Angkar 

​Ayer visité el centro de detención y tortura ‘S-21’ de los Jemeres Rojos. Está casi como lo dejaron. Puedes pedir una visita guiada con un trabajador del museo. Me tocó una señora que lleva casi 30 años allí. Los Jemeres Rojos llegaron cuando ella tenía unos 12 años. Mataron a sus padres y hermanos, mayores que ella. Sólo dejaron vivo al pequeño de siete. Aún no había sido “contaminado” por el capitalismo. Angkar, el Partido, podía educarlo como un Hombre Nuevo. Ahora, esta señora lleva casi treinta años revisando informes de tortura de los Jemeres Rojos. Recuperando víctimas. Dice que, en el momento, no sabían cómo podía estar sucediendo todo aquello. Por lo que me contaba, tampoco ahora lo sabe del todo. Y repite el nombre de Angkar, el Partido, esa máquina totalitaria, como un monstruo mítico. Un dios oscuro de una religión al servicio de la Historia.

También fui -lugar obligado- a los Campos de la Muerte de Choeung Ek, al sur de la ciudad. Allí es donde daban el toque de gracia. No queda nada. La gente destruyó los edificios de los Jemeres Rojos tras la derrota que sufrieron contra el ejército vietnamita. Sólo hay huesos y ropa. Han desenterrado muchos esqueletos, pero siempre afloran más. Todavía hay camisas, pañuelos, pantalones viejos que salen de entre las raíces de los árboles, o de la orilla de un pequeño lago después que llueva. Has de ir con cuidado, porque también hay pequeñas piedras amarillas que sobresalen de la tierra. Miras con atención y ves que son huesos rotos. Cada mes los desentierran. Cada mes afloran más. 
Algunos lugares están señalados, como el árbol centenario que encontraron con la corteza regada de sesos, sangre y huesos de bebé. Golpear la cabeza de un niño contra un árbol era fácil y barato. En Choeung Ek no se usaban balas. Los picos, palas, hoces se podían usar indefinidamente. Las canciones del Partido sonaban a todo volumen, día y noche, escondiendo los gritos. 
Ahora, los campos están coronados con un gran edificio lleno de calaveras. En memoria de los asesinados. Cada una lleva una pequeña pegatina, que -según el color- explica si era de un hombre o mujer, y qué arma le perforó el cráneo. Se amontonan como recuerdo del país con más fosas comunes del mundo. De -quizá- la más siniestra de las Utopías del siglo XX.

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