Hannah Arendt: cuando pensar y fumar era sexy

Hace unos días fui a ver Hannah Arendt de Margarethe von Trotta. Tenía la suerte de ir acompañado de un buen amigo discípulo de la escuela heideggeriana, y los dos nos fregábamos las manos de manera maliciosa pensando en cómo sería representada en la gran pantalla la polémica relación amatoria entre la alumna Arendt y su maestro Heidegger. La cosa tenía su gracia intelectual, pero creo que en el fondo nos movía el morbo de ver como practicaban una “relación socrática” dos de las grandes mentes intelectuales del siglo XX. Después de mucha expectación, la cosa se redujo a una parejita mirándose con ojillos de conejos degollados, que en vez de decirse “te quiero cari”, hablaban del “ser”, “la verdad” y otros asuntos banales. En fin, esas palabras sin sentido que se dicen dos enamorados mientras se comen con los ojos y a las que no has de buscar más sentido que el de no mantener la boca cerrada. Al acabar el film, una espectadora nos informó de su decepción en el trato que la película había hecho de esta relación. Que se podría haber explotado más desde el plano intelectual. A lo que mi buen amigo, haciendo gala de sus conocimientos sobre uno de los filósofos más potentes en el ámbito intelectual (y sexual) de la modernidad, contestó que en el fondo, la relación de Arendt con Heiddeger no era mucho más que lo que salía en la película. Vamos, una pareja de amantes de toda la vida. Quizá a esa espectadora le decepcionó que una pareja de grandes mentes pudiera amarse como dos personas tremendamente normales. Mientras que a Hannah Arendt le sorprendió pero llegó a entender que una persona exageradamente normal, cutre y tonta pudiera llegar a hacer grandes y malvadas cosas como las mostradas en el caso Eichmann.

De la película y el reportaje que Arendt escribió en la revista New Yorker (recopilado en el libro Eichmann en Jerusalén) creo que podemos extraer tres lecciones importantes. En primer lugar, una crítica a los mecanismos burocráticos del poder, representados como una metáfora en la figura de Eichmann, donde la persona deja de lado la capacidad de juzgar el bien y el mal, y su eros conductor es el de cumplir las órdenes del otro. Viendo la película el espectador llega a la reflexión de que lo peor del mal no son las grandes figuras que lo simbolizan, sino los pequeños comunes que lo permiten. Podemos pensar, por ejemplo, en la figura del anti-disturbios  reprimiendo protestas legítimas, el funcionario que, carpeta en mano, se planta delante de una familia para echarlos de su casa, o el diputado “anónimo” que apoya dictados que considera injustos en nombre de un determinismo externo, que en la Edad Media llamábamos Satanás y ahora llamamos Troika. Aunque quizá también deberíamos mirar un poco nuestro propio ombligo, y ver como hemos ido engordando dejando actuar al mal por encima de sus posibilidades. Quizá nos hiciera falta aplicar la frase de Arendt con la que el diputado catalán con más puntuación el en ratio citas/minuto, David Fernàndez de la CUP, acababa el discurso del pleno de investidura de la Generalitat: “la dignidad, la constancia y cierto coraje es todo lo que construye la grandeza de la humanidad a lo largo de los siglos”.

La segunda lección que extraemos es la necesidad de enfrentarnos a las ideas y hechos que se nos plantean, desde una actitud sincera y rigurosa. El ejemplo de Arendt es claro, dejando de lado analizar a Eichmann como todo el mundo esperaba que hiciera (es decir, siguiendo el discurso sionista) para analizar el problema que se le plantea, no contentando a un cierto grupo, sino buscando sinceramente una respuesta verdadera a sus preguntas. Un actitud que a veces parece fallar en la izquierda, donde algunos debates son apartados por considerarse terreno y discurso enemigo. Un ejemplo en el debate actual, puede ser la llamada “política del esfuerzo y el trabajo”. Dejando de lado el bastante pobre argumentario derechista, la izquierda parece que evita el debate sobre una cuestión donde ha perdido totalmente la hegemonía del discurso y que parece que no tenga ningunas ganas de recuperar. Y eso acaba teniendo consecuencias como que un recorte en becas se justifique en base a la “vagancia” de los estudiantes, y la gente se lo crea.

Y como punto culminante, como la cereza que ponemos encima de un trozo de tarta, que no alimenta al estómago pero sí a la vista, se tiene que reconocer el poder del cigarrillo en manos de Hannah Arendt. Por un lado, por tener el placer de ver como el humo de tabaco inunda la gran pantalla, como en aquellas películas en blanco y negro donde Humphrey Bogart demostraba al embobado espectador como fumar podía ser el más sexy de los gestos. De la misma manera, Arendt coge el cigarrillo y aspira el humo de una manera que seguramente perturbó más de una vez las hormonas del maestro Heidegger. Y como tampoco sería lo mismo ver al Che Guevara hablando de la Revolución sin un habano aferrado entre sus labios, la banalidad del Mal seguro que se entendía mejor entre calada y calada.

Como postdata, solo me queda darles la bienvenida a Barcelona era una fiesta. Espero que de vez en cuando vengan a tomarse una copa en mi compañía. A la primera ronda invita la casa.

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