Notas de un viaje a Milán (I)

  • Mi amigo C., que me recibirá en Milán, me dejó El proceso de Kafka antes de volverse a la Lombardia. Lo leo en El Prat, hasta que un italiano empieza a hablar descaradamente por su móvil, agitando su mano izquierda como si tuviera al interlocutor delante. Aún no he visto a ningún italiano que discuta sin gesticular, ya sea con un humano delante o una máquina al oído. Mi duda está ante los monólogos interiores.

  • Al bajar del avión se ve una sierra negra y alta, cortada por jirones de niebla densa y muy blanca, casi como de humo, del mismo color que la nieve de los picos. Los bordes de la carretera son de un verde húmedo y acolchado, con árboles delgados y pelados absolutamente negros. El cielo se mezcla en grises y blancos. Podría pensar que estoy en Alemania sin problemas. He llegado a una Italia extraña.

  • El café es siempre mejor aquí. Le pido a C. que tomemos uno en la misma Stazione Centrale, gigante y fascista. El espresso ocupa media taza minúscula y tiene una capa marrón canela que se disuelve en negrísimo al revolver la cuchara. El sabor es más fuerte y delicado. Lo curioso es el tacto con la lengua, deslizante, aceitoso, una caricia que rodea con un envolvimiento cálido de amargo delicioso. Tres sorbos (o uno) que se hacen cortos, pero que no pueden ser más. Se entiende que los italianos tomen 4 o 5 espressos al día. Un converso como yo tomaría más.

  • Primera verdad: el mejor café es el más intenso. Segunda verdad: lo mejor del café es el poso en la boca, que saboreas durante el paseo de después.

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  • El castillo Sforzesco está envuelto en la densa niebla milanesa, que no tiene nada que envidiar a la londinense. Se levantan muros altos e impenetrables, que marcan una figura absolutamente compacta. La punta de torre central es un halo blanco. Las murallas están medio iluminadas por luces amarillentas que se mezclan con la niebla y las piedras oscuras.

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  • Detrás del castillo empieza el Parque Sempione, de un aspecto lúgubre bellísimo. El verde oscuro mojado de la hierba y los árboles negros y huesudos, con la eterna niebla blanca cruzándose en los caminos. Caminas lento, y no te das cuenta que hay personas inmóviles, sentadas en los bancos, con capuchas negras y mirada al suelo. No los ves hasta que estás a pocos metros, cuando la niebla se disipa y los miras sin que te miren. Ellos siguen como pétreas figuras oscuras, entre los árboles, y no sabes si simplemente venden o están ahí, presentes, estando.

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