Por qué escribo

Escribo como excusa. No formo parte de ese excelso grupo de artistas que dicen escribir por inspiración divina. Porque les sale de dentro. Porque no pueden aguantar la necesidad. Yo, al contrario, vulgar y ruin entre la casta, hace un tiempo que me confirmé como ateo y que aprendí a contener mis necesidades. Creo necesaria la existencia de un esfínter cultural: uno que nos recuerde nuestra eterna gratitud con la lectura pasada y que nos advierta contra la metafísica del escritor. Creo que el primer paso tiene que ser este: la capacidad de poder contener nuestra propia mierda, tanto escrita como ególatra. Con esto, al menos, evitamos apestar al prójimo imprudente y enfermar de síndrome de Diógenes espiritual.

Pero empecé el texto diciendo que escribía como excusa. Hay gente que dice que escribir es fácil. Y yo os digo: “Desconfiad de ellos, porque se han quedado revolcándose en el lodazal”. Sólo a una cierta altura de la montaña podemos empezar a hablar de escritura. Suele ser donde el viento sopla fuerte y no quedan más que matojos. Un punto donde la soledad está más presente y las nubes vuelan cerca. Desde allí la vista será bonita y extensa. Pero el caminante y su sombra erótica siempre podrán intentar subir más, aunque nada les garantizará paisajes más bonitos. Aunque siempre habrán vistas más extensas.

Suelo escribir como excusa silenciosa para clavar puñaladas: a la realidad, para que me permita dibujar ideogramas con su sangre, y a algunas almas desdichadas, para que mantengan su esfínter bien apretado.

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