Elogio de un libro gordo e inútil

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Después de empezarlo hace ya, creo recordar, un año, hoy he acabado la última página del diccionario sobre lo inglés de Ignacio Peyró. Lo leía cada mañana, en rachas intermitentes, mientras tomaba el desayuno. He descubierto que leer un libro al despertarse es mucho mejor que leer noticias en un portátil, que tomar el café con una lectura hermosa puede hacer que, al acabar el día y mirando hacia atrás, nos liberemos de cierto hastío por el tiempo perdido. Además, tengo la sensación que empezar así el día -es decir, leyendo buena literatura- suele traer una cierta templanza relacionada con la gimnasia intelectual. Y, si todo esto fuera falso, al menos permite comenzar la jornada con mejor humor.

Aparte de este positivo ritual, me gustaría destacar tres virtudes de esta obra. Primera, es un libro gordo. Los libros gordos, para el que no lo sepa, son una gran fuente de cariño. No caben en tu apretada estantería, pesan en tu maleta de viaje, son incómodos de leer… pero todos estos defectos sólo acentúan que los defiendas a muerte contra las críticas ajenas. Los libros gordos están desprotegidos ante una sociedad que los ataca y desprecia. Sólo nos tienen a nosotros. Son amigos fieles, glotones y bonachones. Ante una tarde de invierno, una resaca pegadiza o una noche lluviosa, uno no puede sino refugiarse en su cama con un libro muy muy gordo. Obviamente, como todas las cosas importantes en la vida, esto no admite discusión ni justificación alguna.

Segunda virtud: está escrito en forma de diccionario, pero en la mente se reconstruye como un ensayo. Quizá he olvidado muchas de las entradas, pero en todas hay un nexo invisible y muy fuerte sobre la virtud de lo inglés. No se trata de una simple suma de curiosidades sino de una bella toma de posición, plenamente política, que me ha convencido y me ha hecho más anglófilo. También me he dado cuenta, al discutir con mucha gente sobre este tema, como de difícil es defender esta idea tan poco rotunda, tan imperfecta y, gracias a ello, tan saludable.

Última y, para mí, mejor virtud: este diccionario ha hecho que disfrute leyendo sobre cosas que, a priori, no me interesaban para nada, como las novelas victorianas, la mermelada de naranja, los perros de la reina o los mejores sastres de Londres. Su inutilidad, en el sentido más bonito del término, es algo que debe reivindicarse, y creo que es muy inglés. Esa inutilidad de los hijos de aristócratas que estudian lenguas muertas, de las clases medias que cuidan con esmero su pequeño jardín, de las clases bajas que -como recordaba Orwell- buscan breves espacios de tiempo para dedicarse a hobbies inútiles, por pura y desinteresada felicidad. Este espíritu de belleza sencilla, tan arraigada, tan libre, tan profunda, tan inglesa, lo vemos en cada página escrita por Peyró que, como los buenos maestros, no transmite a través de la prédica evangelizante sino del sencillo y tan poderoso ejemplo personal.

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