Cuento breve: Una noche silenciosa

Postulé a un taller sobre técnicas narrativas del Centro de Arte Balmaceda de Santiago de Chile. Me aceptaron. Este fue el cuento que me permitió entrar:

El soldado abrió los ojos y vio la débil luz amarilla. A través de la ventana podía ver la nieve cayendo silenciosamente y una lámpara vieja colgada en el lado izquierdo de la puerta del barracón del frente. Era la única luz del campamento. Había dormido vestido, con la camisa, el pantalón y las botas puestas. Se levantó sin hacer ruido, como tantas veces había practicado, y se puso un grueso abrigo gris, gastado por los años. En el bolsillo delantero se podía intuir un viejo emblema difuminado, de seis antorchas encendiéndose en una sola, rodeadas de un círculo de espigas coronado por una estrella roja. Buscó en su mochila y sacó tres objetos de su interior. Los guardó en el bolsillo interior de su chaleco y se dirigió hacia la puerta sin hacer ruido, protegido por los ruidosos ronquidos de sus compañeros de cuarto. La puerta hizo su característico chillido oxidado y una ráfaga fría entró en la habitación, haciendo que varios de los militares se revolvieran como niños bajo sus mantas. Cerró la puerta lentamente y pisó la nieve virgen, acumulada en las escaleras y los costados del barracón que tenía frente a él. Buscó en su bolsillo interior y sacó el primero de los objetos. Se lo llevó a la boca, lo encendió y empezó a fumárselo sin prisas, notando como cada bocanada de humo le calentaba la garganta y los pulmones, enfriados previamente por el aire gélido de la noche. Mientras lanzaba bocanadas de humo, parecidas a blancos hongos nucleares, miraba el bosque y su oscuridad. Sólo se percibían las copas de los árboles, grises, contrastadas con el cielo nublado y oscuro, del que a duras penas escapaba algún rayo de luna. Todo lo demás era un profundo agujero oscuro y el soldado lo miraba con una sonrisa de complicidad.

Acabó de echar humo por la boca y se dirigió hacia la puerta iluminada por la débil luz amarillenta. Buscó otra vez en su bolsillo y sacó el segundo objeto. Estaba templado por el calor de su cuerpo, con algunos rasguños y manchas adornando su superficie. No había sido fácil conseguirlo. Limpió el cerrojo, cubierto por una capa fina de escarcha, hundió el objeto en su interior y dio dos giros completos hasta que la puerta se abrió, dejando escapar la oscuridad por la rendija recién creada.

El interior del barracón estaba ligeramente iluminado por la luz exterior. Intuyó una mesa metálica, con un par de mapas de la zona desplegados encima y unos carteles de propaganda, donde se leía ”алла донде хаи ун соло Сербскиј еста Србијa”. Un pequeño armario medio abierto contenía diversos abrigos, todos del mismo modelo, aunque con diferentes medallas oxidadas adornando cada uno de ellos. Al fondo, una cama individual contenía al único residente de aquella habitación.

El soldado se acercó a la cama y por tercera vez metió su mano en el bolsillo, sacando el último de los objetos. Estaba frío y pesaba y hacía tiempo que ya no brillaba en la oscuridad. Había sido preparado previamente y sólo hacía falta que el dedo índice de su portador apretara el mecanismo metálico. Apuntó a la cabeza del hombre dormido. Respiró profundamente, mirando hacia arriba. Aguantó cinco segundos en esta postura y volvió a respirar hondo. Cuando bajó la mirada, dispuesto a completar la tarea, algo le llamó la atención: una pequeña lámpara se mantenía apagada, solitaria, fría, oscura, encima de una mesita de noche. El soldado cerró los ojos, volvió a respirar y decidió guardar el tercer objeto, aún cargado, otra vez en su bolsillo. Salió silenciosamente del barracón y cerró con dos giros el cerrojo de la puerta.

No miró a la oscuridad del bosque y sus pasos fueron rápidos hacia la entrada de su habitación. Mientras abría la puerta, se oyó el aullido de un lobo en lo profundo del bosque y un escalofrío recorrió el cuerpo del soldado, que entró precipitadamente a la seguridad de su barracón.

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