Una esfinge en una librería

Cinco meses a veces son mucho tiempo. Después de volver de Chile me enteré que habían cambiado de lugar los Encants de Barcelona. No a un espacio lejano, sino a un sitio justo al lado, a unos pocos metros: aún así, habían cambiado de lugar. Quería libros, y en los Encants eran baratos y muchos. Siempre iba a la misma tienda a comprarlos. Solía entrar por el lateral derecho de la gran explanada donde se acumulaban puestos y puestos de toda variedad de productos. Incluso había tiendas que se situaban fuera de los márgenes de las vallas que marcaban el terreno de venta, en un espacio de semilegalidad, aunque el término legalidad fuera una ironía en aquél recinto de cantidades y cantidades de chatarras de origen dudoso. Cruzaba esquivando compradores y carteristas los caminos de suelo arenoso, delimitados por alfombras o telas o plásticos donde se amontonaban productos de cualquier utilidad o gusto. Había quien vendía cascos militares, extendidos en una mesa tapizada de color verde claro, siempre con un pequeño cartelito escrito a mano donde se rogaba que no se hicieran fotografías a las antiguallas bélicas. En otros lugares vendían ollas medio oxidadas o cables rotos de diversos colores: no sé quien podría querer esas cosas, pero siempre he confiado en la capacidad de percibir la mano invisible del mercado por parte de los tenderos de los Encants. Y siguiendo el camino de tierra marrón claro se llegaba a una esquina del recinto, donde había una de las pocas tiendas que estaba cubierta. Creo recordar que eran planchas de metal oscuro: la estructura no era bonita, pero inspiraba confianza acerca de su solidez. Sólo se podía entrar por el lado derecho, por una puerta no demasiado grande. Delante de la puerta, en el exterior de la tienda, a un metro de distancia, siempre estaba el propietario sentado en una silla de madera. Normalmente leía un libro, con las gafas puestas, pero de vez en cuando levantaba la mirada para observarte de manera desconfiada y huraña. Cuando te acercabas a la mayor tienda de libros de los Encants, siempre encontrabas esa esfinge lectora escudriñándote durante tu entrada y tu salida. Infundía respeto, sentado,leyendo y alzando la mirada de vez en cuando. Al entrar a la librería encontrabas dos largas mesas de madera oscura, de unos cuatro metros de largo cada una, imponiéndose en el centro de la tienda. La primera estaba llena de montones y montones de libros desordenados, apilados de cualquier manera, formando montañas irregulares, al precio de un euro. La segunda seguía la misma distribución anárquica, pero al precio de dos euros. A veces encontraba novelas muy buenas por un euro, mientras los manuales de astrología y horóscopo se apilaban en la de dos euros, aunque mi cartera no tuvo ninguna queja al respecto. Las paredes estaban cubiertas por estanterías de dos metros de altura, donde se guardaban los libros más caros, más grandes y más antiguos. La mayoría estaban bien encuadernados, en tonos oscuros, y tenían un aspecto señorial. Como siempre, el bolsillo te dirigía a los libros de las mesas, y donde debías pasar una hora si querías echar un vistazo general. De cada cincuenta obras, había una interesante: pero al haber tantos y tantos ejemplares, el interés por encontrar algo de valor era un divertido reto. Cuando salías del local, normalmente con un par de buenos libros en la mano, la esfinge levantaba la vista y te decía el precio total, adivinando en todas las ocasiones a que mesa o estantería pertenecía tu compra. Que siempre supiera el precio de cada libro, en medio de ese caos, era otra cosa que me atemorizaba de ese hombre vigilante. Una vez pagado, su vista volvía a bajar hacia su lectura, y sabías que era el momento de marcharte.

Ahora la esfinge está deprimida, pero eso ya es otra historia.

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