Por qué soy dogmático, o por qué hay verdades mejores que otras

A  raíz de mi último artículo, me preocupó que se me tomara como un defensor del relativismo moral. Es decir, que considero que está igual de bien ser un ciudadano comprometido con los valores democráticos que ser un nihilista abocado a la autodestrucción y la indiferencia, poniendo casos utópicos (¿o no tan utópicos?) y extremos.

Hay proyectos morales, de vida y de sociedad mejores que otros. Establecemos la medida según diferentes valores: bondad, utilidad, felicidad… Defendiendo el relativismo propio de muchos liberales, cualquier proyecto es igual de bueno que el otro, y por ese motivo debería ser permitido en su ejecución.

Pero yo soy un dogmático, y creo que se debe permitir la realización de cualquiera de estos proyectos morales personales, ya que dentro de mi ética los derechos son universales y no-contingentes. Y entre ellos está la libertad para elegir el camino de la propia conciencia ética.

Ésto no significa que la libertad no esté restringida en la acción material de esta conciencia personal. Volviendo a ejemplos extremos: tenemos que castigar a alguien por matar con motivos racistas a un negro, pero no debemos castigar a nadie por odiar a los negros. Creo que el problema que se abre aquí es la legitimidad del espacio entre pensamiento y acción: el mensaje. Permitir o no proclamas racistas es el gran tema de debate, dónde yo, al menos, no tengo claras las fronteras entre la libertad de expresión y los otros derechos.

Pero volviendo al tema principal: cómo tengo un dogmatismo ético, puedo establecer un principio por el que permitir o denegar según que actos. Y, en mi caso, la libertad ética del individuo entra en el apartado de la permisividad. Si no entrara, me opondría a la libertad ética.

El problema del relativismo es cómo puede justificar la total libertad de pensamiento sin, a la par, justificar a continuación la total libertad de acción. Al final, se cae en un nihilismo absurdo. O en una permisividad limitada por la propia tradición, pero contradictoria con el discurso adoptado.

Ser dogmático implica tomar parte por la desigualdad de verdades. Es lógico que mi verdad sea superior a las demás: sería absurdo tomar partido por una verdad menor, ya que no sería verdad, sino falsedad.

Pero tomar partido no es estar exento de dudas, sino tener la valentía de apostar por algo. Siempre con la espina de la incertidumbre recordándonos la paradoja de que la verdad es universal pero, a la vez, depende de nosotros mismos.

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