La playa de Barcelona es la muerte bajo el sol

La muerte bajo el sol

La pareja va cogida de la mano, y ambos son rubios y paliduchos. Bajan por las mismas escaleras donde ayer por la noche una decena de prostitutas africanas ofrecían su culo a los turistas borrachos. Él lleva una camiseta negra sin mangas y sujeta un trozo de plástico arrugado y deforme, de color naranja chillón con motas rosas fluorescentes. Será su colchón para todo un día de playa.

Frente al Casino -donde se anuncian conciertos en exclusiva de Manu Tenorio, Nuria Fergó, David de María, Ruth Lorenzo, Alejo Stivel, Eva Fernández Group, Merche y Marlango- un monitor vestido con un casco blanco, polo blanco, pantalón corto blanco y bambas rojas les enseña a seis turistas (vestidos igual que él) como usar un transportador personal negro de doble rueda. Se suben, incorporan hacia delante su cuerpo como momias rígidas y muestran una sonrisa paralizada y angustiada. A pocos metros, un cuarentón de gimnasio con bañador slip corre frente a un grupo de treinta turistas japonesas, vestidas de manera pulcra y excelente, que sujetan paraguas rosas de estampado floreado. Por la carretera de al lado, un motero tiene puesta en la radio de su Harley una canción de Amaral.

Al bajar a la playa, algunos se tumban en sus toallas en una colina de hierba, donde se amontonan vidrios rotos de noches anteriores. Frente al mar, un francés barbudo con orejas de conejita Playboy bebe una lata de cerveza. Un vendedor paquistaní se pasea con el torso desnudo color granate, de piel marrón oscuro quemada. Otro viste con una camisa de abuelo de manga corta y rallas, mientras lleva una bandeja de mojitos en la mano derecha y una botella de ron medio vacía en la izquierda. Una pelirroja de cara preciosa se estira de espaldas al sol mientras lee una novela barata. Una morena tatuada tuesta sus pechos operados que apuntan al cielo. Hileras de toallas están cubiertas de viejas drogadas por el calor, bajo sus pareos color salmón. Cinco italianos bailan reguetón mientras se untan crema solar entre ellos. Una señora muy gorda y cubierta con un poncho peruano blanco y rojo muere bajo el sol. Los ojos se mueven de lo monstruosamente sexy a lo monstruosamente decadente. Pese a todo, la playa se funde bajo un tedio húmedo, sin apenas ruidos.

Estiro mi toalla y voy a hablar con una chica que lee un e-book estirada de espaldas a mi.
-¿Eres de aquí? -Sí -¿Me vigilas la mochila mientras me baño? -Sí- dice sin mirarme a la cara. Meto los pies en el agua, que tiene un color más de barro que de agua. Está templada. Cuando tengo todo mi cuerpo dentro, solo puedo alcanzar a intuir lo que son mis rodillas. Es imposible verse los pies. No me atrevo a meter la cabeza.

Vuelvo a buscar mi mochila y le doy las gracias a la chica del e-book. No me responde. Me estiro en mi toalla y delante hay una rubia blanquísima, con gafas de sol negras y redondas, labios delgados y rosados y cejas arqueadas perfectas. A su lado, su madre yace espachurrada bajo una sombrilla amarillenta. En la playa de Barcelona hay destellos de belleza, pero casi todo es muerte bajo el sol.

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