalada, en una calle oscura que finalizaba en una gran iglesia, no vi mi alojamiento por ningún lado. Pregunté a un oficinista que pasaba por allí. Me respondió malhumorado en ruso y se marchó a paso rápido. En una cafetería próxima, volví a preguntar y me dijeron que ellos eran la recepción del hostal. A través de una puerta trasera se llegaba a unas escaleras grises y muy frías. En el tercer piso estaban las habitaciones, bloqueadas por otra pesada puerta de metal. Dejé mi mochila y me senté en una de las literas.

¿Qué hago en Moscú? Vengo a buscar los símbolos (¿todavía estarán?) de la Revolución bolchevique de 1917, y de su prolongamiento durante casi setenta y cinco años. Ayer, después de darme una ducha muy caliente y ponerme calcetines más gruesos, salí a buscar algo rápido de cena, alejándome un par de calles. En esa distancia tan corta, tan breve que mis orejas no tuvieron ni tiempo a enfriarse, me crucé con una placa con la cara de Lenin en un edificio público que estaba a oscuras. Qué fácil, pensé, es una buena señal.

Y hoy voy en busca de más. Como no he quedado con nadie ni hay ningún acto de celebración del centenario, me voy a dar un tour comunista por el centro de Moscú. Para llegar hasta allí, me doy un baño de masas en el metro de la ciudad, que siempre está a rebosar. Las escaleras mecánicas para bajar a la estación son larguísimas; la profundidad crea un ligero mareo si miras hacia abajo. Aunque descubrir los ojos de una rusa que sube por la escalera opuesta tiene el mismo efecto tambaleante, así que mejor mirarse los pies.

Las estaciones de metro de Moscú están llenas de hoces y martillos, de suelos de mármol dignos de un palacio, de figuras de proletarios y campesinos blancas y relucientes, de lámparas exuberantes de salón de baile. Es un aristocratismo obrero que causa impresión. La gente entra a montones en los vagones, que son pequeños y muy rápidos. Bastantes pasajeros leen libros viejos, aprovechando los huecos entre ruso y ruso, conservando el equilibrio a pesar de la velocidad, absolutamente concentrados.

Salgo del metro cerca de la Plaza Roja, por donde tengo muchas ganas de caminar, pero —al alzar la mirada— veo una indicación que me llama la atención. Si camino hacia la izquierda, encontraré un «Monumento a las víctimas del totalitarismo», que no tenía ni idea de que existía. Me desvío hacia allí por una gran avenida —traducido a medidas no-rusas: una avenida gigantesca— hasta llegar a un edificio color crema que me resulta siniestramente familiar. Lo conozco gracias a Alekséi Feodósievich Vangengheim, que estuvo encerrado allí en 1934, acusado de crímenes contra el Estado soviético. Fue deportado al campo de concentración de Solovetsky —un archipiélago cerca de la frontera con Finlandia— y posteriormente fusilado, como miles de rusos durante el Gran Terror de Stalin. Su historia la recogió el escritor Olivier Rolin en un libro llamado El meteorólogo: leyéndolo aprendí este nuevo nombre, Lubianka. Lubianka puede ser la plaza donde me encuentro, la parada de metro que está detrás de mí, o este gran edificio amarillento, al que todavía se agarran como insectos negros —tienes que acercarte para verlos— centenares de hoces y martillos a lo largo de toda su fachada. Era el cuartel de los servicios secretos soviéticos durante esos sangrientos años treinta. Me da incluso respeto hacerle una fotografía, como si estuviera delatando algo que quiere pasar inadvertido, algo frente a lo que pasan miles de rusos cada día sin ni siquiera notar su presencia.

Miro a mi alrededor para encontrar el monumento a las víctimas del totalitarismo, pero no lo veo por ningún lado. Busco fotos por internet y aparece un pequeño parque con una gran roca —traída de Solovetsky, donde El meteorólogo— que hace de memorial. También leo que, en su lugar, antes había una estatua de Félix Dzerzhinski, el fundador de la Checa (los servicios secretos). La derribaron y trasladaron cuando cayó la URSS. Entonces me doy cuenta: en ese pequeño parque ahora están haciendo obras, así que no puedo pasar y ver la gran piedra ante la que cada año activistas rusos se ponen a leer nombres y nombres y nombres de los ejecutados por el régimen soviético. Dicen un apellido tras otro durante muchas horas, hasta que se acaba el día pero no su lista de asesinados, que nunca podrán recitar entera. Se marchan, y solo se queda la gran piedra y la Lubianka.

