Birdman, o la estética virtud del desaliento

“Birdman” es la historia de un actor que se hizo famoso por ser un superhéroe de Hollywood y que ahora quiere hacer una obra de teatro seria y respetable en Broadway. El protagonista quiere despegarse de su antiguo papel (la celebridad mediática) para ser un actor respetado (el artista). A grandes rasgos este es el motivo y, por tanto, la trama de la obra.

“Birdman” es una película de la que puedo recordar escenas concretas y, aún mejor, frases concretas. Además, he pensado sobre ella horas después de levantarme de la butaca, y mis conclusiones son contradictorias y mezcladas. Creo que son dos buenos motivos para decir que estamos ante una gran obra.

El gran dilema de “Birdman” es que el protagonista (Riggan Thomson) vive para traspasar la triste y cómica línea ambigua, marcada por cínicos y pedantes críticos, que separa a la simplona celebrity del artista consagrado. El protagonista verá colmado su eros de persecución, en forma del caballo de la admiración y el caballo del ego, cuando una periodista del New York Times escriba una buena crónica sobre su obra. Su pasado, un hombre vestido en un ridículo vestido de pájaro plateado, le perseguirá como la fama del tweet, insistente y inmediata, un éxito viral que le puede colmar de un sucedáneo barato de sus dos aspiraciones. Las conclusiones son patéticas: la virtud del artista se balancea entre el deseo activo y vulgar de la masa democrática, o el consagramiento caviar basado en el intempestivo estado de ánimo de algún crítico pedante y estúpido.

Más allá, otro dilema -para mí sin conclusión- recorre la película: el de las máscaras y la realidad. El actor (Mike Shiner) que contrata el protagonista, que muchos recordarán de la película “El club de la lucha”, es un artista de “los de verdad” (es decir, de los que la crítica escribe en positivo). Su problema también es patético: es mejor como personaje que como ser humano. En una escena de la película, el actor rechaza proposiciones sexuales porque sabe que no puede tener una erección. Pero él, adalid del realismo, en una escena posterior de la película, está representando una obra de teatro ante el público y, en un momento que ha de simular que mantiene relaciones sexuales bajo las sábanas de una cama (y donde se encuentra otra actriz, que es también su novia), se pone a mantener relaciones sexuales de verdad con ella. Siguiendo la escena, se levanta de la cama, y todo el público ve que bajo sus flexibles leotardos blancos se levanta una monstruosa erección. El público a oscuras empieza a lanzar luces brillantes, de smartphones repartiendo un vídeo viral. Cuando se cierra el telón, su novia huye furiosa entre lágrimas, recordándole que llevan seis meses sin hacer el amor.

Mientras que este actor sólo puede ser auténtico cuando está en el escenario, es decir, sólo es real cuando es personaje, y por tanto, cuando es ficción, nuestro protagonista padece de problemas similares pero más profundos. Su problema es que no tiene demasiado claro donde empiezan y acaban los tablones del escenario. Ahí se desarrolla el interrogante ambiguo, sobretodo en la escena final, donde cabe preguntarnos si las ficciones puedan ser tan grandes que puedan ir más allá de uno mismo y de nuestras dulces locuras redentoras.

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