El pequeño diablillo del metro de Buenos Aires

Escribí esto después de un breve viaje a los canales de Tigre, y ya con un café con leche y tres medias lunas en el Bar Británico, después de un paseo por Boca, relaté lo que vi y me sorprendió acordarme de los detalles. La única imagen que conseguí fue una foto borrosa, que a fin de cuentas, fue la mejor manera de homenajear a aquel diablillo del subsuelo.

Llega el tren a Retiro y corren los tres juntos, ansiosos de que se abran las puertas. Miran hacia arriba, a los gigantes que salen, y los miran de reojo, y siguen caminando. Se paran delante de un pasajero que aparenta tener plata y repiten el santo y seña eterno. “¿Señor, tiene una moneda?” “¿Señora, tiene una moneda?” El canturreo del acento argentino se mezcla con la melancolía de una voz infantil, de la que solo se puede apartar la mirada o sacar la billetera. Todos los pasajeros han salido, y esos pies sucios y descalzos, aguantados por delgadas patitas envueltas en un buzo morado, corretean de andén en andén. Esos tres mosqueteros de calle porteña se separan y uno se cuela bajo las barras de acceso al metro, con sus escasos noventa centímetros, notando en las plantas de los pies la calidez del suelo de mármol. Su mano ennegrecida agita un boleto que ha encontrado tirado por el suelo, para que todos vean que es una persona decente y honrada. Corre hacia una mujer bien vestida que compra en el quiosco del andén y la mira y vuelve a sonar esa voz, esa voz gastada demasiado pronto, que no admite género alguno, y esa mirada que sabe y a la vez no sabe de su penosa seducción. “¿Señora, tiene una moneda?” Los pasajeros entran al metro y ese lazarillo porteño desaparece. Se cierran las puertas, giran las ruedas, y el ruido, y los pasajeros se acumulan. Y la monotonía del subsuelo adormece a los transeúntes, hasta que esa voz de los infiernos vuelve a sonar, ahora en forma de canto indefinido, de melodía desgarrada. Entre el movimiento de los pasajeros va parpadeando esa pequeña figura, de suelas de mugre, de pelo muy largo para ser de niño y muy corto para ser de niña. Y esa voz truncada sigue, y los pasajeros continúan hablando, y mirando al suelo, intentado simular que no oyen ese susurro que les retuerce la existencia. Y para de cantar, y se detiene delante de cada pasajero, y los ojos negros vuelven a sangrar, y ese grito pausado y débil y desgarrado, repite y repite y repite. “¿Señor, tiene una moneda?”

metro

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Un pensamiento en “El pequeño diablillo del metro de Buenos Aires

  1. Real y cruel como la vida misma…..cuando la vida te regala esos momentos insignificantes para casi todos, sólo los grandes de corazón pueden entender el sufrimiento de unos pocos ante el gran abismo que nos separa de ellos.

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