En la Plaza Roja. La catedral de San Basilio, al lado del Kremlin, me tiene fascinado. Sus cebollas enroscadas y multicolores tienen algo psicotrópico y atractivo. Parece una de esas tartas coloridas de pastelería cara, de techo azucarado labrado con formas imposibles, que hace que el pastelero merezca un gran aplauso. El problema es que estas tartas están más hechas para el escaparate que para el estómago. ¿Cuánta gente se habrá convertido al cristianismo ortodoxo al contemplar San Basilio? En cambio, ¿cuántos infieles se habrán visto golpeados por la inmensidad de San Pedro en Roma, por esa legión de santos hercúleos que observan desde las alturas a todo aquel que entra en el gran templo del catolicismo?

Como la cosa va de religiones, me pongo a hacer cola en el mausoleo de Lenin. Mientras espero, comprendo por qué los abrigos de los moscovitas son tan largos: para evitar que se te congelen las piernas. La mayoría de gente que tengo a mi alrededor habla ruso o, en menor cantidad, mandarín. Pasamos por un detector de metales y, tras casi media hora, nos dejan entrar. El interior está oscuro, los ojos tienen que acostumbrarse. En cada esquina hay unos vigilantes que, al aproximarte, te indican con un movimiento mecánico y mudo la dirección que debes tomar. La caja de cristal que contiene a Lenin está en una habitación todavía más oscura: la única luz sale de la cabeza del muerto. Parece un muñeco de cera al que le hayan instalado una bombilla en el cerebro. Uno de sus puños está cerrado. Mientras salgo del mausoleo, me doy cuenta de que un par de guardias están charlando en voz baja. Este detalle me da la diferencia respecto a otras momias famosas, como la de Mao Zedong o la de Ho Chi Minh —que, por cierto, copiaron descaradamente el diseño de interiores del dictador soviético—. Que estos dos guardias rusos estén murmurando muestra que hay respeto por Lenin, pero no tanto. En el caso chino y el vietnamita no creo que un soldado se atreviese a hacer eso en un lugar tan sagrado, en la tumba del padre fundador del Partido Comunista gobernante. Pero en Rusia Lenin es un símbolo de la nostalgia, no del poder; hay quien le deja flores, pero no hay ningún mandamás que cite sus teorías. Es la momia más famosa pero la menos influyente.

Al salir del mausoleo, decenas de tumbas de héroes o líderes soviéticos acompañan al primer bolchevique. Algunos incluso tienen bustos, pero solo reconozco a Stalin. Es el más popular: mucha gente le ha dejado flores (rojas) y una señora se arrodilla ante él. Un chico le pregunta a una guardia de seguridad si puede tomar una foto de Stalin y ella le dice que sí, que no pasa nada. En la mayoría de tiendas de souvenirs venden chapas de Stalin, imanes de nevera de Stalin, pegatinas de Stalin para el coche y matrioskas con el bigote de Stalin. A la gente no le importa, y algunos incluso las deben comprar.

Salgo del cementerio oficial y me meto en el GUM, el lujoso centro comercial de la Plaza Roja. Mi nariz está congelada, pero nada más entrar veo a varios rusos comiéndose con alegría un cucurucho de helado. No hay demasiada gente. En el aire suena música clásica cantada en ruso. En los escaparates hay voluptuosos abrigos de pieles y chaquetas dignas de un príncipe. Los rusos saben vestirse de invierno y nosotros no. Me da vergüenza entrar en ninguna tienda tal y como voy vestido. Así que me contento con vagar por el centro comercial, hasta que me topo con una exposición sobre los vestidos de la aristocracia en la época de los Romanov. Y me digo a mí mismo: en la Plaza Roja caben todos…

(Sigue leyendo)

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